Alguien debería estudiar, de forma seria y rigurosa, los devastadores efectos de la navidad sobre el buen clima laboral en las empresas. Ya sé que es sobre las familias sobre las que se producen los más devastadores efectos de estas celebraciones, pero, al fin y al cabo, las familias están unidas (se supone) por fuertes vínculos afectivos capaces (en teoría) de resistir las tensiones de estos días, y las crisis consiguientes, aunque duelan al cicatrizar, como todas las heridas. Por el contrario, los compañeros de trabajo, por definición extraños que coinciden casualmente en un mismo lugar y momento, rara vez amigos y frecuentemente rivales, pueden hacerse mucho daño, causarse heridas más profundas y mucho más complicadas de sanar. Todo ello, claro, en detrimento de la necesaria paz social que cree una buena convivencia dentro de la empresa.

¿Qué a qué viene todo este rollazo? A que anoche acudí a lo que debiera ser cena de navidad pero en mi empresa, más pija que ninguna, se llama “cocktail navideño”. Hubiera podido titular el artículo “La Hoguera de las Vanidades”, pues vanidad hubo allí a raudales, y aún sobró para llevar, igual que sobró, por cierto, un pésimo risotto, malo hasta decir basta, que me dio vergüenza que sirvieran de nuevo cuando se trata del mismo plato que causó estragos intestinales entre los asistentes del año anterior.

¿Detalles? Para qué darlos, si son los típicos y ya conocidos. Vestidazos dignos de la gala de los oscars, tacones de vértigo, peinados de peluquería cara, maquillajes que protegen contra todo, de los anuncia Eva Longoria, escotes convertidos en muestrario de delicatessen, botas crecientes y faldas menguantes… Por supuesto, no podía faltar la colección de sonrisas forzadas y falsos buenos deseos. Empezando por el edificante discurso del Sr. Presidente, personaje curioso que siendo el número uno del escalafón directivo, solo aparece de año en año y de cocktail en cocktail…

¿Cosas buenas? Alguna hubo, claro, para empezar saludar de nuevo, bastantes meses después, a mi antigua jefa defenestrada, Potenza, aquella cuesto puesto me ofrecieron cuando aún ella lo estaba ocupando, y enterarme no sólo que ya está recuperada por completo de su grave enfermedad, sino que finalmente Gerencia reconsideró su despido y ya está trabajando en la empresa, eso sí, en otro turno y departamento, donde no tenga contacto con nosotros, sus antiguos compañeros. También una larga y muy reveladora charla con cierta compañera de fatigas de los primeros tiempos, a la que apenas veo desde que fue ascendida al olimpo gerencial, que anoche descendió varios escalones jerárquicos y se rodeó de sus antiguos colegas, entre los que se siente mucho más a gusto. A ver si va a ser verdad que las cumbres con frecuencia se clavan en el culo de quien logra escalarlas…

¿Cosas malas? Muchas. Empezando por el catering nefasto, malo de verdad, escaso, y encima mal servido. Nos habíamos apuntado todos en un Excel con la hora aproximada de llegada. De este modo, la comida podría sacarse en varias veces para que siempre hubiera a medida que la gente fuera llegando, sobre todo por los que salían del turno de tarde y llegaban tarde. Pues no. Cuando llegaron los pobres de la Tarde, que encima venían de completar su turno, no quedaban ya ni pastelitos de postre. Vergonzoso. Y qué decir del regalo. Cualquier lote mierdoso con dos botellas y tres turrones haría más ilusión a la gente que un regalo nada navideño, como han hecho siempre. Pero este año se han lucido especialmente. Un polo de manga larga con el logotipo de la empresa, y ni siquiera es de marca… Para eso, la verdad, casi mejor que no regalaran nada…

Lo mejor, la vuelta a casa. Primero ese largo y aprovechado paseo a medianoche acompañado de una compañera del turno de Mañana, sin duda la mejor conversadora de la empresa. Ayer no fue excepción, y juntos, bajando desde los barrios altos Balmes abajo, destripamos entre risas las máscaras hipócritas de la mayoría de asistentes. Después, claro, ese resto de noche junto a Elma, ya sin máscaras ni hipocresías, ya con una sonrisa natural y nada forzada, ya tal cual soy, tal cual me gusta ser, tal cual me gustaría tratar a los demás y ser tratado por ellos…

Odio la hipocresía, ¿cómo no voy a odiar esta navidad de falsos oropeles y pomposos fastos vacíos de contenido?

El cuadro que ilustra el artículo es un óleo titulado “El mar a medianoche”, obra de Díez Colorado.