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La Coctelera

Categoría: Sentimientos

2 Noviembre 2009

Han caído los 41

2 nov 09 En: Sentimientos

Pues sí, niños y niñas, hoy cumplo cuarentayun años.

No me pesa la edad, o al menos no lo noto. Lo digo completamente en serio.

Tampoco, realmente, me siento más sabio ni más experimentado ni mejor preparado que antes.

Simplemente, soy más maduro, sí, eso sí, y más calvo, eso también. Y si algo siento distinto es una cierta perspectiva de las cosas que ayuda mucho a analizarlas y comprenderlas, y que hace muy poco que tengo. Desde luego no la tenía hace diez años, cuando más falta me hubiera hecho. Pero ya se sabe que la vida te deja obtener las cosas que quieres justo cuando ya no las necesitas...

Me fastidia, no, qué coño, ME JODE, sí señor, me jode bastante que a estas alturas del día solo me hayan felicitado, en este orden, Elma, mi madre y mi amigo Joey. Nadie más. Ni uno solo de todos aquellos a los que yo he ido felicitando puntualmente a lo largo del año. Coño, que son unos cuantos, alguno podría acordarse...

Ya sé, ya sé, es vanidad. Pues bueno, pues vale, soy vanidoso, sí, me gusta que se acuerden de mí al menos una vez al año, no creo yo que sea mucho pedir, que yo bien me acuerdo. En fin, aún quedan horas al día, tal vez algún despistado se acuerde ya entrada la noche. Pero con otros me temo que si no se han acordado ya...

No debería quejarme, lo sé. Tengo todo lo que necesito para estar bien, y no digo ser feliz porque esa palabra parece tentar al destino, como si cada vez que uno la pronuncia una irresistible fuerza sobrehumana tratara de arrebatarte todo lo que te da la felicidad de la que habías presumido. No, no diré que soy feliz. Pero estoy bien, sí, por primera vez en mi vida me siento a gusto con cómo estoy, dónde estoy y con quien estoy. No necesito más regalos porque no hay regalo mayor que ese.

Ah y por cierto no escribo el post esperando un aluvión de felicitaciones, eh? Es solo un desahogo, caramba, que me parece que me lo merezco...

27 Octubre 2009

Suena el despertador puntualmente a las 07:45 y salto de la cama. Siempre me levanto primero y dejo que Elma remolonee un rato. Además de por costumbre (y porque ella es bastante más dormilona que yo), ahora lo hago con algo más de prisa porque a las 08:00, con puntualidad suiza, empiezan a trabajar en las obras de Gran Vía, que en estos momentos se desarrollan justo bajo la ventana de mi dormitorio, y una vez iniciada la estridente sinfonía de motores, golpes, voces y quejidos, ya sí que es imposible seguir durmiendo.

 

La mañana es gris, como todas las mañanas de los días precedentes. Ese gris plomizo apagado, mortecino y triste, tan propio del otoño. Ese gris que acaba contagiándonos a todos de pena y melancolía.

 

Elma y yo desayunamos, como cada noche que compartimos lecho, en el mismo bar de siempre, que ya no es exactamente el mismo, porque sus antiguos dueños lo han vendido a una cadena hostelera que se está quedando con todos los bares en traspaso de la ciudad. Al menos con todos los que no se quedan antes los chinos. Echamos de menos a los antiguos camareros, sin menospreciar a los actuales. Esa barra ha oído tantas conversaciones susurradas a oído, esos taburetes han presenciado tantas escenas de cariño y de tensión, tantos momentos determinantes en nuestra relación, que el traspaso parece habernos arrebatado algo que nos era particular y propio, como si hubiéramos perdido nosotros también parte del negocio.

 

Nuestros trabajos, tanto el de Elma como el mío, inician por estas fechas su temporada alta, y ambos estamos sufriendo ya ahora, aunque aún no haya empezado ni por asomo el invierno, un fuerte aumento de faena. El sábado en mi trabajo fue un auténtico caos, hasta tal punto que para que el domingo no pasara lo mismo o peor, que los domingos son siempre complicados, se movilizó a todo el personal disponible que pudo y quiso acudir al centro a reforzar el equipo. Encontrarme a cuatro de los cinco directivos del "Top Five" trabajando un domingo a las 22:00 es algo por lo que mereció la pena ir a trabajar ese día. Lo malo, más allá de la anécdota, es que esto es solo el principio. Los próximos cuatro meses, por lo menos, van a ser así, entre el desbordamiento crónico y el colapso absoluto, con absolutamente todos los centros y servicios saturados. A Elma le pasa exactamente lo mismo, con la diferencia de que yo estoy en un centro coordinador y mis broncas son siempre telefónicas. Ella hace atención presencial de clientes, y les tiene que aguantar gritos y malos modos, insultos y chillidos, justo delante de la cara.

