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La Coctelera

13 Noviembre 2009

Me voy de finde

13 nov 09 En: Sentimientos

La semana pasada tuve vacaciones.

 

Esta semana, las tiene Elma.

 

No, amables lectores estupefactos, por supuesto que no estaba previsto que fuera así. Estaba previsto que cogiéramos vacaciones LA MISMA semana y nos fuéramos a su pueblo gallego haciendo previamente parada y fonda en mi pueblo leonés. Lógico, ¿no? Pues no pudo ser. Cual héroes de trágica epopeya griega luchando tan denodada como inútilmente contra el destino impuesto por los caprichosos dioses olímpicos, Elma y yo nos vimos reducidos a la impotencia de no poder hacer coincidir nuestras vacaciones por más que lo intentamos.

 

Afortunadamente, ésta es mi semana corta, uséase, para el que no esté familiarizado con los turnos de guardia del sector sanitario, que trabajo solo dos noches, a saber, la de miércoles y jueves. A mayor abundamiento, que en saliendo por la puerta de esta santa casa en cuanto den las 08:00 del viernes 13 en el reloj atómico de Bruselas, ya no tendré que volver hasta el lunes 16 a las 22:00.

 

Las 85 horas aprox. que median entre esas horas, son para los dos, para Elma y para mí, nuestras escasas y exiguas pero espero que provechosas vacaciones.

 

Buscando ofertas ahora que es temporada baja y se puede mirar precios sin riesgo de infarto, encontré un hotelito en cierta pequeña y pintoresca población de la Costa Brava en que nos sale la habitación de matrimonio por 30 € la noche.

Para llegar allí hemos alquilado un coche que nos dará más libertad de movimientos y horarios. Un pequeño Citroen C2, suficiente para ir y venir y movernos por la zona a nuestro ritmo sin depender del transporte público.

 

Así que en saliendo de aquí me pondré al volante del C2, recogeré a Elma y hasta el lunes por la noche no estaré para nadie, así se hunda el mundo entero.

 

Os deseo a todos un buen fin de semana. Yo intentaré aprovecharlo todo lo que pueda.

12 Noviembre 2009

No me lo explico

12 nov 09 En: Vivencias

No me lo explico, no. Realmente no me lo explico.

 

Cuando te conocí, hace ya más de veinte años, eras una mujer fuerte, de carácter, además de bellísima. Intentabas por aquel entonces abrirte camino como modelo mientras estudiabas derecho. En el bar de esa facultad nos presentó Ozemigué, lo recuerdo bien, porque me dejaste muy impresionado. Habías hecho ya algo de pasarela, y se te notaban las maneras, la elegancia innata, la clase y el empuje, ese mirar siempre hacia arriba, ese ansia de gloria, ese anhelo de fama y fortuna, de llegar donde querías, el tesón de los triunfadores que te convertía en una auténtica mariposa de acero. Y no hablemos de las perfectas proporciones de tu cuerpo escultural de piel bruna, coronado de una brillantísima cabellera negra. En dos palabras, como diría cierto célebre personaje televisivo, im-presionante.

 

Luego, sí, vinieron los años malos, lo sé, siempre estuve muy cerca de ti, ¿recuerdas? Todas esas decisiones equivocadas, todos esos pasos mal dados, todos esos caminos hacia ninguna parte. Los novios vampiros, las amistades envenenadas, qué se yo. Y lo peor, el maravilloso mundo de los sueños sintéticos, de las pastillas para ver el mundo de color de rosa. Mil veces maldigo al joputa que te envenenó la sangre por primera vez, al que te hundió en aquel mundo de adicciones y vicios, de dependencias y paranoias. La verdad es que hemos pasado unas cuantas calamidades juntos, ¿eh? Recuerdo cuando me dijiste que yo era el único amigo que te conocía desde lo bastante atrás como para no tener que explicarle todo el cúmulo de circunstancias, errores y desgracias que te habían llevado al fondo del pozo, el único, por tanto, que no salía corriendo abrumado por la magnitud de tus problemas.

