I
El Primer Nivel de Edificación, la parte más podrida de Barcinova, lo poco que se salvó de la antigua ciudad que fue. Aquí la polución ha enfermado los materiales hasta convertir lo que antes fue una calle peatonal en una charca de asfalto semilíquido sobre el que chapotear más que andar. Flota en el aire un hedor a podredumbre, a excrementos tóxicos, a suciedad secular, a soledad de moribundo. Muchas de las estrechas calles que formaban el Barrio Gótico, rodeando la antigua catedral católica, están ahora impracticables. Sus vetustas construcciones se han derrumbado, anegando por completo de ruinas y cascotes las angostas calzadas. Un puñado de edificios se mantienen sin embargo erguidos en medio del desastre, desafiando el paso del tiempo, la concatenación de cataclismos y el devastador efecto de la lluvia ácida, conservados y rehabilitados por los invisibles habitantes del solo aparentemente deshabitado Nivel. Uno de estos edificios, que fuera museo arqueológico en la extinta Barcelona, adosado al último paño de pared que queda en pie de la muralla romana, milenaria superviviente de todas las devastaciones imaginables, luce al lado de la recia puerta de entrada de doble hoja una discreta placa de metal dorado en la que puede leerse en letras grabadas en rojo un solo nombre: "ARCADIA".
En los completos archivos de la Secretaría del Consejo de los Cien consta efectivamente la existencia de una Asociación Cultural llamada ARCADIA, dedicada según declaración jurada de sus socios fundadores al estudio y conservación de las viejas tradiciones agrícolas y pastoriles perdidas por la extrema desertización que ha acabado por esterilizar completamente casi todo el suelo del planeta y por el desarrollo de técnicas de sintetización de nutrientes que no hacen necesario seguir produciendo alimentos biológicos. Consta en esos mismos archivos que la asociación se subdivide en Fraternidad del Arado dirigida por un Sembrador y Hermandad de la Guadaña comandada por un Segador. Ambos cargos, mera representación simbólica de los olvidados ciclos de la cosecha, son vitalicios. Sembrador y Segador reunidos conforman el máximo órgano rector de la entidad, la Junta de Plantadores.
Los archivos de Consejo de los Cien son exactos pero terriblemente incompletos. ARCADIA no solo se dedica a estudiar el pasado, procura enmendar el presente para asegurar y mejorar el futuro. Siembra buena semilla y la cuida para que crezca y se multiplique en el ambiente hostil de la ciudad corrupta, y también siega cuando conviene las malas hierbas que podrían ahogar el recién nacido plantío hasta convertirlo en estéril yermo. ARCADIA, poco a poco, lenta pero inexorable, discreta pero decidida, ha ido formando un Reino Oculto paralelo al Estado oficial.
II
¿Tienes miedo, Kira? Una veterana de guerra como tú no debiera tenerlo. Has visto y sufrido en tu propia carne lo que la barbarie deshumanizada de la masa convertida en tropa es capaz de hacer, ¿te vas a asustar ahora de unos cuantos sillares de piedra maciza, por fríos y tenebrosos que sean? No deberías, Kira, tú sabes que no. Además, has venido aquí voluntariamente, ¿no es así? Has sido tú quien ha pedido ser recibida y admitida. Tal vez sea ésta tu última oportunidad en Barcinova antes de marchar al destierro voluntario o caer en alguna solución desesperada como la piratería o las sectas. La vida no te ha sonreído precisamente desde tu regreso del frente, malherida y expedientada, ¿verdad?
