Ayer sábado 27 por la mañana realicé por fin el segundo examen. Cuarenta y cinco minutos para responder cincuenta preguntas con cuatro posibles respuestas alternativas sobre dos casos prácticos. Aquellos que superen la nota de corte, una vez establecida ésta, sumarán dicha nota a la del primer examen, formando la nota final de la fase de oposición, y pasarán a la fase de concurso de méritos. De los cuatro mil opositores que se presentaron al primer examen, dos y medio por plaza, unos mil cien, hemos pasado al segundo. Lo superarán unos quinientos, los justos para participar en el concurso de méritos alguno más de las cuatrocientas veinte plazas en juego. Ahí fue donde me quedé la última vez, con los dos exámenes de la fase de oposición aprobados, pero sin bastantes méritos para entrar.

 

Se cumplieron de principio a fin los tópicos sobre el día de examen. El metro sorprendentemente lleno a primera hora de un sábado. Despistados con maletas deambulando por la Zona Universitaria, llegados desde los cuatro puntos cardinales directamente al examen. Nervios, muchos nervios, de última hora. Un mar de cabezas ante la lista de asignación de aulas de examen, y otro mar de cabezas ante la mesa de los bedeles preguntando dónde quedaba tal o cual aula. La tensión palpable a la puerta de las aulas, antes de ser llamados. La monótona cantinela de los vigilantes de cada aula llamando uno a uno a todos los opositores asignados a su aula, y el tambaleante desfile de éstos, DNI en mano, yendo como si fueran al matadero. La ineludible hora larga de espera desde que se cierran las aulas hasta que por fin llegan los exámenes portados por miembros del Tribunal Delegado con escolta armada de vigilantes de seguridad. Las normas de examen, ya conocidas por todos, repetidas por uno de los vigilantes con la voz monótona de la azafata que explica al pasaje por sexta vez en el día cómo colocarse el chaleco salvavidas. El silencio sacro durante el reparto de los cuestionarios de examen. Ese chute de adrenalina cuando por fin dan la orden de abrir los cuestionarios y el reloj empieza a correr marcha atrás...

 

A diferencia del primer examen, en el que había preguntas que eran claramente ajenas al programa de la oposición, y otras de un nivel exageradísimamente superior al exigible, en este segundo examen los supuestos de hecho en que se basaban los casos prácticos eran verdaderos clásicos, lo que tampoco nos lo ponía mucho más fácil. El primero era realmente difícil, el segundo estaba lleno de trampas. Pero bueno, ambas cosas son esperables de una oposición hoy día, así que no me quejaré por ello.

 

Otro clásico del día de examen de oposiciones, esa cervecita con los compañeros del grupo de preparación una vez finalizado el examen, esa charla en la que se prohíbe expresamente comentar o corregir ninguna pregunta, en la que solo nos permitimos hablar de nosotros, de nuestras fuerzas y nuestros ánimos en este duro final de etapa. La mayoría de nosotros se volverá a examinar el próximo domingo día 05 de Julio en el primer examen de la categoría superior. Para todos es un esfuerzo asumible, solo una semana más, un temario casi idéntico, y sobre todo una nueva oportunidad de entrar.

 

Yo me tomé libre solo ayer tarde y hoy por la mañana. Pocas horas. Pero las he aprovechado bien aprovechadas. He paseado con Elma ahora que camina con una sola muleta y puedo llevarla de la mano. Hemos tomado algo en una terraza de la Avenida Metro, allá en su barrio de Santa Eulalia. Hemos dormido juntos, que no es novedad, porque lo hemos hecho todos los días de la semana, pero eso sí, oh maravilla de las maravillas, sin poner el despertador ni levantarnos a toque de silbato, sino tranquilamente, despertándonos cuando el cuerpo nos lo pedía, tomándonos nuestro tiempo para desayunar y saliendo luego a pasear de nuevo en la soleada y calurosa mañana...

 

Esta tarde he vuelto al trabajo, ya estoy de nuevo lanzado al sprint en esa carrera que finalizará el próximo domingo. El breve respiro ha durado apenas veinticuatro horas pero me ha sentado como una botella de agua en el desierto. Ya solo queda una semana y después, aunque nada cambie en realidad (Antes de prorrumpir en gritos de júbilo, recordad que después de ese examen volveré a ir a trabajar) todo será mejor simplemente por no estar sometidos a esa tensión, a esa premura en todo, que impone tener un examen tan a la vista. Hasta podré pensar en disfrutar algo del verano con Elma...

 

Quiero agradeceros vuestra lealtad y vuestra paciencia, que habéis seguido leyendo y comentando en estos largos días de ausencia. Para la próxima semana, aunque el estudio me obligue a ralentizar mi ritmo de publicaciones, prometo no dejar tantos días el blog en dique seco. No creáis que yo no hecho también de menos escribir, y mucho más aún leer y comentar vuestros blogs. De nuevo, gracias. ¡¡Recibid todos un fuerte fuertísimo abrazo!!

 

Ilustrando el artículo, "El examen de danza", obra de Edgar Degas.