Alta, esbelta y cimbreante, caminas como junco suavemente mecido por la brisa, y no pasas desapercibida para nadie, ni hombre, ni mujer ni géneros intermedios. El vuelo de tu breve falda tableada de Burberrys muestra entre gráciles movimientos dos jugosos muslos bien torneados, enfundados en medias negras, que avanzan con paso firme sobre las altas botas también negras, de caña estrecha y tacón vertiginoso. Las turgencias de tu pecho, impropias de tu delgadez, se marcan como estampadas en la fina lana del suéter de cuello alto. En el ovalado rostro de piel blanquísima, rasgado por la marca sangrienta de los labios rojo fuego, se abren los insondables pozos de tus pupilas negras como noche sin estrellas, y por sobre de ellos tu lacia melena azabache cae en cascada sobre las rectas rompientes de tus hombros. Todo en ti es armonía, gracia y sensualidad. Y lo sabes. Y te encanta.

Estoy sentado en la mesa de Súper Nova, mi Supervisora, que acaba de llegar y ya va por el segundo café, tratando de hacerle explicable mi farragoso informe sobre El Incidente que nos ha dado la noche. Siendo lunes y luna llena, agradezco que sólo haya habido un caso remarcable, aunque haya sido tamaño Godzilla, El Incidente, así, en mayúsculas. Pero nuestra conversación se detiene en seco ante tu presencia, y ambos te miramos boquiabiertos mientras dejas el bolso en el respaldo de tu silla y nos saludas con una sonrisa que eclipsa las luces halógenas del techo. No sé qué perfume llevas, pero acaricia mi pituitaria como lo haría la más experta masajista tailandesa, provocando inmediatas y no negaré que agradables reacciones en recónditos lugares de mi mente.

-Tú estarás de Coordinador el viernes por la noche, ¿verdad? – Tu voz sensual y susurrante, zumbido de abejas en una tarde estival, me envuelve, parece llegar de todas partes a la vez, y tengo que mirarte a los ojos y a los labios para convencerme que me estás hablando directamente a mí

-Sí… sí – Logro balbucir

Si dieran un Óscar a la sonrisa más pícara, atractiva y sensual, no habría miembro de la academia que no te votara.

-Eso me pareció viendo el planning. Yo seré tu Jefa de Guardia.

Me quedo sin palabras. ¿Una Diosa del Olimpo haciendo el turno de noche con nosotros, los últimos entre los mortales? ¿Cómo es posible? ¿Es una señal de que se acerca el Apocalipsis? ¿O es que acaso todo esto es tan irreal como parece, y estoy ya en mi casa, metido en mi cama, soñando que algo así pueda ser posible? Para aumentar mi confusión, en ese momento echas tu silla hacia atrás y te sientas, justo frente a mí, permitiéndome observar con todo lujo de detalles un cruce de piernas que haría palidecer de envidia a Sharon Stone.

-La Dra. Gómez está de baja y tiene para días. Yo la sustituiré - Me informas con tono aparentemente oficial, y doy gracias mentalmente a quien sea que haya tenido la brillantísima idea de dar la baja a la Dra. Gómez – Me alegro que estés tú de guardia esa noche – Añades, y de nuevo el fuego de tu sonrisa abrasa mis sentidos – Tenía ganas de trabajar contigo…

Dices esto, y sin más te pones a examinar los papeles y carpetillas sobre tu mesa, ofreciéndome, eso sí, la vista de un perfil que hubiera esculpido Fidias para el friso del Partenón. Lo sé, estoy salivando como un perro de Pavlov, perdida totalmente la compostura. Y Súper Nova a mi lado con cara de “¿Qué pasa, acabo de convertirme en una montaña de excrementos de caballo o qué?” Como puedo – A duras, muy durísimas penas – prosigo con el dichoso informe. Quiero irme, huir de ahí antes de hacer o decir algo de lo que me arrepienta. Sé que Súper Nova me comprende, Cuando aún no era Súper, sino tan solo Novata, compartimos un año entero a dúo, solos los dos en lo que fue el embrión del turno de noche, y nos conocemos bien. Conmiserativa, no alarga innecesariamente las explicaciones.

Me pongo el chaquetón y me preparo a salir batiendo el récord de los cien metros lisos. Quiero pasar por detrás de ti, para que tu oscura mirada y tu ardiente sonrisa no me nublen la mente, pero cuando estoy a tu altura te giras imprevistamente (Dios, esa visión de tus perfectas rodillas talladas en ónice…) y me dices así como que no quiere la cosa

-Espera, que tengo algo para ti.

Mi mente quiere sonreír y echar a correr, pero mis pies se atornillan al suelo mientras rebuscas en tu bolso. Al fin sacas un envuelto en papel de aluminio que me tiendes con gesto mimoso.

-Es un pastel de queso. Lo he hecho yo misma, pero no me apetece. ¿Quieres llevártelo para desayunar?

No. No quiero pastel de queso. No quiero desayunar. Quiero arrancarte la ropa a dentelladas y poseerte aquí mismo, encima de esa mesa que de pronto me parece el mejor lugar del planeta para hacer el amor. Y tú lo sabes. Y lo buscas. Y lo deseas tanto o más que yo. Y durante diez segundos creo que aquí va a pasar algo memorable. Solo me detiene en ese momento ver por el rabillo del ojo la mirada color miel de Súper Nova observándonos parapetada tras su monitor como un fedayin palestino observaría el avance israelí tras un muro de sacos terreros. Eso me detiene, me hace volver dolorosamente a la realidad, a un mundo que había perdido totalmente de vista. Miro el brillante envoltorio que sostienen tus finas y cuidadas manos.

-Tal vez prefieras dárselo a tu marido – digo lenta, suavemente, sorprendiéndome a mí mismo que sea capaz de decirle esa frase a quien por su cargo y posición puede fulminarme solo con un gesto.

Esta vez tu sonrisa no es nada luminosa, sino más bien apagada, torcida y con un punto de cinismo.

-No, Juan, hace ya mucho que a mi marido no le gustan mis pasteles de queso.

Pongo mi mano sobre las tuyas para tomar el paquete, y a punto estamos de morir chiscados por la electricidad estática.

-Me lo llevaré entonces. Ya te haré el viernes la crítica culinaria.

-Sí, claro. Hasta el viernes…

Salgo sin mirar atrás porque capaz sería de quedarme.

El pastel de queso es suave y esponjoso. Y seguro que no es lo único suave y esponjoso que ella me podría ofrecer, pienso mientras me lo como solo en mi cocina. Joder, que pocas llamadas así te hace la vida, y que siempre que te las haga estés fuera de cobertura… Al lado de mi cama, sobre su mesita, está aún tirado de mala manera el pijama de Elma. Lo doblo con cuidado y lo guardo en su cajón. No. Agradezco el detalle del destino, me siento hasta halagado. Pero mi camino está claro y trazado de antemano. El viernes le diré que me gustó mucho el pastel de queso, muchísimo, pero prefiero la tarta de Santiago. Sobre gustos, ya se sabe, no hay nada escrito.

La ilustración, una pin-up clásica de los 50, obra de Dan De Carlo, maestro del género y uno de los inventores, junto a Stan Lee, del cómic tal como lo conocemos hoy en día…