El camino del infierno está empedrado de buenas intenciones, dicen. Haber puesto "buena intención" o "todo el empeño" ni compensa un mal resultado ni palia el efecto desastroso de un trabajo mal hecho. Sé que por pensar así se me acusa frecuentemente de resultadista, pero nadie hasta ahora me ha explicado otra manera objetiva de valorar un trabajo desempeñado que no sea valorar el resultado del mismo. El análisis psicológico de las intenciones son brindis al sol.

 

Tal día como el 28 de Abril de 2.008, lunes por más señas, entregué en una relojería cercana a mi casa, con la que había trabajado ya sin tener ningún problema, un reloj para arreglar la pulsera, una pieza de la cual se había roto por mi culpa, ya que le había dado un golpe. En principio, el reloj iba a ser reparado en su propio taller. Ya otras veces había sido así con otras piezas de joyería y relojería, e insisto, nunca había tenido problemas, por lo que no desconfié en absoluto. Días después resulta que en su taller no lo habían podido reparar y lo habían mandado al taller oficial de la marca del reloj en Madrid. Me extrañó que no me hubieran avisado antes de hacerlo. El reloj no era ninguna maravilla y si transportarlo encarecía el precio de la reparación como que no me interesaba repararlo. Pero no dije nada. Cada semana iba a la relojería a preguntar por mi reloj. Reconozco que cada vez con mayor cachondeo, pues a medida que pasaba el tiempo tenía claro que no volvería a verlo. Pero ellos, cada semana, hacían el paripé de llamar a Madrid, preguntar, indignarse con el taller oficial por no haberlo reparado todavía, y emplazarme para la semana siguiente, que seguro que ya estaría. Seguro segurísimo.

 

Seis meses llevaríamos celebrando este acto ritual semanal, cuando me dicen que en el taller oficial de Madrid tampoco han podido arreglarlo. (No puedo quejarme, han estado seis meses intentándolo) Mi reloj ha ido a Suiza, a la fábrica de donde salió, para repararlo allí. Me río por no llorar. Es solo una pieza de una pulsera, si no se puede arreglar, que pongan una pulsera nueva y santas pascuas... Que no, que en Suiza lo arreglan seguro, por supuesto, lo que no arreglen los suizos... Lo arreglarán, pensaba yo, pero no pagaré un céntimo más de lo que me hubiera costado la reparación aquí, no he sido yo quien ha dado orden de llevar el reloj de la ceca a la meca.

 

Y volvemos al ritual de preguntar en el mostrador de la relojería. Cada semana como un clavo me tienen allí con la misma pregunta. Pasan los meses, cambia el año, se suceden las estaciones. Me dicen un buen día que no hace falta que me moleste en ir allí cada semana, que ya me llamarán ellos cuando se sepa algo. No, si no es molestia, ya me iré pasando, más que nada a tocar los cojones...

 

Hoy por fin ya no han podido más y me han confesado la verdad. No tienen ni puñetera idea de dónde narices está el reloj. Nunca ha ido a Suiza, nunca llegó ni siquiera al taller oficial de Madrid. Lo perdieron y para alargar la espera mientras lo buscaban por la tienda me iban poniendo excusas. Ahora ya está claro que no está allí, sospechan que se lo robaron en un descuido, y no pueden seguir engañándome. Bueno, engañándome no, que yo ya lo sospechaba. No pueden seguir demorando lo inevitable, contar la verdad, que bien hubieran podido explicar sin consecuencias de buen principio. Me han ofrecido una compensación y la he aceptado. El reloj ya no aparecerá, y demandarles me parece absurdo, una total inutilidad. Así que he preferido llevarme otro reloj por la patilla. He elegido un CASIO. Sí, ya lo sé, no es precisamente un cronógrafo suizo. Pero marca la hora, que es de lo que se trata, la correa y la batería te las sustituyen en el acto y sin problemas en cualquier tienducha, y si no puede arreglarse lo tira uno a la basura sin cargo de conciencia.

