Vivimos una primera parte, años atrás, que duró poco y no cuajó. Uno de esos homenajes a lo que pudo ser y no fue. Por culpa mía, lo reconozco. Inexperto, dubitativo y cobarde, no estuve a su altura. Tantos enemigos que nos salieron al paso lograron asustarme, tan numerosas opiniones contrarias me abrumaron. No pude ni supe imponer mi criterio frente a la firme y aparentemente unánime oposición de mi entorno. Me dejé vencer por las numerosas circunstancias adversas. Hablando en plata, me cagué. No era nuestro momento. Me gusta pensar que aún no estaba preparado, que aún no la merecía. Pero no me engaño, este pensamiento es pura vanidad masculina, pues presupone nada más y nada menos que ahora sí que la merezco, lo que no es poco suponer.

Tuvimos después un prólogo, unos cuantos meses antes de empezar la segunda y espero que definitiva parte. Fue algo explosivo, pasional y un tanto sórdido, un verdadero canto a la desesperación. Yo acababa de regresar de Gran Canaria, teóricamente aún ligado a Micaela, que en aquellos momentos estaba embarazada de mí. Pura apariencia, la brecha entre nosotros se había vuelto ya insalvable. Yo tenía claro que no regresaría a las islas afortunadas, que me instalaría de nuevo en Barcelona. Teóricamente, ella iba a venir en cuanto estuviera instalado y el embarazo se lo permitiera, pero ambos sabíamos que eso era mentira, que ella nunca vendría aquí.

Me la encontré en la calle Sepúlveda una soleada mañana de mayo. Casualidad o destino, quien sabe, fue solo vernos y sentir una especie de chispazo de energía entre nosotros. Dos cafés, muchas tristísimas explicaciones por mi parte y cuarenta minutos después, la tarde de primavera nos sorprendió haciendo el amor con frenesí en el sofá recién estrenado de mi salón. Nos hicimos amantes. Yo llamaba a Micaela puntualmente cada tarde, le contaba los avances en la decoración del piso donde nunca viviríamos juntos y ella me explicaba la evolución del embarazo de nuestro hijo, que por aquel entonces, estoy seguro, ya había decidido llevarse al otro lado del océano en cuanto naciera… Me veía con Elma siempre que podía. Eran, de ahí la sordidez y desesperación, encuentros rápidos y sin circunloquios, un saludo informal, tal vez una copa rápida, y a follar como condenados. Actuábamos como si el mundo fuera a estallar en cuanto nos corriéramos, no teníamos ni esperábamos futuro alguno, éramos conscientes de que vivíamos en una mentira permanente, pero nada nos importaba, o más bien nada parecía importarnos. Así pasamos meses, hasta que nació mi hijo, hasta ese último encuentro con Micaela, ya con todo decidido, con todo perdido, con un futuro que no me incluía, tal como sabía que sucedería. Hasta que volví de mi último viaje al falso paraíso canario, para encontrarme con que era Elma la que había marchado de Barcelona en mi ausencia.

Y es que ella estaba decidida a cortar conmigo, a no volver a verme, si no era capaz de ofrecerle algo más que esos encuentros furtivos, esos minutos de sexo desesperado arañados al trabajo o el estudio. Ella quería algo que incluyera sentimientos y compromiso y un plan de vida de más de una hora robada al sueño. Quería dejar de sentirse un trozo de carne con ojos, que seguramente era como yo la trataba sin darme ni tan siquiera cuenta, y ser una persona con emociones, algo que habíamos desterrado de nuestros encuentros y nos habíamos prohibido tener. En aquellos lejanos días Elma trabajaba como comercial, haciendo ventas a puerta fría, y aprovechó un desplazamiento de trabajo a la zona de Alcañiz para poner distancia y adquirir perspectiva. Sus palabras, aunque pronunciadas con dulzura, fueron claramente un ultimátum.

Pasé aquellos quince días de diciembre buceando en mi interior, analizando en profundidad mis pensamientos y mis sentimientos. Pensé en Micaela, en nuestro hijo, en toda una colección de sueños rotos y planes truncados. Pero sobre todo pensé en Elma, en si podía, quería o debía prescindir de ella en mi vida. Llegué a la conclusión de que no iba permitir tal cosa. Con Micaela había construido una relación artificial basada en la apariencia y el interés mutuo, con Elma todo fluía naturalmente, casi diría magnéticamente entre nosotros, la mera presencia del otro nos hacía estar bien, calmados y hasta felices en un mundo que no suele permitir grandes muestras de felicidad entre sus habitantes. Entonces y solo entonces supe que la quería, que la había querido desde aquella primera vez, desde aquel primer fracaso, cuando me pudo la estupidez y me superó el miedo, y que no podía, ni quería, dejar de quererla.

Elma regresó de Alcañiz el día de nochebuena pero no pudimos vernos hasta después de navidad, hasta la tarde del día 26, San Esteban, festivo en Barcelona. Esa tarde, sentados en el mismo sofá donde tan desaforadamente habíamos hecho el amor por primera vez tras nuestro reencuentro, hablamos hasta quedar casi afónicos de nuestros sentimientos y planes, pusimos las cartas boca arriba, echamos toda la carne en el asador, y concluimos que queríamos seguir juntos, que nos queríamos y nos necesitábamos, y no íbamos a dejarnos vencer esta vez por nada ni por nadie, por ningún miedo propio ni ningún prejuicio ajeno. Que íbamos a ser una pareja, doliera a quien doliera y pesara a quien pesara, y que aunque el éxito nunca está garantizado, no íbamos a dejar de intentarlo.

Aquella tarde hace ocho sanestébanes dimos el primer paso del paseo a dúo por la vida que pretendemos compartir hasta el postrer momento. Hoy las circunstancias nos llevan a pasar este aniversario separados, porque Elma regresa esta noche de Galicia. No importa. He hablado hace poco con ella, ha tomado el tren en Ponferrada, y si no hay contratiempos mañana sobre las 11.00 llegará a Barcelona. Mañana, ya que no ha podido ser hoy, le dedicaré el día entero, o mejor dicho, nos le dedicaremos mutuamente, que vale la pena darnos de vez en cuando un homenaje a nosotros mismos.

La ilustración que acompaña el artículo es de Boris Vallejo.