Hete aquí que el Presidente de cierta Caja de Ahorros se hallaba cenando con el Consejero Delegado de la filial española de un gran grupo asegurador europeo, para cuya rama de Salud presta servicios mi empresa, acompañados de sus respectivos y numerosos séquitos en un Parador de Gran Lujo perdido entre verdes valles montañeses. Uno de esos "marcos incomparables" en los que cualquier canal de televisión acaba haciendo galas veraniegas. Y ahí estaban ellos, hablando de negocios, supongo, o de lo que sea que se hable en tales encuentros, mientras daban buena cuenta de una suculenta caldereta de pescado con mariscos. Repentinamente, el Presidente de la Caja se indispuso.

 

No marcaron el número de urgencias como cualquier otro mortal. Dice un viejo aforismo que mejor que saber es tener el teléfono del que sabe, y eso es muy cierto en el caso de los ricos y poderosos. Repentinamente, en medio de una noche que hasta entonces estaba tranquila, nos sobresaltó el timbre estridente del que llamamos "teléfono azul", situado en la mesa del Jefe de Guardia. Aparte del evidente color del aparato, lo que distingue ese terminal de todos los demás es que se trata de una línea directa que solo conoce y utiliza el autodenominado G-7, los más altos directivos de mi empresa. Es solo para situaciones especiales que requieren actuaciones también especiales, lo que suele traducirse por un tremendo marronazo. Aquella noche contesté yo mismo al teléfono, y reconozco que me escalofrié al oír al otro lado la envarada voz de barítono del mismo Director General, el Amo y Señor, el Número Uno absoluto, el que ordena salir el sol cada mañana y permite en su infinita misericordia que el mundo siga girando sobre su eje inclinado. Las instrucciones fueron claras, cortas, sencillas y terminantes. Aunque el enfermo Presidente de la Caja de Ahorros no era asegurado de la compañía, quedaba cubierta su asistencia por autorización especial y expresa del Consejero Delegado de la misma. A partir de ahí, era cosa mía buscarme la vida para que se le asistiera de manera INMEDIATA. No en el plazo que se consideraría prudente para los demás asegurados, ni lo antes que se pueda, ni en el plazo más breve posible, no. Inmediatamente.

 

La doctora que aquella noche hacia de Jefa de Guardia llamó al teléfono que el Director General nos había facilitado para valorar la situación del paciente y averiguar dónde se hallaba, porque ni eso sabíamos. El Presidente estaba relativamente bien y tranquilo, convencido que en cinco minutos le atenderían. Santa ignorancia, bendita prepotencia. Que esa gente vive en otro mundo se hizo evidente cuando la doctora le preguntó por la dirección del local. "Mire, para esto, le paso con mi Jefe de Protocolo", le respondió. Y se quedó tan ancho, para él era normal no saber dónde estaba. ¿Para qué iba a saberlo si otro le hacía la reserva y un chófer le llevaba?

 

Como casi todos los paraísos artificiales exclusivos para ricos, estaba alejado de cualquier población grande, de modo que se hacía difícil enviar un recurso asistencial que llegara en tiempo razonable. De hecho, aquellos "capitanes de empresa" se hallaban sin saberlo en una de las zonas más descubiertas y problemáticas de nuestra geografía patria, un lugar donde no hay servicio que no se demore. Sin embargo, por motivos evidentes, antes me hubiera cortado la lengua que llamar al Jefe de Protocolo de las narices para decirle que la ambulancia tendría hora y media de demora, como habría hecho sin dudar un segundo si se tratara de otro paciente cualquiera.

 

Tenía la certeza que el Consejero Delegado querría quedar bien con su compañero de mesa, mostrando la empresa bajo su mando como una máquina engrasada y eficaz, de modo que no discutiría gastos. Así pues, jugué mi última carta. Hay por aquellos lugares una empresa de transporte sanitario a la que tenemos expresamente prohibido utilizar por sus elevados (abusivos, más bien) precios. Les llamé y les pedí que realizaran el servicio. Dudaron. Temían que hubiera luego problemas de facturación. Me cabreé. Respiré hondo. Después, lo solté a bocajarro "Mira, el enfermo es el Presidente de la Caja de Ahorros de... Si quieres le llamo y le digo que te niegas a llevarle al hospital porque no sabes si te abonará la factura..."  Al otro lado del teléfono sonaron trompetas y los cielos se abrieron. Ya no hubo pegas, problemas ni cuestiones. ¿Hablaba yo en nombre del Presidente de... ¡Por Dios, haberlo dicho antes! Raudos y veloces, partieron al rescate del maltrecho ejecutivo. En menos de un cuarto de hora lo recogían en el Parador rumbo al centro sanitario privado más próximo. Récord absoluto de rapidez asistencial en la comarca.

 

No habían pasado ni cinco minutos cuando nuestro Director General volvió a llamar por el teléfono azul interesándose por la evolución del caso. Por otros números no preferentes y mientras yo hablaba con la empresa de ambulancias, habían llamado también el Director Asistencial y la Supervisora instándonos a dar preferencia absoluta a este tema sobre cualquier otro que estuviera pendiente en aquel momento, fuera de la gravedad que fuera. Poderoso caballero es Don Dinero, que tenía en pie de madrugada a todos los directivos de mi empresa... "Ya han recogido al paciente, en menos de un cuarto de hora" Respondí al Director General "¡Excelente!" oí al otro lado del hilo telefónico, tras un suspiro de alivio. Iba a morderme la lengua, pero finalmente no pude aguantarme. "He activado una empresa no concertada, tal vez haya problemas de facturación..." Veinte segundos de silencio me hicieron temer que un rayo fuera a fulminarme en aquel preciso instante. Temerario de mí, jugar así con un dios viviente... "No se preocupe Ud. por eso - me contestó secamente - En este caso y estas circunstancias, cualquier gasto extraordinario queda justificado".

 

¿Por qué? No por la gravedad de los síntomas ni la urgencia de la patología que bajo el paraguas del criterio médico sirven de excusa para denegar a los demás lo que en este caso hicimos sin dudarlo. No hay más motivo para priorizar absolutamente el caso que la calidad VIP del paciente, o sea, por un puro interés económico.

 

No he nacido ayer, ya sé que la hipocresía reina y el dinero es Dios. Pero ciertas situaciones me siguen sublevando. Todos somos iguales, diría mi abuelo si viviera, pero unos mucho más que otros...

 

Ilustrando el artículo, la visión del genial Forges sobre los empresarios, que comparto plenamente.