No, la vida no te ha sonreído en absoluto, bien al contrario, te ha mostrado su más hosca y burlona faz. Licenciada con Deshonor. Esas tres palabras al final de tu expediente militar te han cerrado todas las puertas. En una ciudad-estado donde el servicio público es el único camino hacia la plena ciudadanía de quienes viven bajo la cúpula, donde el interés colectivo expresado en las sabias directrices del Consejo de los Cien está y estará por encima de ningún interés personal, el fracaso expresado en esas tres palabras es inaceptable ¿Quién se fiará de ti? Si no has sido capaz de llevar a término la misión que la sacrosanta ciudad te encomendó, misión por la que hubieras debido sacrificar cuanto posees, incluida tu patética vida, ¿Qué otra misión va a encargarte nadie, cual será lo bastante fácil y anodina como para que no importe si la realizas bien o mal? Se te han cerrado para siempre las puertas de la cúpula, y no solo eso, te has condenado tú misma a ser una marginada, una paria social relegada a los primeros niveles y los trabajos que nadie más quiere. Trapicheas, malvives como una mendiga mal alimentada. Alguien te habló de ARCADIA. Alguien te dijo que tal vez, solo tal vez, pudieras ser recibida y amparada en su seno, que a cambio debías ofrecer plena dedicación. Esas dos palabras resuenan en tu mente. No paras de darles vueltas mientras esperas ser llamada. Plena dedicación es una ambigua expresión que dice mucho y nada a la vez. Plena dedicación puede incluir lo que eres y todo lo que tienes. Sonríes mientras las lágrimas afloran a tu rostro. Nada tienes, y si algo eres es una pordiosera. Que se lo queden todo, no tienes nada. Ni siquiera ya nada que perder.
III
La puerta de madera centenaria se abre de pronto, interrumpiendo tus cavilaciones. Dos acolitas angelicalmente vestidas de blanco te franquean la entrada a la gran Sala Sacra. El espacio rectangular acoge las grandes reuniones y actos solemnes de la entidad, allí se juntan en asamblea todos los miembros cuando el caso lo requiere. Los del Arado a la derecha, bajo el Sol de Oro. Los de la Guadaña a la izquierda, bajo la Luna de Plata. A lo largo de la pared del fondo hay un enorme tapiz con aspecto antiguo: Un arado y una guadaña cruzados en aspa en sus puntos medios, entrelazados por los tallos de rojas amapolas. Bajo el tapiz, un único y enorme mueble en forma de triángulo equilátero, tallado en oscura madera de nogal, se apoya en el suelo de mármol y eleva su vértice hasta media pared. En el triángulo hay tres sitiales. Uno arriba, justo bajo el vértice, y otros dos uno a cada lado de éste, metro y medio por debajo. Ahora, solo uno de los tres está ocupado, el más elevado y mejor labrado.
Se sienta allí un hombre menudo pero fibroso, con fuerte voluntad reflejada en el brillo de sus ojos ambarinos y el rictus decidido de su boca imperiosa. El hombre que será tu amo, Kira, lo sabes, ¿verdad? Le reconoces de vista. Un nombre, su nombre, acude a tu mente. Emiric. Uno de los Cien. Uno de los pocos que viven bajo la cúpula. El que se ha mantenido firme en las sombras mientras brillantes pero falsas luces de igualmente falsas creencias extendían sus alas de buitre hambriento sobre la ciudad. El que ha crecido en valor y determinación a medida que sus enemigos crecían en prestigio y poder. El creador de ARCADIA, que ocupa el cargo de Cosechador, cargo que no consta en los archivos siendo realmente el principal. Emiric, Regente del Reino Oculto.
