Elma se clavó el domingo por la tarde. Hace tiempo que le pasa. De la misma forma cíclica e inexorable en que aparecen Hacienda y los huracanes, se ceba con ella la lumbalgia. Cualquier mal gesto, un sobreesfuerzo sin importancia aparente, puede ser el detonante. Y una vez clavada, dos o tres jodida no hay modo de ahorrárselos. Mucho reposo, calor local, ibuprofeno contra el dolor, y, si eso no basta, inzitan inyectado. Ya ni va al médico, ya se sabe la cantinela de memoria. Esta vez, además de las lógicas molestias, se sentía frustrada por que le hubiese ocurrido al final de una de mis semanas largas, cuando se suponía que debíamos disfrutar todo lo posible de mis dos días festivos, lunes y martes. Yo, en cambio, agradecí que hubiera sido así, para poder cuidarla esos dos días. Entiéndase bien, no me alegró verla pegada a una esterilla eléctrica, dolorida y moviéndose como un robot, lo que me alegró es que, ya que estaba así, tuviera yo tiempo de estar a su lado, para ayudarla y mimarla todo lo posible.

En la madrugada del martes desperté sobresaltado. Debía haber tenido una pesadilla, aunque no recuerdo nada. Sentí a Elma a mi lado, y como siempre que la tenga al alcance de la mano empecé a acariciar suavemente su costado mientras me giraba para mirarla. Que me gusta contemplarla dormida en mis noches de insomnio… Pero lo que me encontré fueron sus ojos como tizones encendidos clavados en mí, brillando medio llorosos en la penumbra del cuarto. El dolor se había vuelto intenso, la atenazaba, no la dejaba dormir, pero estaba ahí calladita, inmóvil, mirándome sin quejarse. Saqué el brazo fuera del rebozo y sin decir nada le pasé la mano por los rizos, sobre sus mejillas. Uno de mis dedos rozó sus labios, y ella lo besó como si fuera una reliquia. “¿Estás bien?” pregunté, y ella negó con la cabeza. “No, pero tranquilo, duérmete, no puedes hacer nada…” dijo después quedamente. Debí quedarme cariacontecido, porque ella se acercó más a mí, moviéndose con dificultad, y me susurró casi al oído “Lo siento, sé que querías haber hecho cosas hoy, no te mereces una tartanita como yo…”

Que no la merezco, dice. Madre mía, que tenga uno que oír esto. Que no la merezco, cuando es ella quien tiene que cargar conmigo, con mis neuras y mi pasado. Que no la merezco, cuando cruzarme con ella por la vida ha sido y es una bendición del cielo, cuando haberla conocido es lo único que me hace mantener encendida la última chispa de fe en el ser humano, cuando ella representa todo lo bueno y noble y hermoso que hay en el mundo, todos los ideales y valores que desde mi adolescencia consideré cuentos infantiles.

Ya con las dos manos al aire libre, la agarré con suavidad la cabeza y la besé en los labios inclinándome totalmente sobre ella. “No te preocupes por lo que íbamos a hacer hoy, que tiempo habrá de hacerlo más adelante. Y por favor, no vuelvas a decir jamás que no te merezco. Eso no es cierto, y lo sabes.” Sonrió con una de las sonrisas más tristes que he visto nunca. “Está bien, no lo diré más, pero sabes que queriéndome te condenas. Es como si te encadenaras a alguien que tarde o temprano…” No la dejé acabar. Volví a poner mi mano sobre sus labios, esta vez a propósito para interrumpirla. “Quiero cuidar de ti, Elma. Simplemente, quiero hacerlo. Es algo que tengo claro desde hace bastante tiempo, desde prácticamente el principio. Quiero cuidar de ti toda la vida.”

No respondió. No dijo nada. Solo se apretujó contra mí. Noté sus ojos llorosos y no quise interrumpir ese momento con algo trivial, así que yo también callé. Y nos quedamos allí abrazados entre tinieblas. Y fui feliz.

El cuadro que ilustra el artículo es de John Currin y se titula precisamente “Couple in Bed”.