Sábado por la noche, ya tarde, sin saber exactamente la hora porque vivimos uno de esos raros momentos en que podemos permitirnos el lujo de quitarnos el reloj de la muñeca cuando estamos juntos. El hijo de Elma ha salido con su mochila de fotógrafo a la espalda y su cámara digital Lumix, regalo de cumpleaños, colgada al cuello. Está decidido a aprender su manejo por la vía experimental empírica, como ha aprendido casi todo, que le cuesta mucho estudiar teorías. Se supone que va a hacer fotos nocturnas con su amiga Nuria. Amiga es como la define, y de hecho, que nosotros sepamos, ella tiene otro novio, pero estando en casa les hemos oído hacer el amor, cosa de los pisos pequeños y los tabiques de cartón, y Elma está preocupada por él, porque aunque no lo admita se ve que entre ellos algo que huele a podrido, a relación sucia, oscura y enmarañada.

 

Juntos en la cocina, la ayudo a cortar el pan y untarlo de tomate. Sobre esa base, una cena fría a base de cecina traída de León y queso ácido, montañés, del pueblo de Elma, todo bien regado con un tinto Ribera del Duero de mucho cuerpo, casi áspero, ideal para redondear estos sabores. ¿Creéis que es una cena Folklórica? Yo casi mejor la definiría como Étnica...

 

La buena carne curada, el áspero pero sabroso queso y sobre todo el recio vino castellano nos desatan la lengua y las emociones. Me confiesa en alta voz los miedos sobre su hijo que yo le he adivinado, y hablamos largo y tendido, a partir de ahí, sobre nuestras familias, nuestros trabajos, que el mío zozobra en el caos organizativo y el suyo peligra por el tormentoso divorcio del dueño de la empresa, y por supuesto también sobre nosotros mismos, nuestros sentimientos y expectativas. Hablamos como hacía tiempo que no hablábamos, hasta bien entrada la madrugada, hasta que su hijo regresa por fin, aparentemente exhausto y diciendo estar cansadísimo de hacer fotos aunque la cara de haber echado tres polvos no se la salta un gitano.

 

Nos acostamos nosotros también, una madrugada más juntos en Santa Eulalia, y su cuerpo junto al mío, su respiración en mi cuello, el olor de su pelo y la tibieza de su epidermis hacen el resto. Pronto nos entrelazamos, las piernas enredadas, su lengua buscando la mía y nuestras manos explorando incansables el territorio conocido y querido de la anatomía del otro.

 

La luz de la mañana, algo neblinosa, ya no veraniega, nos despierta. Desayunamos en mi bar favorito, que a nadie más parece gustarle, y paseamos sin rumbo por el barrio, sin más propósito que disfrutar de nuestra mutua compañía el máximo tiempo posible. Hace sol, y aunque el aire es algo fresco ha quedado un día agradable, otoñal, ideal para pasear en buena compañía.

 

Después, por la tarde, negros nubarrones acaban descargando lluvia con ganas, dando por terminada la fiesta, el fin de semana y el breve interludio romántico. Llueve con tal fuerza que Elma dice, mirando algo melancólica por los amplios ventanales de su salón, que tal parece que el cielo quiera limpiar los muchos pecados de la ciudad. Si es así se equivoca, le respondo. No hay bastante agua para eso.