 

El pueblo recupera lentamente la normalidad tras el impacto brutal que representó el suicidio ocurrido la semana pasada, y ya empiezan (poco han tardado) las malas lenguas, los bichos malos y venenosos que allí habitan, a meter cizaña en el asunto. Que si a la viuda no se la vio muy afectada en el entierro (Esperarían tal vez que se arrojara a la pira funeraria para arder con los restos de su marido al antiguo estilo hindú), que si tendrá ya otro hombre de "recambio", que si el muerto al hoyo y el vivo al bollo... Yo ya sabía que aparecerían estas lenguas viperinas que se alimentan del dolor ajeno, pero me ha sorprendido la gran celeridad y la tremenda dureza de sus ataques. Como dice mi madre, con la que por una vez y sin que siente precedente estoy de acuerdo, si la envidia fuera tiña...

 

Finalmente fuimos capaces de encontrar día y hora para juntarnos los cuatro fantásticos en la que seguramente ha sido la última reunión a la que acudiremos todos a la vez, y hasta la alegría de ese encuentro tan largamente esperado se vio empañada por esa tristeza otoñal que parece invadirlo todo. Jeff vive una situación laboral delicada. Está desarrollando un proyecto técnico que le ocupará aún unos cuantos meses más en los que tiene garantizado el sueldo, pero cuando lo finalice y entregue no hay ninguna otra tarea asignada, y en su empresa apenas hay carga de trabajo, así que se ve en la calle a principios del año que viene, eso si la empresa no quiebra antes. Joey, desterrado en la Ciutat de la Justícia, echa de menos el centro urbano, ese Eixample donde ha trabajado siempre, como el comer. Y Rick, bueno, qué decir de Rick. Se irá de Barcelona en cuanto pueda, en enero mejor que en marzo, y siempre y en todo momento parece querer hacer partícipe a todo el mundo de su condición de hombre comprometido, empezando por nosotros. Sin previo aviso se presentó en la reunión acompañado del hijo veinteañero de su mujer, ejerciendo creo que más allá de lo debido su recién estrenado papel de padrastro, algo que enrareció un tanto el ambiente. No era el momento de tales alardes familiares. Después de meses sin estar todos juntos, después de esperar tanto para vernos, los otros tres pensábamos más bien en una de esas balsámicas charlas de amigos que durante todos estos años nos han servido de desahogo y pomada para nuestras almas. Con el muchacho presente no se podían, por razones evidentes, abordar ciertos temas, y eso nos cortó mucho el rollo, demasiado, creo yo, entre viejos amigos de toda la vida. Allá cada cual con su criterio y su responsabilidad, pero lo que es yo, nunca me hubiera presentado en una de estas reuniones imponiendo a los demás la presencia de Carolo, el hijo de Elma, no al menos sin haberlo avisado y consultado antes con los demás. Tras la reunión, volví a casa invadido de cierta triste melancolía por lo que pudo haber sido y no fue, y más aún, por lo que era antes y no volverá a ser jamás.

 

Hoy finalmente ha salido el sol, y dicen los meteorólogos que a lo largo de la semana mejorará el tiempo y subirán las temperaturas. Lo espero. Quiero dejar de vivir aunque solo sea por unos días esta vida en gris que he estado viviendo pesadamente la pasada semana.

2 Octubre 2009

Solo cruzar el umbral de la puerta del piso de Elma noto que algo no está donde debiera. Es solo un pálpito, el rápido y brillante fogonazo mental que nunca se si atribuir a la intuición o al instinto, pero que no suele equivocarse, de modo que no me sorprende, llegados al salón, ver al hijo de Elma, llamémosle Carolo, tapándose a toda prisa con una pequeña manta de viaje, confuso y cariacontecido, tumbado desnudo cuan largo es en el sofá.

 

  • - Pero... pero... ¿Ya son las ocho...? - Exclama mirando asombrado su reloj de pulsera.