 

Finalmente pareciste estabilizarte, o eso parecía. Tardé en saber que no era así. Tardé en ver la clase de tipo con la que estabas, y aún después de saberlo, como parecías feliz, y no soy yo quien para juzgar las elecciones de nadie, que bastante tengo con las mías, me callé y te dejé en tu nube de falsa felicidad, comiéndome con patatas las cerdadas que te hacía tu primero novio y luego marido, esa perla cultivada incapaz de encontrar trabajo en los años en que Barcelona hervía de ofertas de empleo, vago rematado al que tú mantenías trabajando en dos sitios para pagar la hipoteca y los gastos de la casa y que ni siquiera te lo agradecía. Claro, pobre, bastante tenía con curarse la depresión en que le habían sumido sus nulas expectativas profesionales a base de beber cerveza tras cerveza tumbado todo el día en el sofá.

 

No me lo explico, no. No me explico como te creíste, que te lo creíste, porque quisiste creértelo, claro, pero te lo creíste, que aquella vez que ese punto filipino con el que estás casada desapareció tres días con sus correspondientes tres noches, cuatro sudamericanos lo habían secuestrado en plena calle a punta de navaja para, siempre según la versión de tu maridito, llevárselo de putas y hacerle pagar a él la juerga flamenca. Bueno, a él no, a ti, que de la cuenta común en la que solo tú ingresabas guita ganada con el sudor de tu frente salió la financiación para tanto cachondeo. Y tú le creíste, porque quisiste creértelo. Y aún me escribiste un mail, como un mes después de contarme aquello que me dejó helado, diciendo algo así que "hoy hemos pasado por el lugar donde ocurrió todo, y le noté nervioso, pobre..." Claro, nervioso de que alguien le reconociera y le dijera algo así como "Peaso de juerga que te corriste hace un mes, ¿No, compadre?"

 

Ayer fui con Elma a visitarte. A visitaros a ambos, en realidad, que aunque me habías asegurado que estarías sola, allí nos encontramos al sujeto, tendido en el sofá cuan largo es, siempre con una botella de Carlsberg en la mano. Y tú como siempre pendiente de todo, de la casa, de la cocina, y ahora también de esa niña de apenas un mes de vida que supongo que a ese cabrito le encantó hacerte pero que ahora, claro, no le encanta tanto criar y educara. No le encanta nada, de hecho, hasta el punto que ni hace caso de su hija ni le interesa nada de lo que a la pobre cría le pase. Te vi triste a pesar de tu reciente maternidad, muy triste, y no me extrañó. De tu antigua belleza no queda casi nada, De tu antiguo encanto, solo una sombra. De tus formas y maneras de diosa de las pasarelas, mejor ni hablemos. Salí de tu casa con una pésima impresión y la mente llena de malos augurios y negros presagios. Estuve el resto de la velada triste y alicaído, a pesar de ser mi última noche de vacaciones, y Elma respetó mi silencio, sabedora del dolor que me produce presenciar la bajada a los infiernos matrimoniales de mi vieja amiga. Solo unas cuantas horas después, compartiendo cama y madrugada con Elma, su calor y la suave cadencia de su respiración junto a mí lograron tranquilizarme...

5 Noviembre 2009

Ayer, escribiendo las Desmemorias sobre aquella lejana fiesta de primavera en la facultad, me vinieron a la mente, después de tanto tiempo, imágenes de un coche que en su día se hizo poco menos que mítico para nosotros, el Seat 124 Sport Coupé 1800 color gris acero (hay quien prefiere decir color plata, pero era gris acero) de MAF.

 

Hubo otros coches antes y después del Coupé en los que también vivimos extrañas aventuras y momentos memorables. Recuerdo así a bote pronto el Seat 850 Especial de la abuela de Toneto, antigualla que murió subiendo hasta Miramar cargado con cinco energúmenos. Se fundió un pistón y salía del motor una columna de humo digna de la chimenea del Titanic, pero como el motor era trasero no nos enteramos que íbamos dejando una estela negra a nuestro paso hasta que nos hizo parar la Guardia Urbana... Tampoco hay  que olvidar el Renault 6 de los padres de Jesse, en el que fuimos al primero de los muchos cámpings playeros de aquellos veranos (Aparcar el R6 justo al lado de un Lamborghini Countach rojo fuego en el párking de cierta exclusivísima discoteca de Lloret es uno de los momentos más surrealistas que he vivido) Pero no, no, ni de coña. Si algún coche fue "nuestro" coche, el vehículo oficial del grupo, era el Seat 124 Sport Coupé 1800 que MAF heredó de un tío suyo con muchos años y muchísimos kilómetros a la espalda. Tal que este que he encontrado en un foro de seats clásicos. Por delante

 

Por detrás

 

Y el puesto de conducción, tan agresivo como cutre, que te hacía sentir piloto de rallyes aún en medio del tráfico urbano más denso

 

Aquel trasto quemaba gasolina a la misma velocidad que nosotros bebíamos Jack Daniels, rugía como una excavadora estropeada, y ponía en serio riesgo no solo nuestras vidas sino las de todos los que circulaban cerca nuestro, pero no hubo coche más adorado ni cuidado en toda Barcelona. Ese coche vivió noches memorables, como la mía con Mónica que narraba ayer, y no fue ni mucho menos la única.