 

Lo que más me llama la atención de todo este asunto es la extrema incompetencia de los responsables de la tienda, que por querer tapar un error cometieron una serie de errores mucho mayores. No es un hecho aislado, parece que últimamente los profesionales escasean, sustituidos por una patulea de indocumentados que apenas saben de lo que hablan, y mucho menos tienen idea de lo que hacen. En poco más de un mes he visto cerca sonoros ejemplos de  negligencias. Os resumo algunos:

 

-Uno lleva su coche al taller (Concesionario oficial para mayor recochineo) porque hace un ruido extraño, como un silbido, cuando se pone en marcha el ventilador. Tras varios retrasos sobre la fecha de entrega prevista, y tener que andar pidiendo favores más de una semana, porque necesita el vehículo para trabajar, por fin lo saca del taller. El silbido del ventilador sigue como antes, pero, además, ¡le han torcido la dirección y el cambio de marchas no funciona!

 

-Una señora mayor se sube a un taxi pidiendo que la lleve a Girona, y especifica que al aeropuerto de Girona para tomar un avión. Como ha estado muy nerviosa por le viaje y apenas ha dormido la noche antes, se queda frita en el asiento de atrás del taxi cuando circulan por las Rondas de Circunvalación de Barcelona. Se despierta justo en el momento de llegar... ¡A la estación del AVE de Tarragona! Ah, pero, ¿no es aquí donde quería ir?

 

-Un vecino del pueblo de mi madre, que tiene un plantío de árboles, descubre que varios nogales están afectados de una enfermedad  que puede contagiarse a los demás, el que allí llaman "mal negro" (técnicamente Phytophthora Cinnamomi) y para que no se pierdan todos, porque la enfermedad causa la muerte del árbol, decide talar los enfermos. Se lo encarga a un teórico profesional vecino de una localidad cercana, y para ponérselo fácil marca el tronco de los que deben ser talados con un aspa de tinta roja. Al día siguiente va a ver el resultado... Y descubre todos sus árboles talados, todo el plantío. Bueno, todos no. Todos menos los marcados con el aspa roja...

 

Yo no me creo más listo que nadie, ni más profesional que nadie. He cometido mis errores como todo el mundo, algunos clamorosos. Pero siempre me he hecho responsable de ellos, como creo debe ser. No admito es que la "buena intención" o el "empeño" en hacer algo justifique el fracaso final del encargo, y menos cuando se trata de errores tan clamorosos. Oiga, que yo me fijé, hice todo lo posible, si salió mal no es culpa mía... Claro que es culpa tuya, porque tuya es la responsabilidad del encargo. Si no sabes, no lo aceptes.

 

Sí, soy resultadista, lo reconozco. Me cuesta justificar lo mal hecho sobre todo cuando hacerlo bien cuesta exactamente lo mismo, la diferencia solo es muchas veces la concentración y las ganas.

 

Hablando de resultados, he corregido el examen del pasado sábado con la plantilla oficial de respuestas publicada por el Ministerio y tengo 77,50 puntos, así que a la espera de que salga la nota de corte y la lista oficial de notas doy por virtualmente superado el examen (Si en la anterior convocatoria con cien plazas menos cortaron en 73,50 resulta evidente que no va a haber ahora un corte más alto) Claro que hay que esperar a verlo publicado.

 

Pasado mañana domingo tengo el primer examen para el ingreso en la categoría superior, al que también me presento, así que voy a hacer el típico esfuerzo final maratoniano. Os deseo un buen fin de semana (A los que podáis disfrutarlo) y hasta el lunes!!

 

 

Y por cierto, para finalizar, algo de humor, arriba con los procesos productivos y sus "desviaciones", abajo ese currito español clásico que hay que proteger, efectivamente, de la extinción, no vayamos a convertirnos en un país de trabajadores serios y responsables como Alemania...