Que no sé cual de los capitostes de mi empresa ha establecido que todos los jueves haya reunión de mandos intermedios, con motivo o sin él, con temas a tratar o sin temas pendientes, pero cada jueves, con la inexorable periodicidad de una condena bíblica, tengamos que perder allí la tarde.

 

Que la reunión esté programada para las 15:00 horas, y llegue yo justo a la hora en punto, para lo que he tenido que comer deprisa y renunciar al postre, y cuando llego me encuentro que soy el primero en acudir a la cita, y que otros que tienen, seguro, bastantes menos cosas que hacer que yo, llegan tranquilamente, sin privarse de copas ni cafeses, más de un cuarto de hora tarde. Y sonríe, coño, que no es para tanto, vaya mal carácter, chico, mira que cabrearse por eso...

 

Que pase media hora, y tres cuartos de hora, todos allí tirados con cara de asco sin saber qué hacer, y que solo cuando el retraso supera los cincuenta minutos se acuerde alguien de explicarnos que todo se debe a una reunión urgente, inesperada e inaplazable de las dos supervisoras. Que lo sienten muchísimo, que mil perdones, que nos dan las más sentidas gracias por nuestra amabilidad y comprensión. Pero que ajo y agua, porque la reunión se va a hacer de todas todas, así que a esperarse tocan. Y el que tenga algo que hacer mejor que vaya llamando a decir que llegará tarde adonde sea.

 

Que la más pánfila de todos lleve la voz cantante, y que los demás se lo permitamos, por inutilidad algunos, por desidia la mayoría, como es mi caso, y que aceptemos mansamente empezar la reunión sin que estén ellas, o sea, sin que sirva para nada lo que hablemos. Claro que mejor empezar y hacer ver que hacemos algo antes que seguir deambulando sin rumbo por las dependencias como almas en pena laborales...

 

Que todas las posturas sean falsas y todas las poses fingidas. Que la más cobardica de las coordinadoras sea la que propone las medidas más restrictivas, las prohibiciones más severas y las sanciones más duras (Siempre que las aplique otro, entiendo, porque a ella los más veteranos de su equipo se le suben a la chepa a la mínima...) Que los más injustos en sus decisiones sean los que más se quejan de las injusticias que contra ellos se cometen, y los que más comadrean con sus subordinados quienes más alcen la voz, teóricamente indignados por el comadreo que ciertamente hay en las altas esferas. Y que yo me calle y sonría estúpidamente, que deben creer que soy autista, y que por no liarla y porque acabe cuanto antes el suplicio no de un puñetazo en la mesa y me cague en todos mis contertulios y sus putas madres respectivas, como tengo cada vez más ganas de hacer a medida que avanza la reunión fantasma.

 

Que se presenten por fin las supervisoras apenas hora y cuarto tarde, y encima de mostrarse uno comprensivo con un retraso que ellas jamás hubieran tolerado a la inversa, haya que volver a empezar por el principio y tratar de nuevo todos los temas ya tratados, que claro, ella son estaban, pobrecitas, tenemos que entenderlo...

 

Que acabe la reunión mucho más tarde de lo que yo calculaba para poder estudiar con desahogo los temas que quería estudiar ayer y aún me den la puntilla en forma de denegación de una solicitud que había planteado a las supervisoras, un favor que les pido, uno solo en cuatro años, no me lo pueden hacer... Pero ellas, sin perder la sonrisa después de mandarme a tomar viento, sí que me piden a mí un favor para este fin de semana. Me piden que haga un trabajo que no me correspondería hacer, pero como la persona que debe hacerlo es una inútil integral que no vale ni para pegar sellos de correos, ahora ese trabajo va muy retrasado, y debe estar al día para cuando los jefes más jefes lo revisen el lunes. Pues nada, a mandar, que para eso estoy yo, total, como nunca hay trabajo en fin de semana...

 

Que después de toda esta sarta de despropósitos, mi mente esté tan confusa y desorientada que no me acuerde dónde y cuando había quedado con Elma, y acabemos los dos esperándonos uno al otro, cada uno en una punta de la ciudad, sin llegar a encontrarnos nunca. Y que tampoco recuerde que había puesto el móvil en silencio al inicio de la reunión y no atienda las llamadas que ella me hace, ya preocupada por mi inexplicable tardanza. Y que cuando por fin ella me localiza tiene ya encima un cabreo considerable que comprendo, porque la verdad, me he empanado con ganas. Y que nuestra última noche juntos de la semana la pasáramos así, medio mal...

 

No preocuparse, la sangre no llegará al río. Hoy amanecimos descansados y calmados, ya olvidado el cabreo de ayer tarde, y por tanto receptivos a explicaciones y dados a la comprensión de errores y faltas ajenas. Hablamos largo y tendido en el desayuno y mientas la acompañaba a su trabajo, y todo ha quedado claro entre nosotros. Una noche perdida me jode, porque no tenemos todas las del mundo para nosotros. Pero como diría mi abuelo, más se perdió en Cuba. Al fin y al cabo, si no hubiera crisis, no daríamos importancia a los periodos de bonanza. Si no nos cruzáramos nunca con lo peor de la vida, no tendría ningún valor lo bueno. Me tomo este jueves gracias a Dios ya finiquitado como un día de aprendizaje, de entrenamiento. Un día para saber cómo NO volver a hacer las cosas...

 

El cuadro que ilustra el artículo se titula "El Grito, número 3" y es obra de Oswaldo Guayasamin.