Me parece increíble. Increíble e inaceptable. E incomprensible, también. No sé si será por mi condición masculina, a la que ya de entrada se presupone mayor simplicidad de pensamiento que a las féminas, o por una particular cortedad mental mía, pero no, no lo comprendo ni lo entiendo ni lo acepto.

 

Eres una mujer fuerte, inteligente, independiente y valiente, una mujer que antes de conocerme llevaba años sola, buscándote sola la vida, sacando sola un hijo adelante, aprendiendo sola a desenvolverte en un mundo insensible y hostil, sin miedo ni reparo, haciendo de tripas corazón y plantando cara a una vida que nunca te fue fácil.

 

¿Cómo entonces siendo así como eres caes en estos bajones, te conviertes de pronto en un tembloroso pajarillo herido que necesita de todo mimo y cuidado para sobrevivir?

 

Y no es que me importe cuidarte ni mimarte, protegerte ni confortarte, pero por gusto, no porque lo necesites...

 

Después de pasarme un buen rato forrándote "artesanalmente" de neopreno las muletas, tanto los mangos como las abrazaderas, mientras tú contemplabas callada la escena, lánguidamente estirada en el sofá, con la pierna apoyada en esa horrible mesita que te debió regalar tu peor enemigo, justo al acabar, justo cuando me disponía a mostrarte mi "obra", que espero acabe con los callos de tus manos y las heridas de tus antebrazos, vas tú y me miras con la tristeza insondable con que solo es capaz de mirar una gallega afectada de la más mortífera "saudade". Y no solo me miras, sino que además me dices:

 

-Harías bien en engañarme.

 

Y yo me quedo allí con las muletas recién tuneadas en las manos y la mandíbula inferior rozando el suelo de tanto que abro la boca, y apenas puedo poner en marcha el cerebro lo justo para poder contestarte un balbuceante

 

-Pero... pero... ¿Qué dices?

 

Y tú parece que vas a llorar, y a mí se me parte el corazón y a la vez casi me parto de risa de ver a una mujer hecha y derecha y con todo lo que hay que tener, como de sobra sé que tú eres, haciendo pucheritos como si se te hubiera caído al suelo el helado de fresa que te acaba de comprar tu abuelita.

 

-Que mira como estoy, que no puedo hacer nada por ti, ni satisfacerte, que tú necesitas una mujer de verdad, no una coja de mierda que no pueda ni...

 

-¡Calla! - ordeno, y te callas de golpe, quizás por lo poco acostumbrada que estás a que te mande callar.

 

Dejo las muletas en el suelo, y respiro hondo, y me siento a tu lado, apartándote las piernas con toda la delicadeza que puedo. Y te miro fijamente a los ojos, y paso mi mano izquierda por el pelo que te cae desordenadamente sobre la frente, haciéndolo a un lado. Llevas el camisón color cava de tu prima Gela, pero a ti te queda mucho mejor que a ella. Las turgencias de tu pecho se marcan contra la finísima tela dorada, que deja al descubierto muchos muchísimos centímetros cuadrados de tu divina piel pecosa... Me inclino aún más sobre ti, como si quisiera lamerte hasta absorber tu esencia.

 

-Elma, coja o no coja, te quiero a ti, eres tú quien me hace sentir bien, no necesito nadie más, y desde luego no necesito engañarte.

 

Alzas los brazos y te me agarras del cuello, atrayéndome hacia ti, y quedamos abrazados en el sofá. Tu boca al lado de mi oído izquierdo me susurra con melosa, dulcísima, casi empalagosa triste voz

 

-¿De verdad no necesitas nada más ni nadie más? ¿De verdad tienes bastante conmigo? ¿De verdad estás bien así?

 

Me libero con cierta brusquedad de tu abrazo, me medio incorporo y te miro con dureza.

 

-¿De verdad eres taaaaan tonta?

 

Y esbozo un gesto adusto propio de John Wayne.

 

Pero solo lo puedo mantener unos segundos.

 

Luego, tus lágrimas me lo descomponen. Esas lágrimas frías y saladas inundando tus adorables mejillas.

 

Y me parece increíble, e inaceptable, e incomprensible. Pero así es.

 

La imagen que ilustra el artículo es el cuadro "Crying Girl" de Michele Jones.