No lo comprendo. Nadie lo comprende. Y por una vez, nadie es auténticamente NADIE.

 

Porque tú lo tenías todo, absolutamente todo, eras la envidia del contorno y lo sabías. No, no me creas iluso, ya sé que las apariencias engañan, que podías parecer feliz por fuera mientras mil dolores que solo tú conocías te desgarraban las entrañas. Pero qué quieres que te diga, si de alguien no lo hubiera creído, es precisamente de ti.

 

Tenías familia, una esposa que te quería y dos hijos aún adolescentes. Y madre, por Dios bendito, que aún tienes madre! A un hombre común la familia le suele aferrar al mundo, le da las suficientes alegrías y preocupaciones como para que se dedique la mayor parte de la vida a ellos, a criarles, educarles, mantenerles, apoyarles, qué se yo. Un hombre de familia, como indudablemente tú eras, no suele abandonarles así sin más, bruscamente, inopinadamente, traumáticamente.

 

También tenías dinero. Ya, ya sé que el dinero no lo es todo, que no da la felicidad, que según dicen los ricos también lloran, que vale, que sí, que muy bien, que de acuerdo. Pero las penas con pan son menos, y tú tenías mucho pero que mucho pan, el suficiente para no tener preocupaciones al respecto por el resto de tu previsiblemente larga vida. Tenías una empresa en pleno funcionamiento que daba sus buenos beneficios, y te permitías si no lujos sí buenos caprichos. De hecho, pasabas por ser el más rico del lugar. Y los ricos suelen tener un fuerte instinto posesivo, de conservación de lo suyo. ¿Cómo has podido abandonarlo todo y a todos así sin más? Porque eso es lo que has hecho, abandonar, rendirte, cortar con todo de la manera más radical y abrupta.

 

Ni puedo imaginar lo que pasó por tu cabeza en los instantes anteriores al momento fatídico en que pusiste la soga alrededor de tu cuello, ni quiero elucubrar con lo que debiste sentir cuando te dejaste caer desde la pila de balas de paja a la que te habías subido, y quedaste colgado por el cuello de aquella vieja viga de madera, la viga que tu padre colocó con sus propias manos cuando construyó las cuadras con madera y adobe. No me cabe en la cabeza que lo hicieras a escasos treinta metros de la casa donde tu mujer preparaba la cena, que permitieras que fuera tu propio hijo quien te descubriera, quien presenciara alucinado el macabro espectáculo de tu cuerpo inerte balanceándose suspendido del techo.

 

Me cuentan que un verdadero gentío ha acudido a tu funeral. Que tu familia está rota, ahogada en dolor. Que nadie comprende qué motivos has podido tener para acabar así. Yo tampoco los comprendo. Analizo una y otra vez mis recuerdos de nuestro último encuentro el pasado verano, y no soy capaz de hallar ni una sola pista que me conduzca a lo que sea que ha podido pasarte para acabar así, colgado de una viga con poco más de cuarenta años. Y cuanto más lo pienso más veces me pregunto ¿Por qué lo hiciste?