Quería escribir este artículo en el aniversario de la famosa batalla  (18 de Junio de 1.815) pero como sabéis no he tenido tiempo antes. No pretendo analizar desde el punto de vista de la historia militar lo ocurrido en Waterloo, que de sobra ha sido explicado ya, sino solo extractar tres lecciones tan válidas hoy en día como entonces sobre gestión de crisis y toma de decisiones, a partir de las equivocaciones de Napoleón Bonaparte, que le llevaron a la total y absoluta derrota.

 

PRIMERA LECCIÓN: NADIE ES INFALIBLE. Por carismático que sea un líder, por genial y ocurrente que se haya mostrado en sus decisiones anteriores, nunca todo puede depender de él. De hecho, iría más allá al decir que nada puede depender solo de una persona. El mejor escribano hace un borrón, dice un antiquísimo adagio. Y bien cierto que es. No hay nadie que no se haya equivocado nunca. En Waterloo, Napoleón estaba cansado y enfermo. Ya no tenía la agilidad mental que había salvado tantas situaciones límite antes. Ya no era capaz de evaluar la situación con una sola mirada y corregirla a su favor con dos maniobras inesperadas. Su gran error en Waterloo, la tardanza en lanzar al combate a la Guardia Imperial para impedir el encuentro de anglo-holandeses y prusianos, se debe tanto a las dudas que nunca antes había mostrado como a un agudo ataque de hemorroides que le impidió montar su caballo Marengo. Acostumbrados a su brillante liderazgo, a que él tuviera todas las ideas y tomara todas las decisiones, nadie en el Estado Mayor hizo nada por paliar una situación que se les iba de las manos mientras el envejecido Emperador trataba patéticamente de subirse a su caballo. "Grouchy me quita soldados, Ney me los pide. Blücher embiste como un toro, Wellington espera como un lobo al acecho. Unos solicitan mi ayuda, otros quieren acabar conmigo. Todos me consideran indispensable por un motivo u otro..." escribiría años después Napoleón sobre la batalla. Craso error confiar solo en el genio de un hombre, que por más genial que sea es sin duda falible. Los pintores franceses de la época dibujan a un Napoleón con cierta gloria en su derrota, pasando revista a caballo a su Vieja Guardia justo antes de lanzarla proverbialmente tarde a una muerte segura. Yo me quedo con este cuadro de Ernest Crofts, que quizás por ser inglés no tiene reparos en retratar al Emperador tal como debía ser, un viejo solitario, amargado, vencido por el cansancio y por el dolor gástrico del cáncer de estómago que acabaría matándole.

 

SEGUNDA LECCIÓN: LA CADENA DE MANDO DEBE SER UNA MAQUINARIA DE RELOJERÍA. Todas las piezas colocadas en su justo sitio, realizando puntualmente la misión encomendada. Si hay un error decisivo en Waterloo, amén de la ya reseñada tardanza en ordenar atacar a la Guardia, es el criterio empleado por Napoleón para elegir a los mandos de las dos alas del ejército, elección que resultó francamente nefasta. En el ala izquierda, el mariscal Ney, al frente de la caballería, lanzó carga tras carga contra la infantería inglesa, holandesa y alemana al mando de Wellington, una de las más infructuosas carnicerías que se recuerdan. Los infantes resistieron firmes ataque tras ataque, cayendo a docenas sin retroceder un metro en su línea de defensa, para desespero del mariscal francés, que veía como quedaba literalmente sin soldados. Cuenta la leyenda que en la última carga, desesperado, se puso al frente de la última brigada de coraceros, gritando sable en mano "¡Ahora veréis morir a un Mariscal de Francia!" y así le pinta Mark Churms en su particular recreación de la batalla.

 

En el ala derecha, el mariscal Grouchy hizo justo lo contrario. Demasiado cauto, precavido en exceso y timorato en sus decisiones, actuó tarde y poco decididamente frente a una caballería prusiana mandada por un enardecido mariscal Blücher sediento de sangre. Sus indecisiones y absurdas precauciones no impidieron que los Lanceros de Silesia del general Yorch, los Dragones del general Von Bülow y los temibles Húsares Negros del general Von Ziethen aplastaran a su infantería, hundieran el frente y enlazaran con el cuerpo anglo-holandés, provocando a la postre la derrota definitiva de los franceses. Aquí el retrato que veinte años después le hizo Rouillard.