 

En el aspecto puramente mecánico, aquel trasto no era sino chatarra. Tenía un agujero en el depósito del líquido de frenos y teníamos que frenarlo a la brava cada tres semanas o así. No le iban las luces de atrás y casi ninguna de las de adelante. El asiento de al lado del conductor estaba suelto y cuando alguien se sentaba allí sin saberlo, en la primera frenada (si es que el coche podía frenar) se estampaba la cara contra el parabrisas. Tanto el cambio de marchas como el volante eran "desmontables" y bastaba un tirón para sacarlos de su sitio. Y de aquí viene la mejor anécdota que viví yo en ese coche.

 

Cuando una chica aceptaba subirse al coche por primera vez, MAF siempre (pero SIEMPRE) le gastaba la misma broma. La sentaba a su lado de copiloto, sacaba el coche del parking de la Facultad, en lo que ahora llaman Campus Diagonal y entonces Zona Universitaria, encaraba la larga recta de la Avenida Diagonal, y una vez en la recta sacaba el volante de sitio y con él en las manos gritaba "¡Ey, nos hemos quedado sin dirección!" Y claro, las chicas chillaban, ponían caras raras, y en fin, que MAF se lo pasaba bien riéndose de ellas. Hasta que se subió Cristina.

 

Aquel día, también en la primavera de 1.988, MAF sentó a Cristina a su lado, y Mónica (Sí, la Mónica del artículo anterior) y yo íbamos sentados detrás. Encaramos la Diagonal, y MAF, en su estilo, sacó el volante de sitio y se puso a hacer con él el payaso. Solo que Cristina, al contrario que todas las anteriores víctimas de la broma, ni chilló, ni se puso histérica, ni palideció, ni nada de nada. Miró a MAF, miró el volante en sus manos, y sin decir esta boca es mía abrió la portezuela y se arrojó del coche en marcha.

 

Del recuerdo algo borroso de los confusos momentos que siguieron me quedo con la cara de un Guardia Urbano que regulaba el tráfico en el cruce de Avenida Diagonal con calle Numancia. Poneos en su lugar: De un coche que viene recto por Diagonal se arroja de pronto una chica en marcha, que rueda dando vueltas por el carril derecho de la Diagonal, donde por suerte no venía nadie en ese momento, y seguidamente el coche frena de cualquier manera y sale un tipo corriendo, gritando y haciendo aspavientos... ¡¡Con el volante en la mano!!

 

Ni os cuento la que le cayó a MAF, multa del guardia y bofetón de Cristina incluídos. Ni lo que nos llegamos a reír Mónica y yo...

4 Noviembre 2009

Una noche de marzo de 1.988, después de los exámenes parciales, la Facultad de Derecho organizó la primera y penúltima (Solo se repitió una vez) Fiesta de la Primavera. Una cosa relativamente bien organizada, con los Brighton 64, grupo entonces de moda, tocando en un escenario montado en la verde pradera que se extendía entre el Edificio Viejo y La Ilerdense, justo donde ahora se levanta el Aulario Tomás y Valiente. Yo entonces aún iba al turno de mañana, aún no trabajaba, y en resumen aún hacía vida "de estudiante".

 

Las pijas más pijas de la Facultad, que era como decir de Barcelona, se contoneaban al ritmo de la música mod-pop del grupo, bien vigiladas por un grupo de chulitos de clase alta invariablemente ataviados con jerseys Lacoste a los que, con cierta sorna por su permanente y dedicada labor de pretorianos de las nenas, llamábamos la Guardia Pija. Si alguien destacaba en aquel grupo, si alguna capitaneaba claramente a las demás, era la que llamaré La Marquesa, hija de un Catedrático de... bueno, de un Catedrático. Sus deseos eran órdenes para las demás, y su voluntad ley para los mansos que la acompañaban, babeando lamentablemente a su paso.

