Duele. Duele muchísimo, más de lo que nunca ha dolido nada antes. Las lágrimas caen sobre el último resto de whisky del vaso de tubo, mezclándose con el licor aguado por el hielo fundido. Lo bebe de un trago, sin reprimir el gesto de disgusto por el fuerte sabor a madera. Nunca le ha gustado el whisky, no está acostumbrada a beber. Pero qué más da, que importa ya nada, si esta es la última tarde de todas. Está borracha, muy borracha, pero también a la vez increíblemente lúcida, dueña de una determinación que desconocía que tuviera. Con mano algo temblorosa se aparta de la cara el lacio pelo castaño, y el espejo del baño le devuelve la imagen de un rostro demacrado y lloroso que apenas reconoce como el de ella misma. Irritada, arroja el vaso contra el espejo con todas sus fuerzas, convirtiéndolo todo en un mar de brillantes esquirlas cristalinas derramado sobre la pica. Un trozo algo más grande que los demás tiene la forma aguda de un filo de daga, y a ella le parece una señal del cielo. O del infierno, que para el caso... Sira coge el cristal y lo examina con reverencia, sintiendo a la vez ansia y temor, y vuelve a depositarlo junto a los demás. Con un rápido gesto de sus hombros deja caer al suelo el camisón rosa de tirantes que lleva por única vestimenta. Entonces, ya totalmente decidida, toma de nuevo el cristal en sus manos, dirigiéndose a la bañera, ya llena a rebosar de agua tibia, ni fría ni demasiado caliente, perfecta. Se sumerge dejándose acariciar por la calidez del líquido elemento, y tras unos breves instantes apoya el filo del cristal primero contra una muñeca, luego contra la otra, y en ambas realiza sendos cortes profundos que rasgan carne y venas, músculos y tendones, hasta el hueso.

 

-Vaya desperdicio...

 

Un escalofrío recorre su espalda, un terror como tampoco ha sentido nunca antes la invade haciéndola temblar como una hoja a pesar de estar sumergida en agua caliente. Abre los ojos para encontrarse con una malévola mirada ambarina que la observa comprensiva y cínica. La mujer tiene un rostro níveo que podría ser de porcelana si no fuera por el movimiento de sus labios, apenas una leve línea roja, como una cuchillada, y el brillo deslumbrante de sus pupilas. Viste de negro de pies a cabeza, como también negra azabache es la larga cabellera que corona su figura juncal. Su pálida mano de largos y huesudos dedos acabados en inconcebiblemente largas y afiladas uñas, mano de muerta viviente, agita el agua granate de la bañera, ese agua que ya no es sino su sangre aguada, y luego, grácilmente, lleva hasta su boca un pequeño sorbo de la mezcla.

 

-Eres aún más dulce de lo que pensaba...

 

Sira nunca ha sentido tanto miedo ni tanto frío. Paralizada, incapaz de moverse, su cerebro se adentra en una oscuridad insondable, y no se pregunta quién es ni por dónde ha entrado, tan solo por qué no la deja morir en paz, que es lo único que desea. Haciendo acopio de sus últimas fuerzas, abre la boca para preguntárselo, pero solo consigue balbucear un quejido ininteligible antes de desmayarse, abandonándose a la negra quietud de la inconsciencia.

 

El retorno a la conciencia de Sira no es rápido ni indoloro, pero finalmente vuelve a ser plenamente consciente de quién es y dónde está. Tendida sobre su propia cama. Desnuda. Esforzándose en recordar cómo llegó allí, las imágenes de sus últimos segundos antes de desmayarse asaltan su mente, y se mira las muñecas, vendadas con mimo por manos expertas. De pronto, vuelve a sentir ese frío que nunca antes había sentido, y su mirada temerosa se vuelve a cruzar con las pupilas ambarinas, de gata sobrenatural, que brillan en la penumbra de un rincón.

 

-¿Quien eres?... ¿Qué quieres?

 

-Soy una mujer que sabe lo que quieres y puede dártelo.

