A principios de Julio de 1.942, pocos hombres en Berlín eran más felices y pagados de sí mismos que Karl Heinz Kretschmer. Aunque no había podido evitar la movilización, a pesar de haberlo intentado, las grandes influencias de su familia, ricos industriales proveedores del ejército, lograron que, con rango de capitán de ingenieros, Karl fuera nombrado Jefe del Sector Ferroviario de Berlín. Un puesto que, además de librarle del frente, le permitía comer y dormir en la lujosa mansión paterna. Todo un ejemplo de sacrificio patriótico...
A primera hora de la mañana de uno cualquiera de aquellos cálidos días estivales, sin embargo, la suerte le dio la espalda con crudeza. Mientras el asistente del capitán le servía café recién hecho en una taza de fina porcelana ribeteada en oro, paso previo a la lectura de los diarios berlineses, actividad que le ocupaba casi toda la mañana, dos trenes arribaban a los andenes de la estación, trayendo de vuelta desde el frente ruso a los supervivientes de un Cuerpo de Ejército. Voluntarias de la Deutsches Frauenwerk, la asociación femenina vinculada al Partido, les daban la bienvenida, repartiendo entre los soldados, según costumbre, dulces y galletas. Por desgracia, aquel día los dulces no eran tan buenos como habitualmente solían ser. De hecho, estaban en muy mal estado. La hambrienta soldadesca, que no había comido nada en todo el viaje desde Rusia, los devoró, pero enseguida se vieron afectados por una repentina e imparable diarrea. Miles de soldados que se iban literalmente por la pata abajo y trataban de no hacérselo encima llenaron hasta rebosar los treinta y cinco retretes de la estación, y cuando ya éstos no pudieron absorber un gramo más de heces, se pusieron a defecar en las papeleras, los asientos, los andenes y las vías. La majestuosa estación central de trenes de Berlín, orgullo del Reich, quedó literalmente cubierta de excrementos.
Aunque el capitán Kretschmer poco o nada pudo hacer al respecto, y de hecho ni siquiera se enteró hasta que el tremendo hedor llegó a las mismas puertas de su despacho, suya era la responsabilidad de la estación, y suya la cabeza que se cortó. Ni todas las influencias de su familia pudieron librarle, la orden venía directamente de más alto de lo que ellos y sus amigos podían y se atrevían a llegar. El capitán Kretschmer se vio de este modo al mando de una compañía que a primeros de Agosto partió a primera línea del frente de Stalingrado. La guerra real supuso un durísimo golpe para el malcriado oficial, que en su absoluta ingenuidad se había hecho llevar hasta allí un baúl con, entre otras inutilidades, cuarenta camisas blancas.
Mediado Septiembre, durante una rutinaria visita de inspección, el Generalmajor Von Grabach, que mandaba su División, y que conocía remotamente a su familia, se sorprendió de encontrarle allí, destinado en un pozo inmundo del terrible infierno de Stalingrado. "¿Cómo demonios ha llegado Ud. aquí, Kretschmer?", le preguntó. "A causa de la mierda, mi general" respondió él sin dudarlo. Tal vez nada hubiera ocurrido si solo se hubieran hallado presentes oficiales de la Wehrmacht que difícilmente hubieran reportado el exabrupto. Pero entre los acompañantes del general había varios oficiales SS, y entre ellos el sanguinario Obergruppenführer Eicke, uno de cuyos objetivos era, según él mismo se jactaba, limpiar el ejército de burgueses. Lo que no era sino una respuesta airada se interpretó como una ofensa y una infamia.
Aquella simple frase de un pequeño hombre desesperado dio origen a un monumental sumario de más de mil folios que acabó en el escritorio del Generalfeldmarschall Von Paulus, comandante en jefe del VI Ejército alemán y del frente de Stalingrado. Von Paulus sabía que el capitán Kretschmer no había hecho nada digno de castigo. Sin embargo, las circunstancias, una vez más, jugaron en contra de él. La batalla contra los soviéticos se estaba perdiendo, Eicke, enloquecido, buscaba culpables del desastre, y Von Paulus decidió darle algo de carnaza para distraerle de buscar responsabilidades en las decisiones equivocadas del alto mando. Así, consciente de la injusticia, firmó la sentencia del último folio del famoso sumario, que finalizaba con la frase "Al capitán Kretschmer se le niegan los honores e incluso el derecho a la vida a causa de sus insultos contra el gobierno de la Gran Alemania".
Karl Heinz Kretschmer fue fusilado en un frío y lluvioso amanecer de principios de Noviembre de 1.942 Indudablemente, a causa de la mierda.
Había publicado este artículo en un blog anterior, hace ya bastante tiempo. Lo encontré revisando antiguos escritos, y he querido volver a publicarlo, porque la historia, tan surrealista como verídica, me sigue pareciendo un ejemplo perfecto de cómo la maquinaria burocrática y represora del estado puede cometer las mayores injusticias, aplastando inmisericorde a los individuos que tengan la desgracia de ponerse en medio o estorbar en su camino. En la foto, sacada de un álbum de la II Guerra Mundial, un capitán alemán de tropas Panzer, en el frente ruso.

fiebre
5 may 2009 | 12:33 AM
Lo flipo contigo Jantón. Ni idea tenía de esta historia.