 

Su madre y yo le miramos entre la condescendencia y el reproche. Condescendencia por haber vivido todos alguna que otra situación embarazosa como ésta, que uno rememora con cierto regusto dulzón años más tarde. Reproche por haber debido ser más previsor, que tanto Elma como yo somos ambos animales de costumbres, muy previsibles, y por tanto era fácilmente evitable el numerito.

 

Estamos mirándonos los tres en silencio con cierta tensión cuando Nuria sale del baño. Lleva por toda vestimenta una camiseta de tirantes azul claro que se pega a sus formas como una segunda epidermis, y unas braguitas negras. La piel blanquísima de su cuerpo rotundo de veinteañera resplandece bajo la luz halógena. Tiene el pelo castaño rojizo, liso y lacio, bastante húmedo, y lo seca con movimientos circulares, breves y enérgicos, que rezuman sensualidad. Sonríe pícara, con expresión de falsa inocencia, y sin decir esta boca es mía se viste una escueta falda tejana azul y se pone sobre los hombros una igualmente breve torera de la misma tela. Entonces mira a Carolo entre la ternura y la prisa, y dice con voz de flauta.

 

  • - Ya te llamaré mañana a mediodía. Ahora voy a buscar a Zutano.

 

Aunque Elma no refleja emoción alguna en su inexpresiva cara de póker, sus uñas se clavan en la palma de mi mano, entrelazada a la suya, y sé que esta mención a Zutano, que era y según parece sigue siendo novio "oficial" de Nuria, le ha sentado a mi costilla como una patada en la boca.

 

  • - ¿Y bien? - dice simplemente Elma una vez la puerta del piso se ha cerrado tras Nuria, de quien solo queda el vestigio embriagador de su perfume y el eco cada vez más lejano de sus pasos.

 

Carolo, mirando con desgana a su madre mientras sigue sin cubrir su desnudez más que con la pequeña manta, parece sufrir un hastío insuperable. Acude a mi mente un viejo adagio latino, tan rancio como en general cierto: Omnes bestias post coito tristantur minus mullier et gallo...

 

  • - ¿Y bien qué? - responde el muchacho desafiante.

 

Elma parece al borde mismo de la apoplejía.

 

  • - ¿Qué? ¿Me dices "qué" como si no pasara nada? Pero... ¿Qué tienes en la cabeza? ¿Dónde crees que vas beneficiándote a la novia de otro hombre, cuando sabes que sigue con él, que no le va a dejar, que solo te quiere para pasar un buen rato y basta?

Como si tuviera un resorte, Carolo se incorpora de un salto, envolviéndose en la manta, mientras se encara con su madre. Me interponiéndome entre ellos, tratando de evitar una bronca que preveo tan fuerte como absurda. Carolo, afortunadamente, entra en razón, o eso parece, y bajando la cabeza marcha a su habitación no sin decir antes entre dientes, con rabia.

 

  • - La quiero tal como la tengo, y no voy a dejar de quererla. Lo demás es cosa mía.

 

Oímos la puerta de su habitación cerrarse violentamente, y Elma se deja caer rendida en el mismo sofá en el que hasta pocos minutos antes reposaba su hijo.

 

  • - No sabe lo que está haciendo. No lo sabe...

 

Acaricio su mano, su antebrazo, sus hombros, sus pómulos. Suavemente, dulcemente. Me tomo mi tiempo. Quiero mimarla, calmarla, hacer que se sienta lo mejor posible.

 

  • - Sí lo sabe, Elma, sabe que la quiere y no necesita saber nada más.

 

Me mira como si fuera la primera vez que me viera.

 

  • - ¿Ahora le vas a defender tú?

 

  • - Sí, le voy a defender

 

  • - ¿Por qué? ¿Es que no comprendes que quiero evitarle todos los sufrimientos posibles? ¿Es que no comprendes mi miedo?

 

Suspiro profundamente, y la miro, y vuelvo a acariciar dulcemente sus pómulos.

 

  • - Claro que lo comprendo. Es el mismo miedo que mi madre sintió cuando supo que tú y yo estábamos juntos. Le has dicho exactamente lo que ella me dijo, y creo que tienes la misma certeza que ella tuvo de que tu hijo no sabe lo que hace ni lo que le conviene - Hago una pausa, reordenando mis ideas, dejándome deslumbrar por el fulgor de sus ojos clavados en los míos con una fijeza que asusta - Ella se equivocaba, y tú también. ¿Quieres convertirte en ella, poner a Carolo los mismos bastones en las ruedas que ella nos puso? Déjale que viva, que aprenda y que cometa sus propios errores.

