Quien me lee hace tiempo y poco o mucho me va conociendo sabe que no me gustan nada los memes, premios y demás encadenados. Los memes provocan que durante unos cuantos días todos los blogs de un determinado grupo de amigos publiquen artículos gemelos. Eso no que sea malo en sí mismo, pero pienso yo que un blog se caracteriza precisamente por la personalización, por exponer sin intermediarios las ideas, gustos, experiencias y paranoias personales de alguien, su mundo personal y particular, lo que casa muy mal con la homogenización de un cuestionario test sobre sus aficiones. Los premios crean un efecto mancha de aceite que los desvirtúan: Un bloguero recibe el premio porque otro cree que lo merece, pero este premio tiene unas normas según las cuales debe nominar para el premio a seis, ocho o diez amigos, y cada uno de éstos a otros tantos, y al final todo el mundo tiene el dichoso premio, que vale, que muy bien, que somos todos colegas y nos queremos mucho, pero no es eso, caramba, no es eso...

Y sin embargo a veces, aunque siga pensando así, que no soy de los que cambian fácilmente de ideas, alguien me escribe, dedicándome lo que sea, un agradecimiento, un premio, algo, y me llega, y hago una excepción. Y soy consciente de la injusticia que cometo, claro. Como también sé que es poco elegante reconocer que acepto o no el premio en función de quién me lo dé. Poco elegante pero sincero. Yo, que me he declarando repetidísimas veces enemigo mortal de lo políticamente correcto, solo intento ser coherente conmigo mismo. Además, si no pudiera ser sincero en mi propio blog, como que mejor debiera colgar el cartel de cerrado por derribo…

Total, que el pasado día ocho (Sí, lo sé, no hay excusa posible…) Pauleta me nominó para el premio Corazón Resplandeciente. Ella es alguien muy especial a quien por temas que no son de tratar aquí le agradezco mucho y profundamente el premio, como muestra de cariño que es, un cariño plenamente compartido. Como tal lo acepto y lo publico, haciendo una excepción a la regla general. Las normas dicen que hay que publicar el premio con la foto de algún corazón, nominar a seis personas para el premio, y explicar los motivos por los que se nomina a cada una de ellas. Como las normas están para saltárselas, algo que aprendí y practiqué hasta la saciedad en mis tiempos de leguleyo, me voy a pasar por el arco del triunfo esta segunda parte, y no voy a nominar a nadie, o mejor dicho, os nomino a todos, sí, a todos los que me leéis sin excepción, que todos tenéis, a buen seguro, un corazón resplandeciente.

Lo de poner la foto de un corazón, pues bueno, eso sí. Elegí ésta, que entiendo como metáfora del amor entregado. Creo firmemente que el amor no es un tesoro a conservar, sino más bien a compartir. Dice un viejo proverbio japonés que el corazón debe estar guardado por no menos de ocho vallas para que nadie lo lastime, pero no estoy de acuerdo en absoluto. El corazón debe ser puesto al servicio de los demás, del amor, sí, pero también de la familia, los amigos, y aún diría del compromiso con el mundo y nuestros semejantes. Si somos heridos, ya nos curaremos, y trataremos de aprender de la experiencia. Pero no pienso que sea bueno guardarse el corazón.

Aunque suene un poco Anne Igartiburu, buen fin de semana a todos, mis queridos corazones virtuales. De todo corazón.