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Como creyente convencido de la infalibilidad de la Ley de Murphy, no me sorprendió que justo ayer viernes, el día que más tarde había salido del trabajo por la mañana, que más dificultades había tenido para conciliar el sueño y menos horas había logrado dormir, y que ya por la tarde más me había costado sobreponerme al cansancio, a base de cafés bien cargados, para estudiar los temas más áridos del programa, justo ayer que, en suma, estaba hecho una mierda, y no deseaba sino fundirme en un abrazo con Elma y pasar así la noche, juntos y tranquilos, me llamara la susodicha Elma pasadas las once para decirme que estaba con sus compañeras de trabajo celebrando el cumpleaños de Spezia, que acababan de cenar en un argentino, y se iban a tomar unas copas al Born, y que si quería unirme a ellas.

 

Con sinceridad, tenía las mismas ganas de ir a tomar unas copas que de ducharme con ácido sulfúrico, pero las compañeras de Elma, desfasadas, son más peligrosas que una plaga bíblica de langostas, y tampoco me apetecía dejarla allí sola y pasar de todo, máxime cuando, mientras Elma hablaba conmigo, la peligrosísima India gritaba a pleno pulmón detrás de ella "¡¡Que se acueste tu churri, que ya le devolveremos lo que quede de ti por la mañana...!!" Así que, con la misma sensación que debía tener un gladiador yendo hacia la arena del Coliseo, me puse la chaqueta y los zapatos, bajé a la calle y paré el primer taxi libre que pasaba.

 

Exultante a sus recién estrenados cuarenta y cinco años, que en absoluto aparenta, Spezia ejerció de anfitriona y me recibió con dos cálidos besos, rodeada de su cohorte de damas de honor, entre las que se contaba Elma, con su inseparable gin tónic (Tanqueray, eh?, házmelo de Tanqueray, no me vayas a echar Larios...) en la mano. Habían bebido ya bastante, y estaban decididas a beber mucho más. En el local, atestado, hacía un calor asfixiante, y era imposible no ser empujado o golpeado por la marabunta que iba y venía haciendo pasillo a base de codazos y pisotones. Pedí el primer whisky de la noche y me situé delante de Elma, arrinconándola contra la pared, para llevarme yo los empujones de los que pasaban tras de mí. Ella, agradecida, se colgó de mi cuello, dejando el vaso sobre una repisa, y me besó. Nuestras lenguas se acariciaron en mi boca, y si no se hubieran puesto todas las demás a gritar a coro "Eh!! Dejad algo para luego!!" no sé yo lo que hubiera pasado allí mismo. Casi todas estaban ya bastante borrachas, y en particular Corina hablaba con el inconfundible acento pastoso que precede a la ebriedad absoluta. Pronto ví que India estaba jugando malintencionadamente con ella, cambiándole bien la pajita de vaso, bien el vaso entero, cuando la otra no miraba, para hacerle beber el doble de lo que ella creía estar bebiendo, pues su vaso siempre estaba más lleno de lo que debería. Aunque me dí cuenta de la jugada, no dije nada, que bastante tenía con cuidar de Elma para convertirme en el guardián de las demás. Me uní al coro vociferante que a duras penas se imponía a la música ambiental a todo volumen para explicar las consabidas anécdotas y chistes subidos de tono, y me despreocupé.

 

Cuando por fin, roncas y sudorosas, decidieron abandonar el local, salimos de manera menos glamourosa de lo que habíamos entrado. Corina, nada más franquearle yo la puerta, tropezó, trastabilló, perdió el equilibrio y se fue de cabeza contra una pirámide de bolsas de basura amontonadas en la calle. Presa de un incontrolable ataque de risa histérica, ya no fue capaz de ponerse en pie por sí misma. Entre todas, la ayudaron a levantarse, pero apenas se tenía en pie y no podía dar dos pasos seguidos sin que se le vencieran las rodillas y cayera de bruces al suelo.

 

-Mejor me la llevo a dormir a mi casa - dijo India con aparente naturalidad agarrando a Corina, como para hacerse cargo de ella.

 

Elma, que hasta entonces parecía no haberse enterado de le película, soltó su mano de la mía y apartó suave pero firmemente a Corina del abrazo de oso de India.

 

-Mejor me la llevo yo a la mía, que al fin y al cabo es donde tiene sus cosas... - dijo Elma con solo aparente indiferencia.

 

-Pero Elma, si no vas a tu casa, ¿No dormirás con él (por mí)?

 

-Da igual

 

Conociendo como conozco a Elma, ese "da igual" era una forma de cierre de la discusión terminante e incuestionable. Era un "Sé lo que deseas hacer, pero por mis narices que no lo vas a hacer, y jódete." India, por supuesto, también lo sabía. Hubo un momento de tensión. Yo me había apartado, pero estaba atento a intervenir si se liaba. Las demás miraban sin comprender. Spezia, finalmente, se acercó y tomó de la mano el brazo izquierdo de India, tirando suavemente de ella hacia sí, y alejándola por tanto de Elma y Corina.