 

Sira se maravilla de que la voz femenina, suave y sensual, parezca venir de todas y cada una de las esquinas del cuarto, y de ninguna en concreto. Pero la garra de hielo que atenaza su corazón no disminuye la presión, antes al contrario, cuando su extraña huésped se acerca hasta ella, hasta el borde de la cama donde está tendida, la alta y espectral figura la atemoriza aún más.

 

-Y qué es lo que quiero, según tú.

 

La otra sonríe con una sonrisa cruel

 

-¿Quieres jugar a la gata y la rata conmigo, querida? Soy demasiado vieja para eso... Está claro lo que quieres, niña, le quieres a Él.

 

Él. Imágenes de un hombre moreno, corpulento y desalmado inundan ahora la mente de Sira. Y las lágrimas afloran de nuevo a sus ojos color miel. Y el dolor, ese dolor insoportable, vuelve a esparcirse por todo su castigado sistema nervioso.

 

En lo que solo vagamente podría calificarse de caricia, la otra recoge con una de sus uñas imposibles algunas de esas lágrimas y se las lleva a la boca, saboreándolas con fruición.

 

-No llores, tontita. Ningún hombre es imposible para una mujer que conoce los secretos de la vida. Yo puedo dártelo. Convertirlo en tu esclavo para siempre. Y no te será demasiado caro.

 

-¿Cuánto... cuanto me costaría?

 

Sira no puede creer que lo haya dicho, no reconoce su propia voz habiendo hecho semejante pregunta, pero su interlocutora sonríe, complacida.

 

-Oh, no mucho, solo un poquito de eso que derramabas alegremente en la bañera...

 

Su sangre. Su vida. El escalofrío ahora parece poder arrancar su médula espinal. No. Su mente grita NO con todas las fuerzas pero ninguna negativa sale de sus labios. Al contrario, mientras la mente niega, el corazón se hace dueño de los movimientos de su cuerpo el tiempo justo de mover la cabeza afirmativamente.

 

¿Cómo puede haberse movido tan rápido? Sira no ha visto moverse a la otra, pero ella le ha cogido el brazo izquierdo, alzándolo hasta la altura de su rostro. Las uñas afiladas como navajas desgarran la venda de su muñeca izquierda, férreamente sujeta, y una boca ansiosa chupa el manantial de sangre que vuelve a fluir de la misma. Un repentino mareo sumerge a Sira en un mundo de ensoñaciones a caballo entre consciencia e inconsciencia. Un hombre, ese hombre, se le aparece una y otra vez. Pero no es él, porque él no la quiere, y en esas ensoñaciones están juntos, amándose...

 

-Ya está ¿Ves cómo no ha sido para tanto?

 

¿Cuánto tiempo ha pasado? Sira no lo sabe. La repulsión, la náusea, una extraña sensación de asco, le nace del estómago, pugnando por hacerla vomitar. Sira sabe, sin acabar de entenderlo, que la otra le ha quitado algo que ya no recuperará, parte de su esencia, de sí misma. Sira siente que ha sido violada en el alma de una manera oscura y que eso le dejará una huella más marcada y profunda que si un hombre hubiera violado su cuerpo.

 

-Pero... aún me sangra la muñeca... - Solo acierta a decir.

 

Y es cierto, su muñeca sigue dejando escapar el mismo espeso líquido vital que rebosa en la boca de la otra. Ésta, sin inmutarse, saca un encendedor plateado de lo que parece ser solo un pliegue de su vestido ¿O es un bolsillo?, y aplica directamente la llama sobre la herida abierta. Sira siente quemarse su brazo mientras huele su propia carne chamuscada, y chilla con el tono más agudo que nunca imaginó que pudiera alcanzar, hasta que el dolor paraliza su sistema nervioso, y vuelve a desmayarse, quedando desmadejada en una postura imposible sobre las sábanas, como una muñeca rota.

 

La otra se sienta en el borde de la cama, observándola despacio, detenidamente, con cierta extraña ternura y hasta con un punto de lujuria, y se relame con su bífida lengua de serpiente los labios aún manchados de sangre joven y fresca.

 

-El pacto está sellado...