 

La Marquesa se rodeaba de un amplio grupo de "amigas" muy jerarquizado, desde las hijas de abogados, procuradores, magistrados o notarios de renombre, relativamente iguales a ella (aunque siempre un escalón por debajo), hasta las simples criadas a las que tenía todo el día de aquí para allá haciéndole de correveidile, tomándole apuntes, y qué se yo cuantas cosas más. Entre ellas, una, Mónica, especialmente sumisa y servil, era la encargada de las misiones desagradables, la que le hacía el trabajo sucio, la que se pringaba las manos de mierda por ella. Mónica era bajita, poca cosa. Su cara pecosa y su corta melena castaño rojiza, lacia y descuidada, sin gracia ninguna, la hacían muy poco atractiva. Para acabarlo de rematar, su agudo y chillón tono de voz y su escandalosa risa loretovalverdiana hacía que la llamáramos Monnique L'Histerique, y tuviera que soportar incluso dentro de su círculo numerosas burlas y no pocos chistes desagradables a su costa.

 

Pues bien, aquella cálida, primaveral noche de marzo de 1.988, con Brighton 64 sonando de música de fondo (Sábado por la noche / todos se emborrachan / yo me quedo en casa / y bebo el mejor cocktail / Otis, Jackie Wilson y Sam Cooke...) me separé de mi grupo de amigos, colocados como siempre en un rincón oscuro, silenciosos espectadores siempre al margen de la acción, y me dirigí con paso firme hacia el meollo de la fiesta. La Marquesa parecía aburrida mientras sus acólitas bailaban con más o menos gracia entorno a ella, pobres obreras tratando de entretener a la abeja reina.

 

Ignorando las miradas de advertencia, algunas realmente furibundas y estremecedoras, de la tropa del jersey Lacoste, que rápidamente me rodeó aunque sin atreverse a ponerme una mano encima, me planté frente a ella, y respiré hondo. La Marquesa me miró como un entomólogo miraría una nueva y rarísima especie de escarabajo que acabara de descubrir precisamente en la lechuga de su ensalada. Por aquellos tiempos mi imagen era fiel al más puro estilo metalero: Botas militares, cazadora cruzada de cuero negro, tejanos elásticos, desgastada camisa de escandalosos cuadros negros, marrones y amarillos, desabrochada para que se viera perfectamente la camiseta negra estampada con la portada del Sin After Sin de Judas Priest... Seguro que yo debía ser lo que ella veía en sus pesadillas. Pero ella era la reina de la Facultad, y no perdió en ningún momento la pose mayestática, esa orgullosa compostura que la había hecho famosa. Al menos una docena de sus Guardias Pijos me rodeaban con ganas de hacerme una cara nueva solo por mi atrevimiento de invadir su círculo sagrado, pero, incapaces de hacer nada por propia voluntad, esperaban en tensa calma la más leve indicación suya.

 

  • - ¿Qué quieres? - me preguntó de pronto, al acabar la canción, en el tono que preguntaría al camarero el precio del cortado.

 

Sonreí. Aunque ella no lo supiera ni aún lo imaginara, había ganado la primera apuesta: Que me hablara.

 

  • - Me gustaría que me presentaras a tu amiga - dije con el mayor tono de descaro que pude, y mi dedo adornado con un grueso anillo de plata en forma de calavera señaló hacía Mónica.

La aludida no pudo evitar dar un respingo como si el demonio en persona viniera a buscarla, pero La Marquesa de pronto adornó su bello rostro con una deslumbrante sonrisa que perfectamente podría haber sido de anuncio de pasta dentrífica con flúor. Para sorpresa general, incluso mía, lo reconozco, parecía divertida.

 

  • - De todas mis amigas... ¿Quieres que te presente precisamente a ésta? - preguntó a punto de echarse a reír, y nunca supe si Mónica fue consciente del tremendo desprecio que implicaban sus palabras.

 

  • - Sí - respondí yo, envalentonado por ir saliendo todo según la más optimista de las previsiones. - Es la que me gusta.

 

La Marquesa se rió abierta y francamente. Tenía su risa un extraño punto de tristeza y era mucho más quebradiza de lo que a ella le hubiera gustado reconocer, pero desde luego no era ni falsa ni convencional como solían ser sus carcajadas en las conversaciones de compromiso en que alguna vez las había oído sonar, a lo lejos. Para pasmo generalizado, La Marquesa tomó del brazo a Mónica, y, atrayéndola hacia sí, la puso justo delante de mí.

