El Dr. M empezó mal. De forma espectacular, sí, pero mal. Cual elefante entrando en tromba en una cacharrería, cuestionó sin rubor la ciencia y experiencia de los que venían desempeñando el trabajo desde hacía años, desdeñando con prepotencia olímpica que fueran los mismos que de la nada, a base de trabajo, errores e imaginación, habían diseñado los protocolos que ahora usamos todos. Trató de darle la vuelta a todo lo establecido, planteó problemas irresolubles, se granjeó profundas enemistades, no le cayó bien a nadie, y a punto estuvo más de uno de organizar una colecta para contratar un sicario que le borrara del mapa. Los más viejos del lugar se preguntaban qué poderes le respaldarían para dejar aflorar tanta soberbia chulería sin que el rayo divino le fulminara. Entonces se supo: El Dr. M era primo del Director General, tenía por tanto línea directa con Dios, y era intocable.

Ah, cómo cambió la cosa esta sencilla explicación de parentesco. Fue divertido ver (desde lejos, como lo veíamos los de más abajo) cómo cambiaron muchos de chaqueta, pasando en apenas unas horas de furibundos detractores a fervientes admiradores. Cómo de pronto se valoraban muchísimo sus sugerentes aportaciones, esas que poco antes eran poco menos que locura. Y cuan envarado se ponía todo el mundo en su presencia, cuan protocolario, sumiso y hasta servil en según qué casos… El Dr. M se convirtió en un icono del Poder Absoluto ante el que algunos hincaban la rodilla, mientras otros, discretamente, callaban y esperaban, que ya se sabe que si te sientas a la puerta de tu casa tarde o temprano verás pasar el cadáver de tu enemigo…

Y como tres mil años de sabiduría oriental anuncian, ese día llegó. La desventaja de la soberbia sobre el resto de pecados capitales es que el soberbio, a diferencia del irascible, lujurioso o perezoso, nunca se da cuenta de que lo es, porque en su infinito egocentrismo cree sinceramente que lo que él hace y dice es claramente lo mejor que puede hacerse y decirse en esa situación en que se halla. A un soberbio se le deja una buena soga y se ahorca él solito…

Os ahorraré los detalles, por demás tediosos, de cómo sucedió todo. Una absurda historia, como casi todas las que protagonizó el nefasto Dr. M, en que figuran como secundarios unos gestores inútiles, algún que otro médico dolido en su orgullo que calló como una puta, unas circunstancias climatológicas adversas, y la madre histérica de un bebé enfermo, hijo, ay, que eso es al final lo único que cuenta, del Vicepresidente de la filial española de cierto grupo asegurador europeo… Esta vez su vínculo de sangre no le bastó. Esta vez, el rayo divino fulminó sin piedad al Dr. M, para regocijo un tanto mezquino de los muchos que lo esperaban. Cayó el Dr. M, y cayó con él su círculo de aduladores, portalevitas y corifeos. La “limpieza étnica” en las filas médicas de la empresa ha sido terrible. Ahora sus más honrados enemigos, los pocos que estuvieron en su contra en sus tiempos de gloria, aguantando contra viento y marea, dicen que se le ha tratado injustamente, que de las muchas cagadas que hizo, no ha sido ésta ni mucho menos la peor, que si se le ha tenido en cuenta es solo porque ha afectado a uno de esos terribles diosecillos corporativos a quienes hay que erigir un altar y ofrecer sacrificios humanos, como en este caso las entrañas del Dr. M. Dicen todo eso, y lo piensan, lo que refuerza mi creencia en su honradez, pero eso sí, no pueden evitar, como humanos imperfectos que son y somos, tan dados siempre a regocijarnos del dolor ajeno, no pueden evitar, decía, sonreírse al recordar la cara de profundo estupor que puso el Dr. M cuando le fue comunicada su sentencia de muerte, ni referirse a él, despectivamente, como “El Primísimo”

Por cierto que os alucinará saber, en relación a mi anterior artículo “Donde dije digo, digo Diego” que finalmente, después de decirme que informara a mi compañera Amy que ascendería, después de cambiar de idea repentina e inexplicablemente, y darme el papelón de tener que comunicarle que no, que se quedaría como estaba, después de todo eso, ayer cambiaron de nuevo de idea, y de nuevo tuve que hablar con ella para decirle que sí, que definitivamente asciende y se convierte en mi “segunda de a bordo” Era tan absurdo, tan surrealista todo, que ni ella ni yo sabíamos si reír o llorar…

Tenía claro que ilustraría este artículo con la caída de Icaro. Encontré la versión clásica del tema, el cuadro de Jacob Peter Gowy del siglo XVII, pero después de googlear un buen rato y ver un montón de variaciones sobre lo mismo, la que más me ha gustado es esta ilustración moderna, obra de Kurt Wenner.