NOTA PREVIA: Para quien no lo hiciera en su día, mejor que lea antes el artículo titulado "Agua que no has de beber, déjala correr".

 

En cuanto el Director Asistencial interrumpe el atascado debate, por demás totalmente estéril, indicando que es momento de hacer un "Coffee Break", todos salen corriendo de la sala como si una horda de vikingos hubiera entrado en ella dispuestos a asesinarnos a todos. La cafetera servida por una camarera ataviada con el uniforme del hotel - Blusa gris, falda y chaleco negro con finas rayas diplomáticas - parece ser el objetivo principal de quienes guardan turno frente a la mesa repleta de bandejas de pastas dulces y saladas. Yo, hastiado ya solo dos horas después de empezar una jornada que preveo interminable, me sirvo por mi cuenta un vaso de zumo de naranja natural de una jarra que reposa en un extremo de la mesa, y salgo del recinto del bar, repleto de gente, para pasear vaso en mano por los solitarios jardines. No entiendo la necesidad de traernos a este hotel para una reunión de trabajo de mandos intermedios con el G-7 directivo de la empresa, más allá de la idea idiota de que en este "marco incomparable" de la costa brava trabajaríamos más a gusto. Por bonito que sea el paisaje, los problemas y malentendidos, las envidias y enemistades, son las mismas que en nuestras oficinas, como también es igual el marasmo de la cadena de mando. Lo único que cambia es que aquí podemos odiamos, apuñalarnos, entorpecemos y malinterpretamos entre praderas, oliendo a mar.

 

Reparo en ella de pronto, sentada sola en un banco de madera al final del jardín, muy cerca de la espectacular piscina olímpica en la que no hay nadie nadando a estas horas de la mañana. Lleva un vestido veraniego color crema que resalta su figura juncal, esbelta incluso así, en posición sedente. La falda, que la brisa marina vuela algo más arriba de lo aconsejable para la femenina modestia, descubre dos sensuales muslos prodigiosamente bien torneados cruzados con aparente descuido, dejando al aire las gráciles rodillas y esas larguísimas pantorrillas sobre las que se abrocha la tobillera de los zapatos marrón claro de vertiginoso tacón. El cuerpo sin mangas del vestido deja ver sus bien formados brazos de piel nívea, así como un juguetón tirante rosa pálido del sujetador que se asoma por el hombro derecho. Como siempre que la veo, inevitablemente, se agitan zonas de mi anatomía que me gustaría controlar con mayor eficacia. Solo así, sentada sin hacer nada especial, es para mí la viva imagen de la tentación y el deseo. Me gusta, me atrae de una manera física, animal, incontrolable. La miro con detenimiento, recreándome, y me sorprendo deseando sin poder evitarlo arrancarle el vestido y hacerla mía allí mismo, probar el sabor de su intimidad y sentir el calor de sus entrañas. Y mientras voy pensando en todo esto me voy acercando sin plena conciencia de lo que hago. De pronto, resulta que estoy en plantado en pie justo a su lado. No me voy a echar atrás ahora. Aunque sepa que esta clase de aventura es lo que me menos me conviene en el mundo, el deseo es siempre mucho más fuerte que la razón.

 

-¿Quieres estar sola, o puedo sentarme?

 

Se gira algo sorprendida, pues estaba sumida en sus propias cavilaciones, y me mira con fijeza desde detrás de las gafas de sol de Chanel. Parece que se lo piensa, pero al final me dirige un gesto amable, señalando un espacio a su lado en el banco.

 

-Siéntate...

 

Me siento y ella aparentemente se sume de nuevo en sus reflexiones mientras yo me deleito en la hermosa vista de su persona y del paisaje que la rodea, incapaz de encontrar el modo adecuado de empezar una conversación que no podrá ser trivial.

