Como si de ejemplificar la metáfora de las dos caras de la moneda se tratara, así de distintas y aún antagónicas han sido para mí las pasadas noches de martes y miércoles. El martes trabajaba, lo que ya marca cierta diferencia con cualquier noche libre, pero es que, por si el mero hecho de trabajar fuera poco, la vida quiso ponérmelo un poquito más difícil. Solo entrar por la puerta fui literalmente asaltado por el coordinador del turno de tarde a quien debía dar el relevo. Acababan de comunicarle oficialmente que cierto nuevo servicio previsto desde el verano y cuya puesta en marcha se aplazaba sistemáticamente una y otra vez desde septiembre, iba a comenzar sin más dilación a primera hora del siguiente día, ayer miércoles 17. “¡A las siete de la mañana los tendrás a todos aquí!” repetía estresadísimo mi compañero de Tarde. “Nuestros jefes, y también los jefes de la empresa cliente, vendrán todos a poner en funcionamiento el servicio…” Desde el principio dudé que eso fuera a ser así, por más que la noticia hubiera salido de Gerencia y reglamentariamente comunicada a través de Dirección Asistencial y Supervisión de Servicios. Porque, para estar a las siete allí, esos jefes cuya presencia tanto pánico provocaba en mi pusilánime colega debían levantarse de sus lujosas camas como muy tarde a las cinco y media. Y creedme, ningún jefe del mundo madruga tanto.

No obstante, como más vale prevenir que curar, y como creo en la Ley de Murphy, me encargué personalmente de prepararlo todo para que a las siete en punto de la mañana tanto las instalaciones como el equipo humano estuviéramos en perfecto orden de revista, así viniera a visitarnos el Rey de España en persona. Eso significó realizar una serie de actividades extra, que según costumbre no serán remuneradas, ni tan siquiera reconocidas. Porque el trabajo ordinario, lógicamente, no se detuvo porque los jefes tuvieran el capricho de aparecer allí a horas intempestivas. Antes al contrario, fue una noche picadita para ser martes…

A las siete en punto, los primeros compañeros del turno de mañana en ocupar sus puestos se sorprendieron un tanto de encontrarnos a los de noche absolutamente de punta en blanco, todos arregladitos, las chicas re-maquilladas, y las mesas limpias como una patena. Pero de jefes, invitados y nuevos servicios, nada de nada. A las siete y cuarto entró en tromba la Supervisora creyendo que llegaba tarde, porque a ella también le habían dicho lo de las siete. Pues va a ser que no… A las ocho, cumplido nuestro horario, nos fuimos con viento fresco, disimulando apenas la risa floja que nos provocaban las caras de circunstancias de los compañeros del turno de mañana. Que aunque los ilustres invitados aún no habían llegado, ni se sabía cuando llegarían, como se les esperaba para ya mismo, todo tenía que estar preparado. Resultado: nada de hablar, nada de levantarse, todo perfectamente en su sitio, ni un puñetero papel en la mesa… No sé a qué hora llegarían finalmente, ¡Igual les tuvieron así toda la mañana, que capaces son…!

Anoche tuve fiesta, y quise dedicársela enterita a Elma, que se lo merece más que nadie y no nos sobran ocasiones de estar juntos. Menos ahora que nunca, que hoy jueves tengo la cena de empresa, este próximo fin de semana trabajo, y ella se irá a su pueblo toda la semana que viene, aunque eso es otra historia que ya os contaré. Así que anoche ni amigos ni familia ni trabajo ni absolutamente nada en el mundo iba a impedirnos estar juntos para dedicarnos mutuamente esas horas en exclusiva.

Las ocho era la hora H. La hora en que ella cierra la tienda y yo acabo mi sesión semanal de preparación de oposiciones. Pues bien, a las ocho y media, atravesando la ciudad en tiempo récord, ya nos encontramos en el bar convenido. Un pequeño bar del eixample con unas raciones de olivas absolutamente espectaculares (De verdad, las olivas más grandes que he visto nunca, y buenísimas además) donde charlamos largamente, bebimos algo más de la cuenta, reímos mucho, nos besamos a discreción, y pasamos un buen rato distendido, sin prisas, como hacía tiempo no nos permitíamos. En principio pensábamos ir a cenar a algún restaurante próximo, pero nada más salir a la calle cambiamos de idea, porque lo que ambos teníamos en mente no incluía camareros ni mantelerías a cuadros. Así que en una pizzería cercana compramos media docena de raciones variadas de pizza y nos fuimos a comerlas a casita…

No las acabamos. De hecho, no recuerdo ni de qué variedad eran. Solo recuerdo que cubrimos el sofá con una colcha vieja para que no se manchara, y encendimos una sola luz indirecta que alumbraba tenuemente el salón. Y recuerdo, también, el fulgor felino en los hermosos ojos oscuros de Elma, y su pícara sonrisa algo borracha, y su piel, suavísima en mis manos y dulcísima en mis labios, y la rotundidad de las adorables formas de su cuerpo desnudo, tendido en escorzo ante mis ojos, que no se cansan de admirarlo por más veces que lo hayan visto ya...

Algunas horas más tarde, la llevé en brazos, profundamente dormida, hasta la cama. Y me acosté a su lado, y la abracé bajo las sábanas, y así me he despertado esta mañana. No concibo mejor modo de despertar que éste, sin duda la mejor manera que existe de empezar el día.

Dos noches, dos caras opuestas. Así es la vida, se supone, o eso nos dicen los conformistas. Debe haber alguna manera de que todas las noches sean como la de ayer, no descarto encontrar la forma de conseguirlo... Sobre el cuadro que ilustra el artículo, se titula “El último tango del Tigre Millán” y es obra del artista plástico bonaerense, ya fallecido, Ricardo Carpani.