 

  • - Pues bien, os voy a presentar ya que me lo pides. Ésta es mi amiga Mónica, y este es... ¿Quién eres? ¿Cuál es tu nombre?

 

Ni en mis mejores y más alocadamente optimistas previsiones pude llegar a imaginar que realmente me la presentaría.

 

  • - Me llamo... me llamo... (¡Increíble, joder, se me había olvidado mi nombre!) Bueno, a veces me llaman Lobo, y a veces cosas peores... - dije recurriendo a los clásicos.

 

Tras una nueva y aún más espontánea carcajada de La Marquesa, que indudablemente se lo estaba pasando de coña con la extraña situación, ésta se recompuso y adoptó un tono falsamente solemne.

 

  • - Bien, ésta es mi amiga Mónica, y éste es nuestro compañero, Lobo. Creo que debéis conoceros mejor.,. - Mónica puso cara der verdadero pavor, pero ignorando su silenciosa suplica aterrorizada, La Marquesa la empujó aún más hacia mí - Sí, me parece que sois tal para cual... - Nueva carcajada, ahora ya jaleada por alguna de sus amiga- Venga, tomad unas cuantas copas, y bailad juntos, a ver qué tal... Ah, Mónica, cielito, mañana a primera hora quiero que me llames, ¿ok?, Quiero saberlo todo...

 

No dijo nada. Nadie se oponía a la voluntad de La Marquesa. Nadie. Los Guardias Pijos nos abrieron paso con cínicas sonrisas dibujadas en sus estúpidos rostros, y, tomándola de la mano, la alejé de alli,  temblorosa como una oveja camino del matadero.

 

Esa cálida y primaveral noche de marzo de 1.988 fueron muchas cosas las que se perdieron, la mayoría para siempre.

 

Ozemigué, nuestro particular Príncipe Gitano de la Facultad, perdió, claro, su apuesta de diez mil pesetas conmigo. Diez mil pesetas con las que a los pocos días convidé a todos mis amigos hasta acabar las existencias (por otro lado exiguas) de whisky del bar de la Facultad.

 

La Marquesa perdió su condición de Diosa viva. Si uno de los socialmente inadaptados como yo se había plantado frente a ella, se había atrevido a hablarle, y hasta se había llevado de la mano a una de las damas de su corte, por más que fuera la más servil de todas, es que no era ni tan intocable ni tan intratable. Su hasta entonces indiscutida mayestática distancia se esfumó, y aunque nunca fue una más, tampoco volvió a ser lo que había sido.

 

Yo perdí la primera porción de fe en el ser humano, que tantos años después es ya solo un lejano recuerdo. Perdí también mi hasta entonces inquebrantable opinión de que era mejor servir en el cielo que reinar en el infierno. Porque el cielo es tentador, sí, pero ser esclavo debe ser tan duro...

 

Y Mónica... Mónica perdió la virginidad esa noche, más tarde, ya de madrugada. Fue en el rompeolas, en el viejo Seat 124 1800 Sport gris acero que me prestó MAF para llevarla a su casa. Y sí que la llevé, sí, pero no sin antes pararnos a contemplar la luna y descubrir las maravillas de la creación... Ah, si ese coche pudiera publicar sus memorias... Pero eso es ya otra historia...

2 Noviembre 2009

Han caído los 41

2 nov 09 En: Sentimientos

Pues sí, niños y niñas, hoy cumplo cuarentayun años.

No me pesa la edad, o al menos no lo noto. Lo digo completamente en serio.

Tampoco, realmente, me siento más sabio ni más experimentado ni mejor preparado que antes.

Simplemente, soy más maduro, sí, eso sí, y más calvo, eso también. Y si algo siento distinto es una cierta perspectiva de las cosas que ayuda mucho a analizarlas y comprenderlas, y que hace muy poco que tengo. Desde luego no la tenía hace diez años, cuando más falta me hubiera hecho. Pero ya se sabe que la vida te deja obtener las cosas que quieres justo cuando ya no las necesitas...