 

-Pensé que no querías saber nada de mí. No creas que no he notado que me evitas... - Dice ella de pronto, sin ni siquiera mirarme, como si hablara al mar que va y viene sobre la ardiente arena de la cercana playa.

 

-Quien evita la ocasión evita el peligro...

 

Dejas transcurrir una eternidad, como si reflexionaras sobre la frase hecha, y luego, despacio, sensualmente, como lo son todos tus movimientos, porque la sensualidad está en ti más que en tu forma de moverte, con la mano izquierda subes las gafas oscuras por tu frente, hasta colocarlas de diadema sobre el negrísimo cabello lacio, y clavas en mí tus ojos también negros.

 

-¿Soy un peligro para ti?

 

Suspiro. No debería. Y luego, apenas un segundo después, pienso qué narices, adelante, esta es tan buena ocasión como cualquier otra.

 

-Claro que lo eres. Y lo sabes. Y lo buscas. Y te encanta serlo - digo, aguantándote la mirada

 

Tus labios Rouge Pur Shine de Yves Saint Laurent se curvan en una sonrisa franca y triste, la primera realmente sincera que te veo.

 

-Si mis amigas de hace algunos años te oyeran alucinarían contigo. No sabes lo tontita y mojigata que fui yo siempre, hasta mi boda... - Y luego, reflexionando para ti misma - Debería haber sido más putón...

 

-¿Para qué?

 

-Hombre, no sé, para haber vivido más, para haber disfrutado más la juventud, que me la pasé estudiando como una idiota niña buena...

 

-Aún eres una mujer joven, y nunca es tarde para aprender a gozar. Por lo demás, todos somos como somos, y raro es que cambiemos sin más, sin una razón para ello. En todo caso, dices que fuiste así hasta tu boda, y ya llevas unos cuanticos años casada, algo habrás evolucionado desde entonces...

 

-¿Me estás preguntando si sigo siendo tontita y mojigata? Eso es prácticamente como preguntarme si soy una esposa fiel... Y esa es una pregunta muy comprometida...

 

-Solo si la respuesta es "no"

 

Respiras hondo. Tal vez suspiras. No podría apreciar la diferencia. Y me vuelves a mirar, y todo es diferente en tu mirada, esta vez.

 

-¿Y para qué coño haces la pregunta si ya sabes la respuesta?

 

Esta vez soy yo el que me sonrío.

 

-No me respondas a la gallega, que ese juego se me da mejor a mí. Tal vez sea un engreído al que le guste oír que tiene razón. Tal vez solo quiera jugar limpio y saber con seguridad el terreno que piso. Tal vez no sea ninguna de esas dos cosas, sino otra paranoia distinta que solo yo conozco y comprendo. Tendrás que decidirte.

 

Acercas tu boca a mi oído hasta casi rozarme y el envolvente perfume floral acaricia mi pituitaria. J'Adore, de Dior, lo reconozco. Ventajas de tener una ex cuñada perfumista. Realmente la fragancia te va como anillo al dedo. Orquídea, violeta y rosa combinadas con ciruela de Damasco y madera de Amaranto. La feminidad absoluta.

 

-Sabes que no soy una buena esposa, tampoco mi marido lo merece. También sabes que estoy disponible para ti, si es lo que quieres oír. No me importa regalarte el oído, solo espero que me correspondas. Es lo justo, creo...

 

-Perdón...

 

Completamente sorprendidos, ambos nos quedamos mirando con ojos como platos la elegante figura masculina enfundada en un fino y veraniego traje gris perla que se ha plantado frente a nosotros. Nuestro jefe común, el viejo zorro del Director Asistencial. ¿Habrá visto y oído más de la cuenta? Seguramente sí, pero lo hecho, hecho está.

 

-Se ha acabado la pausa - dice secamente - Proseguiremos la sesión en la sala si no tenéis inconveniente.

