Hoy como cada mañana en esta larga semana de falsas vacaciones, acompañé a Elma a su trabajo después de desayunar. El trayecto es corto, apenas cinco estaciones de la Línea 2 y un breve paseo por la Avda. Gaudí, pero lo disfrutamos, saboreándolo intensamente, como debe hacerse con todos los placeres efímeros. Gozamos de la compañía y de la conversación, más vivaz que la de la noche. Por la noche se nota el cansancio acumulado a lo largo del día, y además hay que preparar la cena, cenar y dejar dispuesto lo que necesitemos al día siguiente. Apenas hay tiempo para nosotros.

 

Se subieron en Passeig de Gràcia, y desde el principio captaron la atención de todos los pasajeros. Se me hace difícil calcular su edad, pero debían tener unos dieciséis años. La menuda parecía un adorno funerario que hubiera cobrado vida. Su lacia melena azabache caía hasta la cintura sobre un gastado abrigo de cuero negro que llevaba desabrochado, dejando ver bajo él una camiseta de tirantes negra y una falda de amplio vuelo, en una especie de raso negro brillante, larga hasta los pies, que arrastraba descuidadamente por el suelo. La otra era, realmente, muy alta. Mido yo según los archivos militares 1,77, y me sacaba más de una cabeza, así que debía andar cerca del 1,90. Llevaba el pelo teñido de un rojo fuego casi hiriente, y vestía aún más radicalmente que su amiga una mínima torera de cuero negro sobre el corsé también de cuero negro, ceñido por una cuerda roja anudada a lo largo del frontal de la prenda en dos filas de ojales de acero reluciente, una corta falda de chillones cuadros escoceses, negros y amarillos sobre fondo rojo, negros leggins agujereados y gastadísimas botas militares. Pero, más que su llamativo aspecto, me impactó la mirada cruel de la chica alta, la inquietante fijeza de sus pupilas oscuras, en las que se reflejaba un terrible desdén. Hablaban en voz alta, sin cortarse un pelo, la grandullona con un vozarrón que ya quisiera algún tenor para sí.

 

Alta - Esperaba más de ti, joder

Baja - Que no pude hacer otra cosa, hostia, que eran tres...

Alta (En tono burlesco) - Eran tres, eran tres... ¡Tres mierdas pa un cagarro! Se hubieran ido por la pata abajo si hubieras querido...

Baja - ¡Sí, los cojones! ¡Tú no estabas allí, coño! Si no llego a salir por patas me meten una manta de hostias que pa qué... Mira cómo dejaron a la Nuska de baldada, con nosecuantas costillas rotas...

Alta (Visiblemente irritada, elevando la voz) - ¡¡No me hables de esa jodida imbécil, que por su culpa se ha ido todo a la mierda!! Te juro que cuando la muy puta salga del hospital le arrancaré el corazón con las uñas...

Baja (Tímidamente) - Bueno, la culpa no se si la tiene...

Alta (Ya a voz en grito, fuera de sí) - ¡¡¡La culpa es suya y punto!!! Y a callar que callada estás más guapa, cagonlaputa, que eres una inútil de mierda que no me sirves ni pa carne picada, joder, mira que rilarte encima y salir por pies... Y yo que te regalé las botas de punta metálica de pisar cabezas... ¡Ya ves tú pa qué, pa que te mees en las bragas y corras con ellas la maratón, cagonlavirgen!

 

Nadie perdía detalle, aunque fingieran leer el periódico o mirar para otro lado. Pero curiosamente nadie más hablaba, el vagón de níveas paredes blancas, repleto de viajeros, vivía un extraño y antinatural silencio solo roto por las voces exaltadas de las dos chicas. Todos, eso sí, trataban de disimular el malsano interés que la extraña pareja y su aún más extraña conversación despertaba. Todos, menos Elma.

 

No sé qué idea os habréis ido formando de Elma a lo largo de los ya muchos artículos que se refieren a ella de una u otra manera. Os diré que no es mujer impresionable ni que se deje dominar por el miedo con facilidad. En situaciones difíciles que nos ha tocado superar la he visto sucumbir a las emociones pero nunca perder el control de sí misma y menos aún recular. Antes al contrario, si de algo peca es de muy lanzada, su valentía roza la inconsciencia, y ya la he advertido alguna vez que si no se modera tarde o temprano saldrá malparada. Pero ella es así, muy segura de sí misma. Lleva viviendo fuera de casa de sus padres desde los doce años, ha pasado por duras pruebas y está convencida de poder afrontar cualquier situación, todo lo cual hace que sea un tanto despreocupada frente a posibles peligros. Por eso, mientras las jóvenes parloteaban, lejos de fingir desinterés como el resto, las miraba sin disimulo, con una sonrisa cínica en los labios.