 

Elma deja caer su cabeza sobre mi hombro y me abraza fuertemente, entrelazándonos como si fuéramos a fundirnos en uno solo.

 

  • - Tienes razón, Juan, sé que tienes razón. Pero tengo miedo por él, no te puedes ni imaginar el miedo que tengo...

21 Septiembre 2009

Sábado por la noche, ya tarde, sin saber exactamente la hora porque vivimos uno de esos raros momentos en que podemos permitirnos el lujo de quitarnos el reloj de la muñeca cuando estamos juntos. El hijo de Elma ha salido con su mochila de fotógrafo a la espalda y su cámara digital Lumix, regalo de cumpleaños, colgada al cuello. Está decidido a aprender su manejo por la vía experimental empírica, como ha aprendido casi todo, que le cuesta mucho estudiar teorías. Se supone que va a hacer fotos nocturnas con su amiga Nuria. Amiga es como la define, y de hecho, que nosotros sepamos, ella tiene otro novio, pero estando en casa les hemos oído hacer el amor, cosa de los pisos pequeños y los tabiques de cartón, y Elma está preocupada por él, porque aunque no lo admita se ve que entre ellos algo que huele a podrido, a relación sucia, oscura y enmarañada.

 

Juntos en la cocina, la ayudo a cortar el pan y untarlo de tomate. Sobre esa base, una cena fría a base de cecina traída de León y queso ácido, montañés, del pueblo de Elma, todo bien regado con un tinto Ribera del Duero de mucho cuerpo, casi áspero, ideal para redondear estos sabores. ¿Creéis que es una cena Folklórica? Yo casi mejor la definiría como Étnica...

 

La buena carne curada, el áspero pero sabroso queso y sobre todo el recio vino castellano nos desatan la lengua y las emociones. Me confiesa en alta voz los miedos sobre su hijo que yo le he adivinado, y hablamos largo y tendido, a partir de ahí, sobre nuestras familias, nuestros trabajos, que el mío zozobra en el caos organizativo y el suyo peligra por el tormentoso divorcio del dueño de la empresa, y por supuesto también sobre nosotros mismos, nuestros sentimientos y expectativas. Hablamos como hacía tiempo que no hablábamos, hasta bien entrada la madrugada, hasta que su hijo regresa por fin, aparentemente exhausto y diciendo estar cansadísimo de hacer fotos aunque la cara de haber echado tres polvos no se la salta un gitano.

 

Nos acostamos nosotros también, una madrugada más juntos en Santa Eulalia, y su cuerpo junto al mío, su respiración en mi cuello, el olor de su pelo y la tibieza de su epidermis hacen el resto. Pronto nos entrelazamos, las piernas enredadas, su lengua buscando la mía y nuestras manos explorando incansables el territorio conocido y querido de la anatomía del otro.

 

La luz de la mañana, algo neblinosa, ya no veraniega, nos despierta. Desayunamos en mi bar favorito, que a nadie más parece gustarle, y paseamos sin rumbo por el barrio, sin más propósito que disfrutar de nuestra mutua compañía el máximo tiempo posible. Hace sol, y aunque el aire es algo fresco ha quedado un día agradable, otoñal, ideal para pasear en buena compañía.

 

Después, por la tarde, negros nubarrones acaban descargando lluvia con ganas, dando por terminada la fiesta, el fin de semana y el breve interludio romántico. Llueve con tal fuerza que Elma dice, mirando algo melancólica por los amplios ventanales de su salón, que tal parece que el cielo quiera limpiar los muchos pecados de la ciudad. Si es así se equivoca, le respondo. No hay bastante agua para eso.

8 Septiembre 2009

El sábado amaneció ventoso y nublado, y a las diez de la mañana, cuando llegamos a Sant Sadurní D'Anoia a comprar el vino para la comida, hasta hizo amago de llover. Pero, mientras esperábamos leyendo la prensa deportiva y bebiendo café muy cargado en el Bar Pont Roma que se reunieran todos los invitados, fue despejándose el día.