Me fastidia, no, qué coño, ME JODE, sí señor, me jode bastante que a estas alturas del día solo me hayan felicitado, en este orden, Elma, mi madre y mi amigo Joey. Nadie más. Ni uno solo de todos aquellos a los que yo he ido felicitando puntualmente a lo largo del año. Coño, que son unos cuantos, alguno podría acordarse...

Ya sé, ya sé, es vanidad. Pues bueno, pues vale, soy vanidoso, sí, me gusta que se acuerden de mí al menos una vez al año, no creo yo que sea mucho pedir, que yo bien me acuerdo. En fin, aún quedan horas al día, tal vez algún despistado se acuerde ya entrada la noche. Pero con otros me temo que si no se han acordado ya...

No debería quejarme, lo sé. Tengo todo lo que necesito para estar bien, y no digo ser feliz porque esa palabra parece tentar al destino, como si cada vez que uno la pronuncia una irresistible fuerza sobrehumana tratara de arrebatarte todo lo que te da la felicidad de la que habías presumido. No, no diré que soy feliz. Pero estoy bien, sí, por primera vez en mi vida me siento a gusto con cómo estoy, dónde estoy y con quien estoy. No necesito más regalos porque no hay regalo mayor que ese.

Ah y por cierto no escribo el post esperando un aluvión de felicitaciones, eh? Es solo un desahogo, caramba, que me parece que me lo merezco...

1 Noviembre 2009

Hoy solo siento asco

1 nov 09 En: Vivencias

Hace unos días os hablaba del amigo que se había suicidado en mi pueblo, de su muerte tan inesperada como inexplicable para mí. Un hombre aparentemente feliz, que aparentemente lo tenía todo... Recuerdo que ya en aquel artículo, aún impactado por la noticia, salía al paso de los rumores sobre su viuda, insidias que entonces consideré viles murmuraciones, cochinas calumnias propias solo de mentes insanas y envidiosas.

 

Lo mismo dije el pasado lunes, cuando me explicaron que la viuda, podría decirse que aún caliente el cuerpo de su marido, a quien habían enterrado el sábado anterior, había vendido ese mismo día y con cierta premura varias docenas de reses vacunas de la granja. Tendrá deudas, pensé, habrá pagos atrasados o créditos vencidos a los que hacer frente. La explotación daba beneficios, sí, pero con fuertes inversiones en materiales y maquinaria. La viuda aún tenía para mí el beneficio de la duda, por más que quien me lo explicaba me asegurara que no había deudas y que ella simplemente hacía lo que siempre había querido hacer: Dilapidar el patrimonio que a él le costó toda una vida de esfuerzo y trabajo obtener, y que hasta el día de su muerte le tenía racionado, dejándole gastar con cuentagotas. Me insistían en que el matrimonio era una farsa, que él para ella era solo una máquina de hacer dinero. Pues nada, no me lo creía, no quería creerlo.

 

Hoy, hoy precisamente, día de todos los santos, ha sido mi madre quien me ha explicado indignada hasta la furia como ella, la viuda, se ha presentado en el cementerio donde su marido lleva poco más de una semana enterrado conduciendo un lujoso y caro Mercedes que precisamente hoy estrenaba, y bien acompañada de cierto sujeto bien conocido en la comarca tanto por su nula catadura moral como por su lucrativa afición de vivir de las mujeres. Bueno, de las mujeres, así en general, no. Solo de aquellas que pueden pagar sus exquisitos caprichos y mantener su altísimo tren de vida.

 

Como imaginaréis tratándose de una pequeña y pacata comunidad, el escándalo ha sido mayúsculo, cosa que a ellos, ciertamente, no ha parecido inquietarles lo más mínimo. Bien cogiditos de la mano y sin disimular arrumacos ni carantoñas, han depositado cínicamente un ramo de flores sobre la sepultura del marido muerto que les esponsoriza con el dinero de la herencia, seguro que muy a su pesar, su grotesca aventura. No le ha importado a la viuda mostrarse ante el pueblo entero y ante sus propios hijos, llorosos y atónitos, en el trance de representar el papel de ramera de la peor calaña. Y yo, ahora mismo, hoy, qué queréis que os diga, hoy solo siento asco.

27 Octubre 2009

Suena el despertador puntualmente a las 07:45 y salto de la cama. Siempre me levanto primero y dejo que Elma remolonee un rato. Además de por costumbre (y porque ella es bastante más dormilona que yo), ahora lo hago con algo más de prisa porque a las 08:00, con puntualidad suiza, empiezan a trabajar en las obras de Gran Vía, que en estos momentos se desarrollan justo bajo la ventana de mi dormitorio, y una vez iniciada la estridente sinfonía de motores, golpes, voces y quejidos, ya sí que es imposible seguir durmiendo.

