Una noche de marzo de 1.988, después de los exámenes parciales, la Facultad de Derecho organizó la primera y penúltima (Solo se repitió una vez) Fiesta de la Primavera. Una cosa relativamente bien organizada, con los Brighton 64, grupo entonces de moda, tocando en un escenario montado en la verde pradera que se extendía entre el Edificio Viejo y La Ilerdense, justo donde ahora se levanta el Aulario Tomás y Valiente. Yo entonces aún iba al turno de mañana, aún no trabajaba, y en resumen aún hacía vida "de estudiante".
Las pijas más pijas de la Facultad, que era como decir de Barcelona, se contoneaban al ritmo de la música mod-pop del grupo, bien vigiladas por un grupo de chulitos de clase alta invariablemente ataviados con jerseys Lacoste a los que, con cierta sorna por su permanente y dedicada labor de pretorianos de las nenas, llamábamos la Guardia Pija. Si alguien destacaba en aquel grupo, si alguna capitaneaba claramente a las demás, era la que llamaré La Marquesa, hija de un Catedrático de... bueno, de un Catedrático. Sus deseos eran órdenes para las demás, y su voluntad ley para los mansos que la acompañaban, babeando lamentablemente a su paso.
La Marquesa se rodeaba de un amplio grupo de "amigas" muy jerarquizado, desde las hijas de abogados, procuradores, magistrados o notarios de renombre, relativamente iguales a ella (aunque siempre un escalón por debajo), hasta las simples criadas a las que tenía todo el día de aquí para allá haciéndole de correveidile, tomándole apuntes, y qué se yo cuantas cosas más. Entre ellas, una, Mónica, especialmente sumisa y servil, era la encargada de las misiones desagradables, la que le hacía el trabajo sucio, la que se pringaba las manos de mierda por ella. Mónica era bajita, poca cosa. Su cara pecosa y su corta melena castaño rojiza, lacia y descuidada, sin gracia ninguna, la hacían muy poco atractiva. Para acabarlo de rematar, su agudo y chillón tono de voz y su escandalosa risa loretovalverdiana hacía que la llamáramos Monnique L'Histerique, y tuviera que soportar incluso dentro de su círculo numerosas burlas y no pocos chistes desagradables a su costa.
Pues bien, aquella cálida, primaveral noche de marzo de 1.988, con Brighton 64 sonando de música de fondo (Sábado por la noche / todos se emborrachan / yo me quedo en casa / y bebo el mejor cocktail / Otis, Jackie Wilson y Sam Cooke...) me separé de mi grupo de amigos, colocados como siempre en un rincón oscuro, silenciosos espectadores siempre al margen de la acción, y me dirigí con paso firme hacia el meollo de la fiesta. La Marquesa parecía aburrida mientras sus acólitas bailaban con más o menos gracia entorno a ella, pobres obreras tratando de entretener a la abeja reina.
Ignorando las miradas de advertencia, algunas realmente furibundas y estremecedoras, de la tropa del jersey Lacoste, que rápidamente me rodeó aunque sin atreverse a ponerme una mano encima, me planté frente a ella, y respiré hondo. La Marquesa me miró como un entomólogo miraría una nueva y rarísima especie de escarabajo que acabara de descubrir precisamente en la lechuga de su ensalada. Por aquellos tiempos mi imagen era fiel al más puro estilo metalero: Botas militares, cazadora cruzada de cuero negro, tejanos elásticos, desgastada camisa de escandalosos cuadros negros, marrones y amarillos, desabrochada para que se viera perfectamente la camiseta negra estampada con la portada del Sin After Sin de Judas Priest... Seguro que yo debía ser lo que ella veía en sus pesadillas. Pero ella era la reina de la Facultad, y no perdió en ningún momento la pose mayestática, esa orgullosa compostura que la había hecho famosa. Al menos una docena de sus Guardias Pijos me rodeaban con ganas de hacerme una cara nueva solo por mi atrevimiento de invadir su círculo sagrado, pero, incapaces de hacer nada por propia voluntad, esperaban en tensa calma la más leve indicación suya.
- - ¿Qué quieres? - me preguntó de pronto, al acabar la canción, en el tono que preguntaría al camarero el precio del cortado.
Sonreí. Aunque ella no lo supiera ni aún lo imaginara, había ganado la primera apuesta: Que me hablara.
