Ordenar (muixir) una vaca. Y más de una.

 

Pasear de la mano de Elma por entre el verdor casi sobrenatural de los prados gallegos.

 

Desmontar, engrasar, limpiar, poner a punto y volver a montar una máquina de coser.

 

Comer caldo hasta hartarme.

 

Comer lacón hasta empacharrme.

 

Comer pulpo hasta el borde mismo de la muerte.

 

Ir a la feria de Navia y comprar unas navajas artesanales, hechas al método tradicional, por un herrero que trabaja a mano individualmente cada una de las piezas, y las firma.

 

Regalar esas navajas a un guardia civil de servicio en el aeropuerto de A Coruña porque por descuido mío quedan en el bolso de mano de Elma en vez de en la maleta facturada, y en el control de seguridad del aeropuerto por supuesto que las detectan. Y aunque él dice cuando yo le digo que se las quede que no puede aceptarlas, que todos los objetos incautados deben destruirse, ambos sabemos que es un auténtico sacrilegio tirarlas a la basura. Mejor así, que se las quede alguien que sepa apreciarlas..

 

Acudir al funeral en memoria del padre de Elma, y sentir el noble, brusco y sincero cariño de la ruda gente montañesa. Y visitar su tumba, y poner flores sobre la blanca lápida de mármol italiano, y comer luego rosca y bollos caseros regalados por las familias vecinas, regados con buen aguardiente de hierbas, en un silencio impresionante si tenemos en cuenta que a la mesa nos sentamos casi veinte personas, todas conscientes de lo sagrado del momento.

 

Recorrer los pueblos del contorno en el Suzuki Jimny de la sobrina de Elma, Lía, trepando por la escarpada carretera que sube hasta Vallo, con Elma haciendo parar el vehículo en casi cada recodo del camino para explicarme las cosas que allí había vivido, en un recorrido sentimental que me ha permitido conocerla mucho mejor, y ver con mis propios ojos el paisaje que la formó en su niñez tal y como es ahora.

 

Volar en una compañía que sale a la hora y llega sin retrasos.

 

Volar en otra compañía, a la vuelta, que sale cuando le parece, llega cuando puede, y te ameniza el fin de tan apasionante viaje con una hora clavada de reloj en la dichosa cinta esperando que salga tu maleta.

 

Compartir tiempo, intimidad, espacio y emociones con Elma. Compartir todo eso de una manera mucho más intensa y especial que cuando estamos juntos en Barcelona.

 

Realmente, el tiempo es muy relativo.

 

Realmente, tres días justos pueden dar para mucho...