 

La mañana es gris, como todas las mañanas de los días precedentes. Ese gris plomizo apagado, mortecino y triste, tan propio del otoño. Ese gris que acaba contagiándonos a todos de pena y melancolía.

 

Elma y yo desayunamos, como cada noche que compartimos lecho, en el mismo bar de siempre, que ya no es exactamente el mismo, porque sus antiguos dueños lo han vendido a una cadena hostelera que se está quedando con todos los bares en traspaso de la ciudad. Al menos con todos los que no se quedan antes los chinos. Echamos de menos a los antiguos camareros, sin menospreciar a los actuales. Esa barra ha oído tantas conversaciones susurradas a oído, esos taburetes han presenciado tantas escenas de cariño y de tensión, tantos momentos determinantes en nuestra relación, que el traspaso parece habernos arrebatado algo que nos era particular y propio, como si hubiéramos perdido nosotros también parte del negocio.

 

Nuestros trabajos, tanto el de Elma como el mío, inician por estas fechas su temporada alta, y ambos estamos sufriendo ya ahora, aunque aún no haya empezado ni por asomo el invierno, un fuerte aumento de faena. El sábado en mi trabajo fue un auténtico caos, hasta tal punto que para que el domingo no pasara lo mismo o peor, que los domingos son siempre complicados, se movilizó a todo el personal disponible que pudo y quiso acudir al centro a reforzar el equipo. Encontrarme a cuatro de los cinco directivos del "Top Five" trabajando un domingo a las 22:00 es algo por lo que mereció la pena ir a trabajar ese día. Lo malo, más allá de la anécdota, es que esto es solo el principio. Los próximos cuatro meses, por lo menos, van a ser así, entre el desbordamiento crónico y el colapso absoluto, con absolutamente todos los centros y servicios saturados. A Elma le pasa exactamente lo mismo, con la diferencia de que yo estoy en un centro coordinador y mis broncas son siempre telefónicas. Ella hace atención presencial de clientes, y les tiene que aguantar gritos y malos modos, insultos y chillidos, justo delante de la cara.

 

El pueblo recupera lentamente la normalidad tras el impacto brutal que representó el suicidio ocurrido la semana pasada, y ya empiezan (poco han tardado) las malas lenguas, los bichos malos y venenosos que allí habitan, a meter cizaña en el asunto. Que si a la viuda no se la vio muy afectada en el entierro (Esperarían tal vez que se arrojara a la pira funeraria para arder con los restos de su marido al antiguo estilo hindú), que si tendrá ya otro hombre de "recambio", que si el muerto al hoyo y el vivo al bollo... Yo ya sabía que aparecerían estas lenguas viperinas que se alimentan del dolor ajeno, pero me ha sorprendido la gran celeridad y la tremenda dureza de sus ataques. Como dice mi madre, con la que por una vez y sin que siente precedente estoy de acuerdo, si la envidia fuera tiña...

 

Finalmente fuimos capaces de encontrar día y hora para juntarnos los cuatro fantásticos en la que seguramente ha sido la última reunión a la que acudiremos todos a la vez, y hasta la alegría de ese encuentro tan largamente esperado se vio empañada por esa tristeza otoñal que parece invadirlo todo. Jeff vive una situación laboral delicada. Está desarrollando un proyecto técnico que le ocupará aún unos cuantos meses más en los que tiene garantizado el sueldo, pero cuando lo finalice y entregue no hay ninguna otra tarea asignada, y en su empresa apenas hay carga de trabajo, así que se ve en la calle a principios del año que viene, eso si la empresa no quiebra antes. Joey, desterrado en la Ciutat de la Justícia, echa de menos el centro urbano, ese Eixample donde ha trabajado siempre, como el comer. Y Rick, bueno, qué decir de Rick. Se irá de Barcelona en cuanto pueda, en enero mejor que en marzo, y siempre y en todo momento parece querer hacer partícipe a todo el mundo de su condición de hombre comprometido, empezando por nosotros. Sin previo aviso se presentó en la reunión acompañado del hijo veinteañero de su mujer, ejerciendo creo que más allá de lo debido su recién estrenado papel de padrastro, algo que enrareció un tanto el ambiente. No era el momento de tales alardes familiares. Después de meses sin estar todos juntos, después de esperar tanto para vernos, los otros tres pensábamos más bien en una de esas balsámicas charlas de amigos que durante todos estos años nos han servido de desahogo y pomada para nuestras almas. Con el muchacho presente no se podían, por razones evidentes, abordar ciertos temas, y eso nos cortó mucho el rollo, demasiado, creo yo, entre viejos amigos de toda la vida. Allá cada cual con su criterio y su responsabilidad, pero lo que es yo, nunca me hubiera presentado en una de estas reuniones imponiendo a los demás la presencia de Carolo, el hijo de Elma, no al menos sin haberlo avisado y consultado antes con los demás. Tras la reunión, volví a casa invadido de cierta triste melancolía por lo que pudo haber sido y no fue, y más aún, por lo que era antes y no volverá a ser jamás.