 

Hay retintín en esa coletilla final, pero igual le aguanto la mirada. Que se joda con su puta envidia, que ya sé que justo de eso se trata. Ella en cambio se levanta casi de un salto como si tuviera un resorte bajo las posaderas, y marcha deprisa sin mirar a ninguno de los dos.

 

No volví a estar a su lado en todo el resto de día, ella tuvo buen cuidado de que tal cosa no pasara. En la sala y en el comedor se sentó estratégicamente alejada de mí, rodeada de altos directivos para que no se me ocurriera acercarme de nuevo. No lo intenté. Para qué. Ya estaba todo dicho. O eso creía yo.

 

Fue a última hora, acabado ya el absurdo "stage" improductivo que nos tuvo liados un día entero para no sacar conclusión alguna más allá de plantear de nuevo problemas ya conocidos sin solución clara y hablar mucho para no arreglar nada de lo hablado. Caminaba yo a buen paso hacia la parada del autobús, cuando ella, al volante de su Lancia Ypsilon Armand Basi Limited Edition, se detuvo a mi lado.

 

-¿Quieres que te lleve?

 

Miré en todas direcciones tratando de localizar alguna posible mirada indiscreta, pero ella me tranquilizó.

 

-No te preocupes, los que han venido en coche se han ido hace rato, yo he esperado haciendo tiempo en el baño, sabía que ibas a pie y te pillaría de camino. Sube.

 

Rodeé el coche, de luminoso color Blanco Raffaello, hasta situarme al otro lado, y me senté a su lado en el cómodo asiento envolvente Alcantara, negro con brillantes costuras gris plateado. Condujo en completo silencio, hasta alcanzar, ya en la ciudad, el transitado Paseo de la Bonanova.

 

-Jugamos con fuego, ¿verdad? - Dices, rompiendo el algo tenso silencio que nos venía envolviendo hasta ahora.

 

-Hay dos clases de personas que juegan con fuego, los que creen que nunca se quemarán y los que no les importa quemarse. Yo soy de los segundos, todo depende de cuáles seas tú.

 

-A mí no me gustaría quemarme - Alguna imagen que visualizas en tu imaginación debe aterrorizarte porque contraes involuntariamente el óvalo perfecto de tu rostro en una mueca de espanto - No, no me gustaría...

 

Me permito una risa sincera. Tanto ruido para tan pocas nueces.

 

-No hay más que hablar, entonces. No te forzaré a hacer algo que en realidad no quieres hacer. Déjame aquí mismo, cogeré el autobús.

 

Hago gesto de soltarme el cinturón de seguridad aprovechando la fase roja del semáforo, pero tu mano derecha me retiene con solo un suave roce sobre mi muñeca izquierda.

 

-No, por favor, no te vayas, no así. Quiero hacerlo, lo sabes, pero...

 

-Pero nada, sé sincera contigo misma. Quieres hacer ver que lo quieres, que es algo distinto. Quieres jugártela sin arriesgar, ganar sin apostar, lanzarte al agua donde la piscina no cubra, por si acaso. Otros te seguirán el juego y revolotearán a tu alrededor como zánganos satisfechos, ya sé que bordas el papel de abeja reina. Yo es que soy más bien un irritante y solitario saltamontes.

 

Casi salto fuera del vehículo, dejándote con la palabra en la boca. La fase semafórica cambia a verde, y aunque intentas decirme algo, un intenso coro de voces y pitidos te hacen pisar el acelerador apretando los dientes con rabia. ¡Que poquísimo te ha gustado no poder replicarme! Pero tranquila, no te preocupes, sé que la última palabra entre nosotros no está dicha aún. Veo alejarse la trasera de tu coche hasta desaparecer entre el tráfico, y me siento aliviado. Hubiéramos ardido juntos en una hoguera salvaje, no me cabe duda, como tampoco me cabe duda que esa misma hoguera nos hubiera consumido al final. Seguramente, sea mucho mejor así.

 

El cuadro es "Garden", obra de Walter Sadler.