Sangre, fuego, lodo. El mundo, inesperadamente, se anegó en ellos. Desde sesudos científicos en sus laboratorios ultra secretos a falsos profetas apocalípticos en sus canales televisivos lo habían predicho, pero cuando por fin ocurrió nadie supo cómo evitarlo, y ni un  solo líder mundial estuvo a la altura de las excepcionales circunstancias. La civilización que dominó el planeta más de dos mil años cayó herida de muerte en un solo y violento estertor agónico, y con ella fueron decenas de millones las vidas segadas de improviso por el agudo filo de la misma guadaña. La tecnología no bastó para evitarlo, para salvar al ser humano de la venganza de la naturaleza. Nunca nadie supo qué había pasado exactamente, nadie quedó capaz de investigar y averiguar las causas y motivos del desastre. Los que vivieron para contarlo se referían a aquellos días como La Caída, y a nadie le importaba por qué había ocurrido, estaban demasiado ocupados tratando de sobrevivir.

 

Y los pocos supervivientes volvieron a sumirse en oscuras tinieblas, en la misma ciega barbarie que tantos siglos había costado superar. Y regresaron las antiguas costumbres solo en apariencia olvidadas. Cultos prohibidos, credos desterrados y creencias abandonadas se enseñorearon de las comunidades supervivientes, sumiéndolas en una nueva y terrible Edad Oscura. Huesudos dedos de nigromante trazaron en el aire cabalísticos signos de arcanos conjuros mientras airadas voces de predicadores proféticos fulminaban anatemas. Sacerdotisas vírgenes bailaron desnudas sobre altares tapizados de vísceras y barnizados con sangre humana. Tiranos ebrios de poder prostituyeron a sus hijas aún impúberes con los bárbaros generales de sus tropas mercenarias. Víctimas inocentes fueron descuartizadas en público para solaz de una enfervorizada plebe que aplaudía y pedía más y más, mientras niños de pecho eran entregados vivos al fuego en sangrientos rituales de invocación demoníaca. Todo lo inhumano en nombre y naturaleza campaba a sus anchas en el poco mundo que restaba habitado.

 

Las grandes metrópolis industriales que el mundo había conocido, sus populosos barrios populares, sus exclusivas zonas residenciales, aparentaron desaparecer, pero fue solo un espejismo. Los hombres arrancaron con sus manos desnudas el fango y la lava que el cielo había vomitado sobre ellas, y las desenterraron, refundándolas, reconstruyéndolas desde las ruinas, más cínicamente depravadas, más burdamente crueles de lo que habían sido nunca antes. Una pléyade de pequeñas ciudades-estado enzarzadas en perpetua guerra unas contra otras, tratando de hacerse con el control de los escasos recursos que aún atesoraba el planeta.

 

Pocos oasis de civilización lograron sobrevivir en las áridas llanuras del caos y la barbarie. Barcinova era uno de ellos. La gran ciudad levantada sobre los escombros de lo que tiempo atrás se había llamado Barcelona constituía una de las escasas reservas de memoria de cómo había sido el mundo antes de La Caída. En sus niveles superiores, una cúpula de material plástico la aislaba del casi irrespirable aire exterior, creando un microclima artificial de perpetua primavera. Muy pocos sin embargo disfrutaban del paraíso privado bajo la Cúpula. Para llegar allí había que ser Ciudadano de Primera Categoría y para serlo había que servir a la ciudad durante veinticinco años. Por muy civilizada que dijera y aparentara ser, Barcinova, regida con mano de hierro por el Consejo de los Cien, era un régimen político semejante al aire purificado de la Cúpula, agradablemente irreal: Democrático en la forma, totalitario en el método. No se permitían críticas ni disidencias. Los ciudadanos no tenían más aspiración que ir escalando puestos en la rígida escala social establecida, desde las categorías inferiores que habitaban los podridos barrios de los primeros niveles hasta los cada vez más limpios y cómodos barrios de los niveles superiores, las categorías sociales más altas, los más cercanos a la Cúpula. Una infranqueable muralla electrónica aislaba la ciudad de la salvaje rapacidad de las tribus que vivían a su alrededor en descampado, su ejército luchaba por el dominio del litoral mediterráneo con las ciudades-estado que existían a la ribera de ese mar, y a su puerto, el mayor puerto comercial en funcionamiento, arribaban mercancías de los cuatro puntos cardinales. La ciudad se financiaba sin problemas, dotando de recursos ilimitados a sus gobernantes, que mantenían al pueblo lo más aislado posible de contactos con el exterior, ajenos a cualquier influencia política, económica o religiosa, como si la Cúpula evitara el contagio de las ideas igual que evitaba el de los gérmenes.

 

La naturaleza vengativa, alterados sus ciclos lógicos por la mano del hombre, se rebelaba ahora sañuda contra él, sometiéndole a plagas incurables, degenerándole con malformaciones genéticas que daban lugar a seres aberrantes. La inmensa mayoría de seres humanos se habían hundido en la más absoluta barbarie, mientras solo un puñado de privilegiados mantenían viva la memoria del pasado en su torre de marfil mantenida a costa del sufrimiento de los demás. Y la sombra ominosa de un nuevo cataclismo iba cubriendo lenta pero inexorablemente todos y cada uno de los rincones de aquel planeta que una vez se había llamado Tierra.

 

Para ilustrar el relato pensé poner alguna infografía de ciudades pretendidamente futuristas que abundan en Internet. Sin embargo, viendo la magnífica galería de Stuck In Customs en Flickr, he preferido poner una ciudad real que bien podría ser imaginada. Hong Kong de noche, en una foto titulada "Electric City"