La pasada primavera el Ángel de la Muerte rondaba a Elma, le hacía sentir en la nuca su gélido aliento, entristecía sus días y poblaba sus noches de pesadillas. Dos de sus tíos murieron en apenas un mes, el primero, sí, de una larga enfermedad de años de evolución, pero el segundo en un estúpido accidente doméstico totalmente evitable. El cáncer, mientras tanto, apagaba poco a poco la vida de su padre, hasta extinguirla totalmente a finales de julio. Creo que fue Theo en uno de sus comentarios quien dijo por aquel entonces que si la muerte se siente cómoda en una casa, se instala allí y se ceba con esa familia hasta que le toca marchar a otro lugar a repetir su danza macabra. Nosotros creímos, tras esos fallecimientos consecutivos, tras el duro y doloroso verano posterior al entierro de su padre, que ya habíamos satisfecho la cuota y pagado nuestras deudas, que el Ángel de la Muerte nos daría una tregua cuanto más larga mejor. Nos equivocamos. Como pasa con todos los tributos, cuando crees haberlo liquidado del todo resulta que aún tienes un par de cuotas pendientes.

Anoche me sentía sanamente alegre, como siempre que comparto éxitos ajenos, que alegrarse de los propios implica algo de vanidad. Era noche de amigos, reunión ordinaria de los cuatro fantásticos. Aunque solo estábamos tres, celebrábamos dos buenas noticias. Joey tomó posesión el lunes de su nuevo cargo, un peldaño más alto en el escalafón administrativo del ministerio. Rick, el gran ausente, aprobó el primer examen de la promoción interna que, si supera el segundo, puede elevarle al Olimpo. Como ninguno de nosotros es envidioso, y todos nos alegramos de los triunfos de los demás, nos sentíamos bien, y la charla era amena, jalonada de bromas y risas.

Elma llegó a ese bar que ya se ha convertido en nuestra sede social pasada la medianoche, y desde que entró por la puerta supe que algo malo había ocurrido. Contraía forzadamente sus labios, y un velo de oscuridad empañaba su habitualmente brillante mirada. No obstante, no dijo nada, y yo respeté su silencio no preguntando nada tampoco. Saludó afectuosamente a mis amigos, se sentó con nosotros y compartió la alegría por las buenas noticias, aunque solo una ligera sonrisa afloraba a su boca. Después, tras despedirnos de Jeff y Joey en la esquina de Fontanella, mientras paseábamos con las manos entrelazadas por delante del Hard Rock Café de Plaza Catalunya, camino de mi casa, aprovechando que allí hay algo más de luz, pues quería ver bien su cara, me giré hacia ella y le pregunté sin rodeos “¿Qué ha pasado?” Elma hipó nerviosamente, y creí que rompería a llorar. No lo hizo. Con gran esfuerzo, respiró hondo y se sobrepuso. “A mi hermano J. Lo han ingresado hoy en Calde. Le han detectado cáncer de pulmón, parece que muy extendido”. Creen que puede haber metástasis en la vejiga…” Cáncer, extendido y metástasis en la misma frase no es un diagnóstico, sino una condena, eso lo sabe Elma tan bien como yo. Un frío glaciar me invadió. Miré tras ella. El Ángel de la Muerte me sonrió cínicamente mientras aleteaba sus negras alas.

J. ha sido siempre la oveja negra. El raro, el oscuro, el marginado. El protagonista del más escabroso capítulo de la historia familiar de Elma. Es algo que no escribiré aquí, que debe quedar para nosotros. Elma es la menos afectada, pues lo vivió todo a distancia. Por circunstancias que serían demasiado largas de explicar lleva desde los doce años viviendo sola, y desde los diecisiete en Barcelona, a mil kilómetros de su familia. Para sus padres y sus otros hermanos, sin embargo, la tragedia personal de J. ha afectado mucho sus vidas. La madre de Elma quiere más a J. que a ningún otro de sus hijos, eso lo saben los demás hermanos, y lo asumen y les parece lógico porque sin duda es quien más ha necesitado que le quieran. El padre de Elma es el único que pudo controlar los brotes psicóticos de J., que pudo educar, o mejor domar, su irreductible carácter. Ahora, faltando él, J. se ha sentido desquiciadamente libre, y ha pasado unos meses en el umbral de la locura absoluta. Algo que ya venía preocupando a Elma hace tiempo. Y ahora esto. Sé que, aunque le cueste reconocerlo, y por mucho que sienta, como es lógico, la enfermedad de su hermano, por la que llora el maltratado corazón de Elma es por su pobre madre, que indudablemente debe ser quien peor lo esté pasando, a menos de un año de enterrar el hombre con quien compartió más de cincuenta años de su vida, prepararse para enterrar a su hijo mayor…

El cuadro que acompaña el artículo, El Ángel de la Muerte, de Evelyn Morgan. Una versión idílica, os lo aseguro. Visto de cerca, su rostro es mucho más despiadado y terrorífico.