Rememorando la célebre frase de Julio César al cruzar el Rubicón, hecho que selló su destino y el de Roma, la suerte está echada.

A ver, esta primera frase me ha quedado absurdamente solemne. Vamos a centrarnos: Lo que he hecho hoy no creo que vaya a traer una nueva era al mundo (O sí, quién sabe) Simplemente, he pagado las tasas y presentado las instancias para las oposiciones. Así, en plural, porque me presento a dos Cuerpos distintos (Ya se sabe, los hombres siempre queremos tener a nuestra disposición cuantos más cuerpos mejor…) Se supone, aunque puede que sea mucho suponer tal y como funciona el Ministerio, que allá por primavera, tal vez en Abril, puede que en Mayo, quizás en Junio, pero seguro que antes del verano, estaremos haciendo el primero de los dos exámenes de la fase de Oposición. Aún quedará después una fase de Concurso (Que fue la que me jodió la última vez) que claramente no se abrirá hasta después del verano. Un largo camino a un año vista o más, muchos meses de esfuerzos y renuncias. Una carrera de resistencia donde solo los más perseverantes llegarán al final, y eso sin garantía ninguna. Que la última vez me dejaron con la miel en los labios, los dos exámenes aprobados, la fase de Oposición superada, pero sin plaza tras la fase de Concurso, es decir, exactamente igual que catorce meses y muchísimas (Pero de verdad, muchísimas) horas de estudio antes. Solo que más cansado, más frustrado, más fastidiado, más asqueado y mucho pero que mucho más quemado.

Como si de una liturgia se tratara, la presentación de las instancias ha reunido todos los elementos esenciales que un acto de este tipo debe tener. A saber: Empleado de La Caixa sin puta idea de cómo tramitar en su sistema informático el pago de las tasas de examen, ni qué narices hacer con el ya famoso formulario 790, lo que una vez más me hace convertirme en forzado cicerone del joven aprendiz de cajero en los procelosos mundos de las cuentas de tasas oficiales de la Agencia Española de Administración Tributaria. Superado el trance, vámonos al Registro General de la Consellería, donde, como si de una caricatura viviente de todos los males de la Administración Pública se tratara, una sola funcionaria recepciona documentos mientras al menos otras cuatro pululan por la sala sin hacer aparentemente nada, lo que provoca una cola kilométrica que ninguna de las paseantes parece tener la menor intención de ayudar a disminuir. Una hora después, con mis instancias ya presentadas y debidamente selladas bajo el brazo, regreso a casa.

Alea jacta est. A ver si esta vez sí que sí…