 

Compramos cajas de  vino en las Cavas Blancher como para un escuadrón de cosacos, y luego, guiados por Gran Pau, jefe de Elma y organizador del evento, quien, a lomos de su poderosa Honda Shadow Sabre VT1100C, encabezaba la marcha, nos convertimos en serpiente multicolor de vehículos que recorríamos a buen ritmo las carreteras rurales que enlazan Sant Sadurní D'Anoia con Sant Pere de Riudebitlles y Cabrera de Igualada. En una urbanización de cierto lujo ubicada entre esas tres poblaciones, Gran Pau tiene una enorme casa dispuesta en terrazas a lo largo de la ladera de un pequeño barranco al fondo del cual discurre un bravío riachuelo.

 

Ignacio y Ernestina, los guardeses que cuidan de la casa, ya habían abierto el fuego y dispuesto la carne en las parrillas, prestos a empezar la costellada en cuanto llegáramos. Éramos veintiocho comensales en total, contando criaturas, los empleados de confianza de Gran Pau y sus respectivas familias. Pronto el humo blanco de la chimenea se elevó en el cielo ya resplandeciente de mediodía, y el olor a carne braseada lo impregnó todo. Panceta, costillas de cerdo, choricitos, salchichas y cordero se asaron a fuego muy lento y se sirvieron bien regados con vino tinto de la tierra. Cominos hasta hartarnos, y sobró. El grupo lo formábamos, cual pequeña ONU, gente de tan diversa procedencia que se entremezclaban en la conversación ya de por sí bastante animada por el vino modismos y palabras características de las cuatro esquinas del mundo. El dulce acento argentino de Spezia se complementaba con el gracioso gesticular de su novio napolitano, Seppe. El musical gaditano de Ina y Frasquito se contraponían al serio catalán de Gemma y Dídac, el español meloso del colombiano Johnny era respondido en gutural y seco hispano ruso por Dmitri. Levísimos, pero identificables, el sibilante rumano de Corina y el acelerado rastro gallego del hablar de Elma. Y aún más, fijándose. Gran Pau es extremeño, Remy peruano, Nora dominicana... ¿Podría haberse dado mayor variedad en tan poco espacio? Sinceramente, creo que no.

 

El sol de media tarde, bajando hacia el ocaso, arrancaba destellos cobrizos a las copas verdes y frondosas de los numerosos árboles del pequeño valle. Casi todos, vencidos por el sofocante calor, la pesada comida y el exceso de alcohol, dormitaban tendidos donde podían. Ina, con su pequeño Unax en brazos, en una hamaca que años atrás Gran Pau trajo de Isla Margarita. Elma y Corina, pegadas más que abrazadas, compartían tumbona. También comprartían banco de madera Spezia y Seppe, y Nora, más abajo, casi junto al caudal del río, se había tendido directamente en el suelo sobre una manta. Solo un pequeño grupo entre los que me contaba seguíamos charlando, bebiendo, y de vez en cuando aún picoteando de alguno de los tres pasteles de Ernestina (el de chocolate con piñones emborrachado de brandy, indescriptible...) Aunque tocamos temas comprometidos, como la monarquía o el concepto mismo de estado, que Dídac, militante de Esquerra Republicana, defendió las posturas de su partido, y las tuvimos tiesas con semejantes temitas, nadie perdió la educación ni la compostura, y eso que llevábamos muchos litros de alcohol en las venas. Algo de lo que podrían tomar nota muchos de los que debaten profesionalmente, perdiendo las formas a cada momento.

 

La conversación se alargó más allá de la caída del sol, cambiando de la política a lo esotérico (Tal vez sea solo otra forma de lo mismo), ya con todo el mundo despierto. Finalmente, dado lo avanzado de la hora, decidimos quedarnos a cenar allí mismo, Ernestina, con nuestra ayuda voluntaria, elaboró tres tortillas de ocho huevos cada una, y acabamos llegando Elma y yo a nuestra casa pasadas las doce y media de la noche, cansados, algo borrachos (ella más que yo) y tremendamente felices...

2 Septiembre 2009

No me gusta despedirme a la francesa, nunca lo hago, y menos aún de quien siempre ha abominado de los que desaparecen en silencio, como ladrones huyendo en la madrugada. Así que he ido al barrio de Gràcia y he subido, supongo que por última vez, la empinada y desigual escalera que lleva al inmenso aunque destartalado piso reconvertido en academia donde tantas y tan intensas tardes he pasado estos últimos años. La vida sigue, y un nuevo grupo ya esperaba iniciar su sesión semanal, por eso he ido a primera hora, antes de que empezara, para no molestar.