Si no te importa ¿podías darme bibliografía?
Es que es lo más absurdo que he leido hace tiempo.
Y positivamente creo que las cosas más absurdas son las que a veces te condenan. Totalmente de acuerdo contigo.
Ofelia Balderas Gallegos.
5 may 2009 | 06:38 AM
me dio un poquito de cosa, es que leo y soy muy grafica en mi mente... :S
pero bueno, valla que forma de morir por algo que ni la culpa tuvo, ¿que podia hacer?, y que fuertes medidas las que se tomaron hacia el, las peores, en fin a muchos se les condena aun por lo mismo... a causa de la mier@.
saludos, buen inicio de semana.
:)
La Rizos
5 may 2009 | 08:49 AM
Podría hacer muchas bromas jocosas diciendo que la justicia a veces es una mierda y tal, pero el pobre hombre no se lo merece.
Qué cosas, Janton. Para que luego yo me queje por chorradas...
Nesta
5 may 2009 | 10:50 AM
Las cosas del ejército. Mi padre en la mili se llevó varios días vigilando un sola abandonado, porque el sargento de turno pensaba que había un hangar subterraneo. Pero no había nada, y nadie podía discutir la decisión de un superior.
Janton
5 may 2009 | 11:58 AM
Fiebre, me pones en un brete, más que nada porque el artículo tiene un par de años y reconstruir la bibliografía como que me va a costar. Claro que a partir de la semana que viene siempre puedo ponerme a ello. Recuerdo que leí la historia en primer lugar en uno de los libros algo fantasmagóricos de Sven Hassel, como siempre en él, toda deformada y adaptada a la acción novelesca. No le dí importancia, conociendo al autor bien podía ser inventada sin más, pero más tarde la encontré de nuevo, esta vez concisamente explicada con nombres, fechas y datos, en foros de debate de la segunda guerra mundial, y a partir de ahí escribí el artículo, mezclando lo uno con lo otro. La historia es cierta aunque no sé si la narro de modo 100 % histórico. En todo caso, "Si non é vero, é ben trovato..."
Sobre tu conclusión, totalmente de acuerdo. Mientras más absurda sea la causa y menos pudieras hacer por evitarla, más posibilidades tienes de que te castiguen por ello...
Janton
5 may 2009 | 12:00 PM
Ofelia, lamento haber excitado tu imaginación con algo tan desagradable.
A causa de la mierda, en todas sus acepciones, por desgracia ha muerto mucha gente, y sigue muriendo a diario...
Janton
5 may 2009 | 12:01 PM
Rizosa, no te prives de hacer bromas, que la vida y las crueldades del destino hay que tomárselas con humor, lo tengo muy claro, aunque a veces sobre todo en mis escritos sé que peco de serio.
La vida es la mayor broma de todas. Además, como dice el viejo adagio, no la podemos tomar en serio, no saldremos vivos de ella...
Janton
5 may 2009 | 12:09 PM
Nesta, no te engañes. No solo pasa en el ejército, aunque no puedan fusilarte, y por tanto no sea tan grave, créeme que las administraciones públicas actúan todas igual, como una apisonadora que pasa por encima de quien sea con tal de lograr sus no siempre claros ni honrados objetivos. Del mismo modo que el marco histórico de la Alemania nazi podría hacernos pensar que en un estado democrático esto no sería posible, cuando eso no es cierto y se conocen casos de similares injusticias entre los ingleses o norteamericanos.
Todos conocemos casos de gente injustamente sancionada por tonterías, a los que un ayuntamiento les ha demolido la casa por infracciones que sólo los técnicos municipales saben ver, o a quienes les han embargado todas las cuentas por un impago de impuestos que luego se demostró falso. La historia del desgraciado capitán me hace reflexionar no tanto contra el ejército (aunque también) como contra la indefensión del ciudadano de a pie ante los poderes del Estado.
mis-esencias
5 may 2009 | 11:06 PM
Me encanta pasar por tu blog cuando tengo un poco de tiempo... Otro post super interesante... Besitos
mayye
6 may 2009 | 01:19 AM
Justo hoy "despotricaba" contra la burocracia en general y la argentina en particular... Ahora te leo y veo que hay cosas que no cambian más... Que la máquina trampa del Estado no estaba en la cabeza de Kafka solamente... Lo trágico son las "cabeza de turco" que caen para salvar a los ediles de turno...
Como siempre un gusto pasar por aquí!! Cariños!!
Janton
6 may 2009 | 09:35 PM
Mis esencias, me alegro que te haya parecido interesante
Janton
6 may 2009 | 09:37 PM
Maye, tienes toda la razón, Kafka solo hizo que contar de manera amena y original las incoherencias y surrealismos inherentes a prácticamente toda actuación administrativa. Y que han pasado una porción de años y toda clase de regímenes políticos desde entonces, y nadie parece haber sido capaz de arreglar esto...
argivo
9 may 2009 | 03:53 AM
ESta crónica está como para la literatura del mágico-realismo de >garcía Márquez. Ahí, si hay qye decir: UNa mierda de muerte. Salidos. Argivo.
Eva
24 may 2009 | 02:22 PM
Vaya artículo!!! increíble por cierto. Muy bueno y mucha mierda.
Un saludo.