Entre fiestas, mini vacaciones, compromisos varios y rutina diaria, llevábamos un mes sin vernos los Tres Mosqueteros supervivientes del grupo antes conocido como Cuatro Fantásticos, desesperanzados ya de que nuestro D'Artagnan particular abandone siquiera una sola noche sus amores sureños para reencontrarse con los amigos (Para más información, véase mi anterior artículo "A las diez en el Ski").

 

Sin Rick pues, pero con Jeff y Joey, tuve anoche una de esas charlas balsámicas que tan bien me sientan, masaje mental que calma y destensa mi un tanto desasosegado espíritu. Sé que egoístamente, lo que más echo de menos desde la marcha de Rick son esas largas conversaciones paseando a lo largo y ancho de esta ciudad, esas tardes estivales recorriendo la fachada litoral desde el Maremágnum hasta más allá de la Nova Mar Bella divagando sobre lo divino y lo humano, esas mañanas primaverales en que llegamos a subir desde el parque de la Ciudadela hasta el mismísimo castillo de Montjuich, mientras analizábamos, estudiando desde todos los ángulos posibles e imaginables, cualquier problema que nos acuciaba.

 

La vida, que te da y te quita caprichosamente aquello que deseas, que te lo pierde y cuando menos te lo esperas te lo devuelve, o no, según salga en la ruleta del destino, me hace renunciar ahora a uno de mis mayores placeres, el del paseo, la amistad y la conversación. Valga como excelente sucedáneo estos encuentros como el de ayer, en que, sin movernos, eso sí, de la mesa del bar que ya es nuestra sede social a todos los efectos, disfrutamos de una buena charla y, claro, de nuestra mutua compañía, placer cada vez más caro de ver. Con todo, dejándome buen sabor de boca el encuentro, debo reconocer que flotó sobre nosotros la idea de que el de anoche era un punto de inflexión a partir del cual ya nada será igual, que algo hemos perdido que ya nunca recuperaremos.

 

Elma, según costumbre, se unió a nosotros pasada la medianoche, el tiempo de recibir las condolencias de Jeff y Joey por la muerte de su hermano, que aún no habían tenido ocasión de dárselas en persona, y despedirnos hasta la próxima vez, que quien sabe cuando será. Después, resuelto el siempre incómodo momento "nos llamamos", paseé con Elma hasta mi casa, cogidos de las manos como críos, bajo la pálida y menguante luna barcelonesa, esa misma luna dorada que nos alumbraba como única iluminación cuando me tendí junto a ella en el lecho, coloqué mi  mano entre sus piernas, me giré para besarla, y el mundo entero se detuvo, y todo lo que ocurría más allá de las sábanas que nos envolvían dejó de tener ninguna importancia.

 

La imagen que ilustra el artículo resulta evidente, ¿no? Mis amigos Jeff y Joey, junto a mí, saludando a Elma en el momento de reunirse con nosotros en el bar...