Ayer sábado, aprovechando la mañana de compras con Elma, me dediqué a buscar el regalo para el típico Amigo Invisible que un año más organizan en mi trabajo como parte de la parafernalia navideña. Los más viejos del lugar, entre los que me cuento, aún recordamos con horror el tremendo desbarajuste del primer año que se organizó. Éramos muchos menos, la empresa ha crecido exponencialmente en estos años, y se suponía que eso lo hacía todo mejor y más fácil. Tan fácil lo veían que no se repartió a suertes entre todos el nombre de la persona a quien hacer el regalo, como suele hacerse, sino que simplemente se estableció un lugar para que cada uno dejara su regalo y cogiera otro así sin más. El resultado fue que algunos se llevaron regalos sin dejar nada a cambio (Que la verdad, hay que ser realmente mezquino para hacer eso) y, por culpa de éstos, quien como yo dejó un regalo y ya no quedaba ninguno para llevarse. Visto lo ocurrido, la inexplicable mezquindad de los ladrones de regalos, el furibundo cabreo que se pillaron casi todos los robados, y el rebote generalizado que prácticamente arruinó la celebración, creo yo que debió dejar de hacerse. Sin embargo, hemos seguido haciéndolo cada año, ya por inercia, y cada vez con menos sentido.

Si ya en aquella primera navidad, siendo pocos y en principio bien avenidos, cuando nos conocíamos, nos tratábamos y poco más o menos sabíamos la vida y milagros unos de otros, ya pasó aquello, ¿Qué no pasará ahora que como mucho conoces a los de tu equipo, y a la mayoría de los de otros turnos – no digamos ya los de otros departamentos – solo de vista? ¿Qué sentido tiene haber metido en el saco del reparto a todos los nuevos que se han incorporado hace apenas quince días y que los que solo conocemos su nombre en el planning, pero no sabemos ni qué cara tienen? Haber hecho eso, para mí es hipocresía, una más de las muchas hipocresías navideñas.

Y es que la navidad es como un pavo relleno de actitudes hipócritas y de mentiras aceptadas como verdades. Se supone que reina la paz, pero hay más peleas familiares y conyugales. Se supone que todo el mundo es más feliz, pero aumentan las depresiones y los suicidios. Se supone que es momento de reflexión y de buenos propósitos, pero casi todo el mundo está tan estresado con la compra de regalos, las cenas de empresa y la preparación de reuniones familiares que pocos tienen realmente tiempo de pararse a pensar en todo esto. Respecto a los buenos propósitos para el nuevo año, son como la falsa promesa universal de los días de resaca, cuando todo borracho jura y perjura que no volverá a beber jamás, sabiendo de sobra que no tardará una semana en incumplir su promesa.

Sin embargo, no puede uno sustraerse a la celebración, o al menos no totalmente. En la empresa por ejemplo, ¿Quién querría ser el único en no participar? Pues nadie, que a nadie le gusta ser el raro. Como todos, yo me trago la dosis de hipocresía social necesaria para sobrevivir, participo aunque me parezca estúpido, y pondré la reglamentaria cara de felicidad cuando toque. Y así casi todos. Eso es lo gracioso, hablas con ellos de uno en uno y quien más quien menos despotrica bastante de todo esto, pero en privado, ¿eh?, que en público nadie rechista. Así nos hemos vuelto…

Al menos, buscando el lado positivo, pasé un buen rato con Elma, eligiendo el regalo, lo que para nosotros es un regalo en sí mismo, que no nos sobra el tiempo para estar juntos. Al menos también, la persona que me ha tocado en suerte para regalar es una compañera veterana del turno de mañana a la que conozco y que me cae bien, no una desconocida, o aún peor, una de las brujas a quienes detesto. Son solo quince días. Paciencia…