 

No ha sido como esperaba, aunque no sé tampoco qué esperaba. Son muchos años, muchos momentos de una especial intensidad. Aunque solo nos viéramos una vez a la semana, hemos compartido un arduo camino y eso une muchísimo. Ha sido un buen preparador. Conozco bien la fauna que habita el mundillo de las academias de preparación de oposiciones y él es gloria bendita comparado con la mayoría de los otros. Con él he aprendido más derecho que en la facultad, sin mencionar otras lecciones útiles para la vida más que para la oposición. Ha sido un maestro, un verdadero maestro, de los pocos que he tenido dignos de ese calificativo. Sin embargo hoy... No sé.

 

Comprendo que debe dedicarse a los que se están preparando ahora mismo, a los que están en capilla ante un examen inminente. Eso es lógico. Pero tantos años, tantas emociones y tanta mierda también, tanto de todo, y tan intenso, ¿Puede acabarse con un lánguido apretón de manos, un amago de palmadita en la espalda y un impersonal "estamos en contacto"? Yo diría que no. Diría que me parece extraño y que me sabe a poco. Pero como ya sé que la vida reparte las cartas y no siempre (casi nunca) está uno conforme con la mano que le toca en suerte, pues oye, esto es lo que hay, hasta aquí hemos llegado, y la cosa no da para más.

 

De momento, nuestros caminos se separan. Espero de corazón que le vuelva a encontrar en mejores circunstancias, en cualesquiera otras al menos que nos permitan conversar decentemente, para poder preguntarle mirándole a la cara si realmente hoy pasaba algo que le impedía estar por la labor, o es que todo, su amistad, su liderazgo, su dedicación, todo, ha sido humo y fuegos fatuos.

25 Agosto 2009

El cielo está encapotado, gris y desapacible en esta tarde de sábado. La niebla envuelve la cercana cumbre del Silvouta, formando un paisaje penumbroso más propio de marzo que de agosto. Mientras llevo a Elma de la mano por el empinado camino que lleva a la pequeña capilla de los Remedios, un aire frío se me cuela por entre las costuras de la camisa. Pero no es el frío sino el ambiente lo que me hace estremecer.

 

Aunque no se han puesto avisos ni hecho recordatorios en misas y otros actos litúrgicos, una verdadera multitud se ha reunido a las puertas de la capilla en respetuoso silencio. Representantes de absolutamente todos los clanes de las montañas han hecho acto de presencia en la aldea, e incluso los clanes y familias tradicionalmente enfrentados, Tixuanas y Corradas, Barreiras y Palleiros, han dejado por este sábado de lado sus seculares rencillas para compartir el sentido recuerdo al difunto padre de Elma.

 

Llegamos por fin los miembros del clan Chaos al completo, arropando a Granelma, la madre de Elma. Son las mujeres de la familia quienes ocupan el único banco de madera de la diminuta capilla. A ambos lados de la matriarca, sus hijas Irma y Elma, tan parecidas y tan radicalmente diferentes, y en el extremo de la derecha su cuñada Maricari. Detrás, en pie, los hombres del clan, entre los que ya es obvio que me cuento. Y detrás nuestro, la marabunta de gente que abarrota el poco espacio libre y aún espera fuera de la capilla, pues no caben todos dentro.

 

El anciano párroco de Navia abrevia la liturgia temiendo que la acumulación de gente y la mucha emoción acumulada hagan mella entre alguno de los feligreses, no sin hacer antes una sentida homilía recordando a quien fuera patriarca de los Chaos y líder de los montañeses, homilía en la que pone mucho de sí mismo, de sus recuerdos y añoranzas, sin dejar tampoco de mencionar al también difunto Jorge, hijo mayor del homenajeado.

 

Después, al salir, Granelma y por extensión el resto de miembros del clan recibimos  las condolencias de todas y cada una de las familias de la comarca, que allí no falta nadie desde Paradela a Piornedo. Sentidas expresiones de afecto mostradas tanto en palabras como en forma de roscas y dulces caseros que nos regalan como inmemorialmente se ha hecho en estos casos. Una lluvia finísima ha empezado a caer sobre nosotros, y alguien dice, creo que acertadamente, que hasta las montañas lloran emocionadas.

