Después de la media hora perdida ante el tablón de anuncios de Secretaría para ver en qué grupo estoy incluido y a qué aula debo dirigirme, que los grupos se forman por estricto orden alfabético y no puedes elegir el que más te convenga, me apresuro a entrar en el Aula Magna, desvencijada como un viejo cine de barrio. Pertenezco al grupo M-1, el más numeroso y masificado, y ya desde el primer momento todo son desventajas. Para empezar, nos impartirán aquí las clases, en esta gran sala de fogueados sillones destapizados y chirriantes que solo permiten tomar apuntes a duras penas sobre las rodillas. Pero de eso me enteraré más tarde. Ese primer día, aún creo que en el Aula Magna será solo la presentación, que luego las clases ordinarias nos las darán en cualquier otra aula normal.

 

Para alguien como yo, que venía de un colegio religioso privado que sin ser elitista sí cuidaba mucho el entorno del alumnado, protegiéndonos, envolviéndonos en celofán para que nada malo nos pasara si pudiera evitarse de cualquier manera, donde además todos nos conocíamos al menos de vista, todos estábamos perfectamente catalogados y clasificados, verme aquí solo entre este mar de gente desconocida, dejado a la buena de Dios, es algo un poco traumático. Tengo algo de miedo, a qué negarlo. Sobre todo porque aún hay novatadas crueles, tardarán un par de años de decidida intervención y duros expedientes sancionadores en erradicarlas. El día anterior, mismamente, a una alumna novata de otra facultad un grupo de veteranos especialmente bestias la agarraron, la desnudaron, la pintaron todo el cuerpo de verde y la hicieron cantar así, desnuda y pintarrajeada, encima del techo de una cabina telefónica. La noticia hace que todos los alumnos de primero miremos con desconfianza a cualquier persona mayor de veinte años que no lleve corbata.

 

El comienzo de la primera clase nos tranquiliza un poco. Un joven Profesor Ayudante vasco impartirá la asignatura, y parece hombre afable y dialogante. A punto de terminar su presentación, irrumpe la barbarie en forma de grupo de media docena de energúmenos que desde fuera de los grandes ventanales dedican signos obscenos al profesor mientras le gritan "¡Txarri, txarri!" a pleno pulmón. La que está sentada a mi lado, una astuta asturiana, repetidora y resabiada, que en ese momento no conozco de nada más que de coincidir en la fila de asientos, dedica a los vociferantes un gesto aún más obsceno que los de ellos, y se gira hacia mí con indiferencia, sonriendo ante mi cara que imagino de profundo estupor. "No te preocupes,  que son cuatro gilipollas. Han salido hoy las notas del examen de septiembre de la asignatura, y éstos habrán suspendido..." ¿Y lo de txarri? "Es cerdo en euskera" me informa puntualmente. Lo primero que aprendo en la facultad, un insulto vasco. Prometedor...

 

La segunda clase... Ayer un compañero del grupo de preparación de oposiciones me hizo venir a la memoria este primer día de clase que hoy reproduzco en mis "desmemorias", pero os juro que por más ganas de contarlo que tenga no sé si saldré adelante con el empeño. Me es muy difícil, a pesar de que tengo las imágenes y las  palabras muy vívidas en la memoria, reproducir con exactitud la figura y los hechos del Profesor JRC. Imaginaos a un hombre bien entrado en la cincuentena, alto, delgado, casi calvo, con el escaso cabello que le quedaba canoso y alborotado, la mirada de un místico y el verbo de un político. En teoría, una de las joyas de la facultad, uno de los catedráticos más intelectualmente admirados.

 

En la práctica sin embargo un ser nauseabundo, alucinado y sádico. Sus primeras palabras fueron para aclararnos su misión allí. Las recuerdo bien, aún después de tantos años: "Ustedes creen que yo estoy aquí para enseñarles algo, y conviene sacarles de su error hoy mismo. Yo no voy a enseñarles nada, a mí el estado me paga para impedir que deshechos culturales, que detritus intelectuales como ustedes, pasen de curso. Ése es mi trabajo. - Y tras una pausa dramática, poniéndose de pie y alzando la voz - ¡No soy profesor ni educador ni docente, soy un Policía del Pensamiento!"

 

Imaginaos el efecto de estas palabras en alumnos de primer día de primer curso. Todos boquiabiertos, estupefactos y atemorizados. Él disfrutaba con nuestro azoramiento y nuestro miedo, estoy seguro. Disfrutaba y lo cultivaba. A lo largo del curso fueron muchas y notorias sus muestras de desequilibro psíquico. Recuerdo un día que una de las grandes puertas de doble hoja del Aula Magna se abrió sin que nadie entrara. Imagino que alguien se había asomado a ver. Pero él, que estaba en medio de una farragosa explicación sobre la escuela alemana de derecho público, calló de pronto, sumiendo el aula en un silencio absoluto, tensísimo, de más de un minuto. Al cabo de ese tiempo, ya todos moviendo el culo inquietos en nuestros sillones, dijo "Habrán notado que acaba de entrar un zuruneme en el aula..." Y como todos, evidentemente, le dirigiéramos miradas alucinadas de incomprensión, frunció el ceño como si explicara algo evidente que nosotros, imbéciles, no éramos capaces de entender. Se retrepó en el asiento y se puso literalmente a chillar. "¿Pero es que tengo que explicarles lo más básico? ¿Es que no saben nada de nada? ¡¡Un zuruneme, panda de ineptos, es un ente metafísico cuya principal característica es que es absolutamente inobservable!!"

 

Podría contar hasta aburrir historias y anécdotas del profesor JRC, cuyos exabruptos, alucinaciones, salidas de tono e idas de olla eran temidas por todos sus alumnos, sabedores por ejemplo que un curso anterior, como única pregunta del examen final de la asignatura había puesto un párrafo de cuatro líneas en alemán, tras el cual soltó "¿Usted cree que esto es una pregunta?" De todos los que se examinaron, el profesor JRC solo aprobó a uno, uno que, lejos de complicarse la vida con elaboradas y farragosas respuestas filosóficas, respondió "Sí, si Ud. cree que esto es una respuesta".

 

Necios, no le entendíamos. No comprendimos nunca que la libertad de cátedra incluyera torturar a los alumnos, desconsiderarles, no enseñarles nada y encima suspenderles aun sin motivo, que mal podía evaluar unos conocimientos que no nos había inculcado cual era su deber. Yo aprobé porque tuve suerte que el examen fue normal, con preguntas más o menos centradas en el temario, que por supuesto tuve que estudiar por mi cuenta sin hacer caso de las tonterías que oía en clase. Pero otras promociones de alumnos sufrieron exámenes absurdos, irracionales, que minaban su ánimo y empobrecían su expediente...

 

La viñeta que ilustra el artículo, un chiste gráfico sobre docentes del humorista argentino Daniel Paz. Que no hay que perder el humor...