 

-Vamos, vamos, no se peleen, muchachas - dijo con su dulce acento argentino. Y luego, mucho menos melosa, hablándole directamente a India - Corina vive en casa de Elma, es normal que se vaya con ella, ¿no crees?

 

India, derrotada y quizás algo avergonzada, bajó la cabeza.

 

-Sí, claro, sí...

 

Nos despedimos con aparente cordialidad, pero algo frío y oscuro se había adueñado del ambiente. Desaparecimos cada cual en su propia dirección con cierta prisa. Solo Spezia nos besó a Elma y a mí sin fingimientos ni falsedades. "Cuidad de ella, la pobre lo necesita" nos dijo señalando a una Corina apenas consciente, a la que yo mantenía artificialmente en pie, apoyada sobre mi hombro derecho.

 

Costó encontrar un taxi que quisiera llevarnos, dada la evidente embriaguez de Corina. Los taxistas barceloneses son muy celosos de la tapicería de sus automóviles, y lo comprendo, claro, que luego la tienen que limpiar ellos, pero fastidia un poco que haya media docena de taxis en la parada y tengas que esperar al cuarto porque los tres primeros prefieren cargar otro pasaje más digamos seguro...

 

Apenas habíamos entrado en el piso, las tripas de Corina iniciaron un recital de ruidos extraños y tuvimos el tiempo justo de llevarla al baño antes de que vomitara copiosamente. Aunque Elma le sostenía la cabeza mientras yo la agarraba por las axilas, no pudimos evitar que se manchara toda la ropa de la cabeza a los pies. Con cierta rabia, Elma casi le arrancó el suéter, y, tendiéndola en la bañera, tiró de sus vaqueros como si quisiera quitarle la piel junto con ellos. Yo, fregona en mano, me dedicaba a limpiar, procurando mirar para otro lado mientras Elma soltaba la ducha a todo trapo sobre su amiga, ya inconsciente.

 

-Ayúdame a llevarla a la cama.

 

Me quedé mirando a Elma con aire dubitativo.

 

-¿Qué pasa, no habías visto nunca a otra mujer desnuda? Yo sola no puedo con ella...

 

Encomendándome a San Judas Tadeo, abogado de los imposibles, tomé en brazos el cuerpo inerte y desnudo de Corina, rezando porque Elma no apreciara ni un solo indicio de que hacer tal cosa me producía cierto placer. Con toda la rapidez que me permitían mis pies, llegué al dormitorio y deposité sin miramientos a la beoda, a quien cubrí con presteza con las sábanas, que no soy de piedra...

 

Elma estaba borracha y cabreada, mala combinación. Yo, la verdad, también me estaba cabreando, pero no con ella, sino con este burlón destino mío, que me robaba una noche con Elma, ¡una noche! Como si me sobraran para regalarlas... Sentada al borde del lecho, Elma acariciaba el rostro de Corina, apartando el desordenado flequillo de su cara.

 

-Pobre... Lleva mucho sufrido...

 

Me importa una mierda, yo también he pasado mal día, y mira, van y me joden la noche con la que llevaba dos día soñando, estuve a punto de decirle. Pero solo me encogí de hombros sin contestar.

 

-Mejor que durmáis aquí vosotras a vuestro aire. Yo me voy al sofá.

 

Y efectivamente me fui al sofá, pero no pude dormir. Angustiado, necesitaba dormir, me sentía realmente exhausto, pero el sueño, esquivo, simplemente, no acudía a mí. Me puse nervioso, lo que aún lo hacía todo más complicado. Harto de dar vueltas como peonza en el incómodo sofá, me levanté y fui hasta la cocina. Bebí agua. El reloj del microondas marcaba las 06:45 y en el patio de luces ya empezaba a amanecer. Cuarenta y ocho horas sin apenas dormir y me sentía de nuevo despejado. Maldije mi destino y mi puta vida. Paseando sin rumbo por la casa como alma en pena, llegué hasta la puerta del dormitorio. Elma y Corina dormían a pierna suelta, algo destapadas. Me acerqué a la cama y les coloqué bien las sábanas. Elma abrió los ojos, esos ojazos negros y brillantes como la noche. Hice gesto de que siguiera durmiendo, pero negó con la cabeza, en silencio. Volviéndose hacia Corina, la empujó suavemente hacia el borde del lecho, colocándose ella pegada a su lado y dejándome sitio en el otro extremo de la cama. Sonriendo, asentí con la cabeza y me tendí junto a ellas, tapándome después. El aroma del cuerpo de Elma me envolvía mientras la acariciaba, mientras nos besábamos sin hacer ruido para no despertar a Corina (aunque creo que no se hubiera despertado ni a tiros). Después, abrazado finalmente a Elma cuando ya los primeros rayos solares de la mañana se colaban por entre las láminas de la persiana, pude al fin dormir.

 

La imagen es el cartel promocional de un conjunto musical llamado Bed Percussion.