Hace mucho que existe, aunque pocos la conocen. Quizás porque ha tenido muchos nombres. Quizás porque ella prefiere no ser demasiado conocida. Intuída en solitarias noches de luna llena. Temida bajo el ardoroso sol de Satán. Eso sí, pero no conocida, trivializada, comercializada, que sería tanto como decir, en cierto modo, prostituída. Otras se han prostituído en su nombre. Sí. Un aluvión de recuerdos acuden a su arcana mente. En su nombre, invocándola con reverencia, se practicaron por las más nobles mujeres de su época los más salvajes bestialismos sobre los altares de los templos de Babilonia. En su nombre otras bailaron desnudas en nidos de cobras, calmando a las serpientes solo con el rítmico sonido de los cascabeles encadenados a sus muñecas y tobillos. En su nombre alguna reina había sacrificado a su primogénito hijo varón degollándolo con un curvo puñal de plata, y cierto Rey había entregado a su hija aún impúber para ser brutalmente desflorada por los desalmados mercenarios de su guardia. Todo en su nombre. En su nombre un río de sangre manaba incesante por debajo de las calles de toda ciudad del mundo desde hacía cuatro mil años ya.

Los hijos de las tinieblas tienen cierta querencia a rondar las inmediaciones de los templos, y así hace ella. Suele recorrer el barrio gótico, empapándose de los olores de las estrechas calles, leyendo en cada piedra de cada iglesia las marcas acumuladas de siglos de historia, dejándose mecer por el barullo de la gente hablando a voces en una docena de lenguas. Buscando. Acechando. Hasta que encuentra una víctima propicia, alguien que por el motivo que sea llama su atención. Hasta que empieza la caza.

La chica navega por internet con su laptop, sentada en las vetustas escaleras de piedra que conducen a la pequeña plaza frente a la Catedral, mientras sorbe a pequeñísimos tragos el café que contiene un gran vaso con el anagrama de cierta franquicia cafetera mundial. Es una soleada mañana de Noviembre, hermosa y fría. La chica es angelicalmente rubia, de grandes ojos claros. Está concentrada en su aparato electrónico, y se sienta descuidadamente, sin preocuparse nada de lo provocativo de su postura, sin percatarse de que la estrecha falda de lana del vestido invernal, estampado en tonos marrones, muestra una porción un tanto generosa de sus muslos enfundados en gruesas medias color chocolate.

"¿Pusiste en su café lo que te dije que pusieras?" Le pregunta ella al camarero, y éste asiente con la cabeza, provocándole una sonrisa que hiela la sangre. El local es nuevo, limpio, aséptico, una de esas franquicias indistinguibles unas de otras que llevan años colonizando la ciudad, y condenando al cierre a los viejos y antiguos bares tradicionales. El signo de los tiempos, dicen. El signo de la decandencia, bien lo sabe ella, que ha visto alzarse y caer tantos imperios concebidos como eternos y que apenas han durado tres generaciones. El camarero, a juego con el local, es un barbilampiño veinteañero metrosexual, otro aparentemente dulce efebo secretamente entregado a la causa de Baal Zebbub. Sonríe como si le acabaran de contar un chiste, satisfecho de poder ayudarla, a ella, a la antigua y poderosa Cazadora. En el hilo musical una voz inconfundiblemente negra canta "Bright blessed days, dark sacred nights..."

La chica sentada en las escaleras se mueve apenas perceptiblemente. Pero para toda una experta como ella, es ese el símbolo inequívoco de que el mareo empieza. Y con el mareo, la caza. Y con la caza, la excitación antigua, el ansia implacable de sangre aún no derramada y placeres aún no disfrutados... Sale del local caminando despacio pero firmemente, marcando sus pasos como una garza real, dirigiéndose directamente hacia la pobre muchacha rubia y angelical que, algo confusa ya, ha dejado de escribir en la laptop y se pasa una mano trémula por la frente perlada de gotas de sudor provocadas por la repentina fiebre. "¿Te encuentras bien?" Pregunta ella materializándose a su lado y disimulando a duras penas el frenético deseo que la hace salivar sobre sus afilados colmillos. "¿Puedo ayudarte?" Pregunta de nuevo, con la dulce e hipnótica voz que sabe sacar cuando hace falta, y que provoca en su interlocutora un halo de cariño y simpatía. La chica asiente con la cabeza, ya muy mareada, y ella la toma dulcemente de la mano. "Ven, te acercaré a un sitio donde te podrán ayudar..."

El camarero coloca la última taza limpia sobre la gran cafetera Gaggia y mira desde lejos, con una sonrisa satisfecha, como las dos mujeres se alejan. Solo una sombra las sigue, y eso debería quizás llamar la atención, pero nadie va a fijarse en pleno centro urbano que una de ellas no tiene sombra. Nadie se ha fijado nunca, en cuatro mil años. El camarero se limpia las manos con el trapo y lo deposita en el colgador de la pared. Sabe por adelantado cual será una de las noticias del Telediario del día siguiente, y eso le hace sentirse mezquinamente superior a sus tontos compañeros, a los que mira despectivamente. Algún día le respetarán. Algún día ella, la Cazadora, revelará su verdadero ser, y todos hincarán la rodilla ante su Majestad, y ante él, su fiel Lugarteniente.