 

Más tarde, mucho más tarde, estoy sentado con Elma en el vetusto banco de madera que preside la cocina de casa de sus padres, comiendo de una de las varias roscas caseras que nos han regalado. Elma está seria y callada. "¿En qué piensas?" le digo. "En lo mucho que quería la gente a  mi padre". No sé qué decir, así que solo le cojo de la mano, sin querer romper un silencio que me parece sagrado. Elma entonces me mira a los ojos, con ese brillo de hoguera que tan bien conozco refulgiendo en los suyos. "Me alegra que estés aquí conmigo", me dice. La abrazo y siento sus lágrimas mojando mis mejillas. "Y a mí me alegra poder estar, cielo, me alegra poder vivirlo a tu lado".

11 Julio 2009

Un viernes por la noche, Santa Eulalia hierve de vida en sus calles, barrio populoso como es. En la Plaza Escorça los niños juegan hasta tarde, liberados ya de sus obligaciones escolares hasta el próximo Septiembre. En uno de los bancos de la plaza, el más apartado de la luz, un numeroso grupo de adolescentes practican el inmemorial rito del cortejo, las chicas sentadas en el banco de madera examinando sonrientes a los chicos, que evolucionan frente a ellas, pavos reales en pleno baile nupcial. Parejas de todas las edades, con o sin niños, pasean abrazadas o cogidas de la mano. Las terrazas rebosan gente, sobre todo la de la Casa de Galicia, llena hasta la bandera y con los camareros yendo y viniendo sin dar abasto a llevar y traer tapas de pulpo a feira, berberechos al vapor y las demás típicas gallegas.

 

Elma y yo paseamos por esa acera, cogiendo mi mano derecha su mano izquierda, pues en la otra aún se ayuda de una muleta, más por seguridad que por otra cosa, que en casa ya anda sin ellas. Así cogidos seguimos Carretera de Santa Eulalia abajo, hasta doblar a la derecha por la Avenida Metro, donde también hay muchas terrazas. La corta avenida hace una fuerte pendiente desde la estación de metro de Santa Eulalia y las escaleras del Puente de la Torrassa. Los skaters se deslizan por la calzada sobre sus tablas a gran velocidad, jugándose el tipo entre la gente y los coches. El bullicio es enorme. Hay una cierta competencia por ocupar alguna de las pocas mesas vacías, y nos sentamos adelantándonos a otra pareja que nos mira con mal disimulado encono. Paciencia, que en cinco minutos queda libre la mesa de al lado... También aquí los camareros van y vienen a toda máquina con los pedidos.

 

Tú y yo nos lo tomamos con calma. Bebemos y hablamos despacio. Disfrutamos de la mutua compañía después de dos días sin vernos. Saboreamos las palabras del otro aún más que saboreamos la helada cerveza que nos han servido. Pongo mi mano sobre las tuya y tú con la mano libre me acaricias la mejilla. El sol cae con parsimonia tras los tejados de Santa Eulalia, y cuando nos levantamos de la mesa, rápidamente ocupada por otro grupo deseoso de comer y beber, ya es noche cerrada.

 

Paseando de vuelta a tu casa aún hay bastante gente en la calle. Se nota que es viernes y que es verano. Casi todo el mundo sonríe. Yo me siento bien, muy bien.

 

Después, en tu casa, esas sábanas blancas inmaculadamente limpias, y ese camisón azul claro casi transparente, y el sabor de la cerveza en tus labios, y el calor de tu cuerpo contra el mío...

 

De madrugada, el insomnio me tiene despierto mientras tú duermes profundamente a mi lado, algo agitada. Debes tener un mal sueño. Me vuelvo hacia ti y con cuidado de no despertarte acaricio tu frente, apartando los rizos pelirrojos que casi la ocultan. Después te doy un beso en ella, mientras te sigo acariciando los pómulos. Tu ritmo respiratorio se normaliza poco a poco, y te dejo dormir tranquila. Me pregunto qué habremos hecho para merecer esta felicidad que no a todo el mundo le es dada, y hasta cuando nos durará.

 

La ilustración procede de la enorme galería de Anime Galleries pero no he podido averiguar a qué historia manga o anime pertenece.