 

Hoy finalmente ha salido el sol, y dicen los meteorólogos que a lo largo de la semana mejorará el tiempo y subirán las temperaturas. Lo espero. Quiero dejar de vivir aunque solo sea por unos días esta vida en gris que he estado viviendo pesadamente la pasada semana.

25 Octubre 2009

¿Por qué lo hiciste?

25 oct 09 En: Vivencias

No lo comprendo. Nadie lo comprende. Y por una vez, nadie es auténticamente NADIE.

 

Porque tú lo tenías todo, absolutamente todo, eras la envidia del contorno y lo sabías. No, no me creas iluso, ya sé que las apariencias engañan, que podías parecer feliz por fuera mientras mil dolores que solo tú conocías te desgarraban las entrañas. Pero qué quieres que te diga, si de alguien no lo hubiera creído, es precisamente de ti.

 

Tenías familia, una esposa que te quería y dos hijos aún adolescentes. Y madre, por Dios bendito, que aún tienes madre! A un hombre común la familia le suele aferrar al mundo, le da las suficientes alegrías y preocupaciones como para que se dedique la mayor parte de la vida a ellos, a criarles, educarles, mantenerles, apoyarles, qué se yo. Un hombre de familia, como indudablemente tú eras, no suele abandonarles así sin más, bruscamente, inopinadamente, traumáticamente.

 

También tenías dinero. Ya, ya sé que el dinero no lo es todo, que no da la felicidad, que según dicen los ricos también lloran, que vale, que sí, que muy bien, que de acuerdo. Pero las penas con pan son menos, y tú tenías mucho pero que mucho pan, el suficiente para no tener preocupaciones al respecto por el resto de tu previsiblemente larga vida. Tenías una empresa en pleno funcionamiento que daba sus buenos beneficios, y te permitías si no lujos sí buenos caprichos. De hecho, pasabas por ser el más rico del lugar. Y los ricos suelen tener un fuerte instinto posesivo, de conservación de lo suyo. ¿Cómo has podido abandonarlo todo y a todos así sin más? Porque eso es lo que has hecho, abandonar, rendirte, cortar con todo de la manera más radical y abrupta.

 

Ni puedo imaginar lo que pasó por tu cabeza en los instantes anteriores al momento fatídico en que pusiste la soga alrededor de tu cuello, ni quiero elucubrar con lo que debiste sentir cuando te dejaste caer desde la pila de balas de paja a la que te habías subido, y quedaste colgado por el cuello de aquella vieja viga de madera, la viga que tu padre colocó con sus propias manos cuando construyó las cuadras con madera y adobe. No me cabe en la cabeza que lo hicieras a escasos treinta metros de la casa donde tu mujer preparaba la cena, que permitieras que fuera tu propio hijo quien te descubriera, quien presenciara alucinado el macabro espectáculo de tu cuerpo inerte balanceándose suspendido del techo.

 

Me cuentan que un verdadero gentío ha acudido a tu funeral. Que tu familia está rota, ahogada en dolor. Que nadie comprende qué motivos has podido tener para acabar así. Yo tampoco los comprendo. Analizo una y otra vez mis recuerdos de nuestro último encuentro el pasado verano, y no soy capaz de hallar ni una sola pista que me conduzca a lo que sea que ha podido pasarte para acabar así, colgado de una viga con poco más de cuarenta años. Y cuanto más lo pienso más veces me pregunto ¿Por qué lo hiciste?