 

En un momento de silencio en la conversación, la más alta miró en derredor, y pronto reparó en Elma y en su mirada algo descarada. Estaban muy cerca nuestro y apenas se movió para encararse con Elma, para clavar en ella sus pupilas cargadas de odio.

 

-¿Y a ti qué coño te pasa, te hace gracia?

 

Elma tampoco creáis que se corta un pelo. Lejos de amedrentarse, se retrepó sobre la puerta del metro sobre la que estaba apoyada con descuido, para parecer algo más alta frente a la otra, y curvó aún más su sonrisa. Igual que los bereberes ofrecen el té más dulce a su peor enemigo, que Elma sonría así... Solté la barra en la que me apoyaba, para tener ambas manos libres, porque tuve la certeza que habría más que palabras.

 

-No, más bien me da pena.

 

La bajita, alucinada, parecía haber oído la mayor blasfemia posible. Su amiga grandullona nos dedicó una mirada ciertamente admirada, que a buen seguro no solían replicarle así, pero pronto cambió la expresión, y también sonrió, complacida. A esta le gusta la bronca como a un tonto una tiza, pensé.

 

-¿Tú quieres tener problemas, tiamierda? - preguntó la voz amarga como si estuviera tragando hiel.

 

-Ya tengo unos cuantos, ¿Quieres que te pase alguno?

 

La tipa se volvió completamente hacia nosotros. Elma ni se inmutó. Yo sí, porque le miré a los ojos, y eran ojos de matar, ojos de me importas una mierda y vas a pagar por todos los que me han jodido antes que tú. He visto esos ojos antes, no me preguntéis cuando, quizás algún día le dedique unas desmemorias, pero los he visto y sé cómo son, y desde luego eran ojos de matar. Así que me dispuse a pararla como fuera, adelantando mi pie derecho para trabarle con él las piernas y tratar de derribarla. Ya parecía inevitable por su gesto que fuera a lanzarse sobre Elma, cuando su amiga la agarró del brazo con brusquedad y le señaló significativamente con la cabeza.

 

Un vigilante de seguridad recorría lentamente el pasillo central que comunica los vagones del convoy, acabando de entrar en el nuestro, bien visible con su peto naranja fosforescente sobre el uniforme. Quizás si hubiera sido uno de esos vigilantes bajitos y esmirriados que a veces veo trabajando en el metro y que me pasma que hayan podido superar el curso de 180 horas que les hacen, quizás entonces sí hubiera seguido la pelea su curso natural, pues dudo que alguien así hubiera infundido respeto alguno a la energúmena. Pero tuvimos suerte. El vigilante en cuestión era de los de tipo armario ropero, alto como ella, con una espalda más ancha que las cómodas de Ikea y la cabeza totalmente afeitada, lo que le confería un aspecto feroz.

 

Justo en ese momento entrábamos en la estación de Monumental. Sin perder de vista por el rabillo del ojo al vigilante, la mujerona dedicó una última mirada amenazadora a Elma.

 

-Pedazo de cabrona, ahora hay mucha ropa tendida, ya nos encontraremos...

 

Dicho lo cual se giró y salió apresuradamente por la puerta más próxima, tirando prácticamente de su amiga para que la siguiera. Solo cuando las puertas se cerraron tras los reglamentarios pitidos y el metro prosiguió la marcha pude respirar aliviado. Ahora fui yo mismo quien se encaró con Elma, y no disimulé mi cabreo.

 

-No vuelvas a hacer esto, por favor. Hemos tenido mucha suerte...

 

Elma pareció divertida con mi preocupación.

 

-Vamos, hombre ¿No creerás que esa chula matona barriobajera hubiera podido conmigo, verdad?

 

-Lo que creo es que, si se puede evitar, es demasiado arriesgado comprobarlo.

 

Elma se me abrazó fingiendo temblar de miedo

 

-Ay, cariño, cómo me gusta que me protejas y cuides de mí...

 

Caso perdido. Elma es un caso perdido. Si hay una próxima vez en que se halle en una situación parecida, hará exactamente lo mismo. Aunque no esté yo para ayudarla, ni mucho menos el vigilante que al final evitó la pelea sin él saberlo con su sola presencia. Tal vez debiera hablar con él y contratarle para que siguiera a Elma a todas partes. Me iba a salir más barato que los ansiolíticos...

 

A lo largo del día he ido bajando tensión, que recién sucedidos estos hechos llegué a tener hasta los músculos agarrotados. El domingo tengo por fin el dichoso primer examen de oposiciones, para el que, como no podía ser de otro modo, siento que no he estudiado en absoluto lo suficiente. En todo caso, la suerte está echada y solo queda tiempo para un último y desesperado repaso final. Dudo que pueda leer ni comentar, y menos aún escribir nada, hasta la semana que viene. Pasadlo bien y no hagáis nada que yo no hiciera este fin de semana...

 

La ilustración del artículo es obra de la artista neogótica Anne Stokes, y se titula  "2 Angels Of Death"