 

De intercambiar Napoleón los mandos de sus alas de maniobra, ¿Hubiera cambiado el resultado de la batalla? Sería ciencia ficción decir que sí, pero resulta evidente que un impulsivo Ney hubiera frenado más y mejor a Blücher que el tímido Grouchy, mientras que éste se hubiera adaptado mejor al juego de astucia y oportunidad de Wellington que el aguerrido pero excesivamente impetuoso Ney. La enseñanza que de esto podemos extraer es que el equipo, en suma, debe estar siempre compensado, contar con todas las sensibilidades, para que estén representados todos los puntos de vista posibles, pero poniendo cada uno de los distintos caracteres de quienes lo forman en el lugar que mejor se adapte a sus características, al frente de la misión que mejor pueda desarrollar, donde más pueda aprovechar su potencial. Tan inútil es mandar a alguien impaciente e irascible a una negociación que difícilmente llegará a buen puerto por su nula capacidad negociadora, como encomendar a un buen negociador pero más timorato y sensible que tome duras decisiones ejecutivas para las que se requiere una firmeza de la que a todas luces carece. Para que una cadena de mando funcione cada eslabón debe ajustarse a su exacto lugar, ser un engranaje de una milimétrica maquinaria.

 

TERCERA LECCIÓN: LAS MEJORES IDEAS NO SIRVEN DE NADA SI NO SE SABEN COMUNICAR ADECUADAMENTE: Algunos historiadores consideran clave para entender lo ocurrido en Waterloo un suceso que no parece tener demasiada trascendencia histórica y que para la mayoría pasa inadvertido: El suicidio, pocos meses antes de la batalla, del mariscal Berthier, quien a causa de un desengaño amoroso se arrojó por un balcón de su mansión parisina. Berthier, Ministro de la Guerra de Francia y Jefe del Estado Mayor Imperial, era literalmente "El hombre que entendía al Emperador". Napoleón, como casi todos los genios, era impulsivo en sus ideas y anárquico en sus pensamientos, le venían éstos atropelladamente, a trompicones, y había que interpretarlos para ponerlos en práctica. Quien hacía esto era Berthier, abajo en un grabado de la época cuyo autor desconozco. En todas las batallas en que había participado junto a su soberano, las órdenes de éste pasaban primero por sus expertas manos, y solo tras clarificarlas y traducirlas en un lenguaje comprensible para cualquier comandante, eran transmitidas a la correspondiente Unidad. En Waterloo, según narran testigos presenciales, el Estado Mayor era un incesante ir y venir de correos a caballo con órdenes garabateadas de puño y letra del Emperador, que no parecían tener ningún sentido, al menos para su destinatario. La enseñanza aquí está clara, la comunicación a lo largo y ancho de la organización es vital para el buen funcionamiento de la misma. Y no solo en la cadena de mando, en todos los demás departamentos. Excluyendo materias confidenciales o reservadas, todos deberían saber lo más posible del conjunto de decisiones del mando, conocer los objetivos de los demás tanto como los suyos, para evitar duelos competenciales inútiles y costosos, y para comprender mejor las dificultades a que se enfrentan los demás. La comunicación además debe ser clara, fluida, en términos comprensibles para todos. No caben absurdos snobismos en una organización que pretenda ser eficaz y eficiente. Si un absurdo tecnicismo puede dar lugar a error, mejor emplear un término común que todos entiendan, aunque no quede tan fino el informe o circular interna. El objetivo, se supone, es lograr las metas globales establecidas, no dárselas nadie de culto.

 

Tenía ganas de escribirlo y me ha salido de un tirón. No puedo revisarlo, así que si hay algún error ortográfico o gramatical ya me perdonaréis. Perdón también os pido por la densidad y extensión del artículo, sé que me ha quedado un auténtico "ladrillo", pero es que la idea llevaba demasiado tiempo dando vueltas por mi cabeza...