Tu muleta se apoya en la pequeña repisa de cristal que sobresale del mástil de la lámpara halógena, haciendo compañía allí al mando a distancia del televisor.

 

La tele, por cierto, está conectada en el "3/24", el canal de información continua de TV3, y llevan ya buen rato hablando de no se qué pacto sobre no se qué financiación que se anunciará no se qué día y arreglará no se qué cosas.

 

La mesa de centro es un totum revolutum de migas, vasos sucios, biscottes a medio comer y tetra briks abandonados a su suerte.

 

Tu camisón azul claro de tirantes nos está haciendo de alfombra. Por favor, no me preguntes dónde narices está la alfombra que debía estar bajo nuestros pies.

 

Las obras de renovación del firme de las aceras de la Gran Vía siguen al otro lado del gran ventanal del salón, por el que se cuelan borbotones de luz aún algo ambigua pero ya terriblemente ardiente del sol de primera hora de la mañana. Una retroexcavadora saca grandes paladas de tierra que deposita en la caja de un camión trailer. Debe estar haciendo un ruido impresionante. No la oigo. Noto cómo el suelo y el sofá sobre él vibran al compás de los movimientos de la maquinaria pesada, pero oírla, lo que se dice oírla, no la oigo. Estoy demasiado concentrado en tus gemidos, tus jadeos y tu risas.

 

La vieja y gastada colcha color marfil que nos de funda del sofá verde manzana donde estamos más desparramados que tumbados está empapada de sudor. Y eso que no llevamos aquí ni un cuarto de hora.

 

Un pequeño envase plástico individual de mantequilla que debimos robar de algún bar está volcado en el suelo. Volcado boca abajo, claro, que siempre ha de caer del lado de la mantequilla. Más tarde habrá que fregar pero que muy bien fregado ese suelo...

 

Más tarde. Porque ahora como que estoy demasiado ocupado lamiendo esa deliciosa mermelada de fresas untadita sobre tu piel sudada...

 

De pronto, elevas hacia mí tu rostro arrebolado, me miras con ojos encendidos, tu mano derecha acaricia mi mejilla izquierda, y ciertas partes de mi anatomía responden ostensiblemente a la caricia.

 

-Cariño - me hablas en ese tono de voz dulzón en que me dices las cosas que ya sabes que no me va a gustar oír -  Tenemos que irnos, voy a llegar tarde a rehabilitación...

 

Te miro sorprendido, pasmado, atónito, incrédulo y también algo rabioso. No concibo que puedas estar mirando AHORA el reloj de pulsera. Me siento como un perro hambriento al que repentinamente le roban el trozo de carne que acababan de lanzarle desde un coche en marcha.

 

Y sin embargo, según costumbre, tienes razón, es ya muy tarde.

 

 

Empiezo a mirar a todas partes tratando de localizar mis pantalones mientras tú vas al baño a lavarte. Sigo con la vista tu camino renqueante. A la puerta del baño se eleva cual monolito un montón de ropa, pero no parecen estar allí. Habrá que seguir buscando.

 

Dios mío.

 

Mis calzoncillos Pierre Cardin azul azafata ribeteados en naranja cuelgan del ángulo superior derecho del cuadrito de metal dorado que enmarca el retrato sonriente de mi madre. Ah, si ella pudiera ver semejante cosa... Moriría en el acto, indudablemente. Mejor quitarlos de ahí cuanto antes.

 

Al fin aparecen mis pantalones. Supongo que, como a su dueño, no les apetece salir de casa ahora mismo, y se habían escondido debajo del sofá. Pero... ¿Qué haces tratando de meterte esa falda larga color lavanda por la cabeza, si te sería más fácil por abajo...? En fin, me callo.

 

Vuelves a mirarme despacio, una de esas miradas tuyas mezcla de fuego y aceites balsámicos, y a pesar del esfuerzo no puedes aguantar la risa.

 

-Venga, hombre, no pongas esa cara de perrillo apaleado...

-Que cara quieres que ponga después de cortarme el rollo de esta manera... Es un milagro que no me haya dado un pasmo, o un paralís, o algo peor...

 

Tu risa franca, jovial y sincera inunda mi salón y acalla todos los ruidos del exterior, igual que hace poco lograban tal efecto tus apasionados jadeos. Estás tan hermosa riendo medio desvestida con esa mirada pícara... Me acerco a ti, y te beso sin que te lo esperes. Tus labios me responden aunque tu boca dice "no" entre dientes. El mundo entero se detiene afuera mientras disfrutamos nuestro beso, un beso sin prisa, largo y húmedo, como debe ser.

 

Cuando separo mi rostro del tuyo respiras hondo, me abrazas muy fuerte, y apoyas tu cabeza en mi hombro izquierdo. Me encanta el olor de tu pelo, esa tibieza que desprende tu cuerpo, que pinza mi pituitaria. Algo me dice que mis pantalones van a volver debajo del sofá.

 

Tus ojos son puros tizones cuando elevas el rostro hacia mí, justo antes de volver a besarnos más despacio aún que antes.

 

-Vale, pero a rehabilitación llamas tú y te inventas tú la excusa...

 

Sonrío. Me siento feliz. Por Dios, que ganas de volver a colgar mis calzoncillos de algún sitio alto e inadecuado...

 

-Claro, cariño, ya sabes que tengo mucha imaginación...

 

La ilustración, "Abrazo Sentado", obra de Egon Schiele datada en 1.915, en realidad un autorretrato del artista con su esposa Edith.