- - Me gustaría que me presentaras a tu amiga - dije con el mayor tono de descaro que pude, y mi dedo adornado con un grueso anillo de plata en forma de calavera señaló hacía Mónica.
La aludida no pudo evitar dar un respingo como si el demonio en persona viniera a buscarla, pero La Marquesa de pronto adornó su bello rostro con una deslumbrante sonrisa que perfectamente podría haber sido de anuncio de pasta dentrífica con flúor. Para sorpresa general, incluso mía, lo reconozco, parecía divertida.
- - De todas mis amigas... ¿Quieres que te presente precisamente a ésta? - preguntó a punto de echarse a reír, y nunca supe si Mónica fue consciente del tremendo desprecio que implicaban sus palabras.
- - Sí - respondí yo, envalentonado por ir saliendo todo según la más optimista de las previsiones. - Es la que me gusta.
La Marquesa se rió abierta y francamente. Tenía su risa un extraño punto de tristeza y era mucho más quebradiza de lo que a ella le hubiera gustado reconocer, pero desde luego no era ni falsa ni convencional como solían ser sus carcajadas en las conversaciones de compromiso en que alguna vez las había oído sonar, a lo lejos. Para pasmo generalizado, La Marquesa tomó del brazo a Mónica, y, atrayéndola hacia sí, la puso justo delante de mí.
- - Pues bien, os voy a presentar ya que me lo pides. Ésta es mi amiga Mónica, y este es... ¿Quién eres? ¿Cuál es tu nombre?
Ni en mis mejores y más alocadamente optimistas previsiones pude llegar a imaginar que realmente me la presentaría.
- - Me llamo... me llamo... (¡Increíble, joder, se me había olvidado mi nombre!) Bueno, a veces me llaman Lobo, y a veces cosas peores... - dije recurriendo a los clásicos.
Tras una nueva y aún más espontánea carcajada de La Marquesa, que indudablemente se lo estaba pasando de coña con la extraña situación, ésta se recompuso y adoptó un tono falsamente solemne.
- - Bien, ésta es mi amiga Mónica, y éste es nuestro compañero, Lobo. Creo que debéis conoceros mejor.,. - Mónica puso cara der verdadero pavor, pero ignorando su silenciosa suplica aterrorizada, La Marquesa la empujó aún más hacia mí - Sí, me parece que sois tal para cual... - Nueva carcajada, ahora ya jaleada por alguna de sus amiga- Venga, tomad unas cuantas copas, y bailad juntos, a ver qué tal... Ah, Mónica, cielito, mañana a primera hora quiero que me llames, ¿ok?, Quiero saberlo todo...
No dijo nada. Nadie se oponía a la voluntad de La Marquesa. Nadie. Los Guardias Pijos nos abrieron paso con cínicas sonrisas dibujadas en sus estúpidos rostros, y, tomándola de la mano, la alejé de alli, temblorosa como una oveja camino del matadero.
Esa cálida y primaveral noche de marzo de 1.988 fueron muchas cosas las que se perdieron, la mayoría para siempre.
Ozemigué, nuestro particular Príncipe Gitano de la Facultad, perdió, claro, su apuesta de diez mil pesetas conmigo. Diez mil pesetas con las que a los pocos días convidé a todos mis amigos hasta acabar las existencias (por otro lado exiguas) de whisky del bar de la Facultad.
La Marquesa perdió su condición de Diosa viva. Si uno de los socialmente inadaptados como yo se había plantado frente a ella, se había atrevido a hablarle, y hasta se había llevado de la mano a una de las damas de su corte, por más que fuera la más servil de todas, es que no era ni tan intocable ni tan intratable. Su hasta entonces indiscutida mayestática distancia se esfumó, y aunque nunca fue una más, tampoco volvió a ser lo que había sido.
Yo perdí la primera porción de fe en el ser humano, que tantos años después es ya solo un lejano recuerdo. Perdí también mi hasta entonces inquebrantable opinión de que era mejor servir en el cielo que reinar en el infierno. Porque el cielo es tentador, sí, pero ser esclavo debe ser tan duro...
Y Mónica... Mónica perdió la virginidad esa noche, más tarde, ya de madrugada. Fue en el rompeolas, en el viejo Seat 124 1800 Sport gris acero que me prestó MAF para llevarla a su casa. Y sí que la llevé, sí, pero no sin antes pararnos a contemplar la luna y descubrir las maravillas de la creación... Ah, si ese coche pudiera publicar sus memorias... Pero eso es ya otra historia...