A sus pies, sentada en el suelo meciendo dulcemente una cuna mientras canturrea una antiquísima nana con los ojos entrecerrados, está Negrella, quien parece haber perdido por completo la razón. Conoces su historia, Kira, aunque sea la primera vez que la ves. Incapaz de asimilar que todo el que la ama muera, su negro destino, al que solo Emiric parece inmune, Negrella, madre de la Diosa, se ha refugiado en un paraíso artificial creado por su mente enferma. La Niña Diosa... No está ya en la cuna, como Negrella parece creer. Aidaria tiene diez años y se sienta con descaro en uno de los brazos del sitial ocupado por su padrastro, dejando colgar descuidadamente las piernas. Está completamente desnuda, a excepción de los signos cabalísticos pintados con tinta roja sobre su nívea epidermis y de la larga cabellera que le llega hasta las rodillas, cubriendo con ella, como nueva Lady Godiva, sus zonas pudendas. A los catorce meses, cuando en teoría no sabía hablar, se descolgó una tarde recitando de corrido párrafos enteros del Libro de Zohar en hebreo original, y fórmulas olvidadas de los Misterios Eleusinos en griego antiguo. A los dos años justos, cuando también en teoría aún no sabía escribir, Emiric descubrió que la niña llevaba un cuidadoso diario personal de su vida en curiosa mezcla de sánscrito con jeroglíficos olmecas. La pequeña Aidaria ha sido instruida en artes y en ciencias por los mejores disponibles, en un intento algo desesperado por transmitirle en apenas ocho años todo el saber acumulado durante generaciones, desde la anatomía patológica hasta la ingeniería aeronáutica, desde la filosofía clásica hasta los conocimientos gnósticos y cabalísticos. Emiric ha decidido que debe completar su instrucción antes de los trece años. Porque cuando Aidaria llegue a la pubertad, se supone, alcanzará la plenitud de sus capacidades, y debe estar preparada.
-Así que deseas ser súbdita del País de la Penumbra...
Emiric habla despacio, moviendo apenas la boca entreabierta en una sonrisa que tiene mucho de cínica. Sus ojos clavados en los tuyos te aturden un poco ¿verdad? Es como si un scanner te examinara. Caes de rodillas ante el trono, cabizbaja, y te alegras de poder apartar así su mirada de ti.
-Sí. Acógeme y te serviré bien y fielmente en próximas cosechas...
-Te has aprendido la fórmula ritual... Conozco por qué vienes a mí. Me gustaría que me explicaras por qué debo admitir a una traidora.
Esa palabra, traidora, te remueve dolorosamente las entrañas. Alzas el rostro y te encaras de nuevo con él, iracunda, ya sin temor.
-Soy muchas cosas pero no una traidora. ¿Traidora a qué o a quién?
-A tus compañeros según parece. Asesinaste a dos de ellos a sangre fría. Por eso se te licenció con deshonor de la hueste de la ciudad. Solo anteriores méritos de guerra impidieron tu ejecución...
La risa acude para tu propia sorpresa. Una risa quebradiza y triste.
-No me ejecutaron, no, me convirtieron en una muerta en vida. Hubiera sido mejor lo otro, al menos más rápido... Respecto a esos hombres que maté, solo fue uno en realidad. Y aunque sirvieran en la hueste no eran mis compañeros.
Emiric echa fuego por sus pupilas y agarra los pomos plateados de los brazos de su sitial con gesto agarrotado. Está furioso.
-Hablas demasiado orgullosamente para hallarte en la situación en que te hallas. Has cometido una terrible falta, y ni siquiera muestras contrición ni arrepentimiento. Lejos de eso te regodeas en tu delito, presumes de él. No eres nada, menos que nada, y no lo serás nunca. ¡Vuelve al lodo de donde no debiste salir!
Emiric no necesita siquiera hacer un gesto para que las dos acolitas que te abrieron la puerta acudan presurosas. Te incorporas con un salto felino, temiendo ser atacada por ellas, y jurándote que te irás por tu propio pie pero no permitirás ser expulsada violentamente. De pronto una voz dulce pero firme resuena en la sala.
-Me gusta.
Emiric gira la cabeza estupefacto, y las acolitas detienen su carrera y se dejan caer de bruces al suelo como si hubieran sido fulminadas. Son rarísimas las ocasiones en que la Niña Diosa habla en público.
-Perdona... ¿Qué has dicho? - pregunta un Emiric titubeante.
Aidaria mira a su padrastro con gesto cansino, y luego gira de nuevo su rostro hacia ti. Su mirada gris acero brilla cual plata bruñida.
-Que me gusta. Habla con verdad. Será una buena segadora.
Emiric duda apenas cinco segundos, y luego, vuelto hacia ti, parece resignado aunque no convencido. Pero recita su parte de la fórmula.
-Te recibo en la Hermandad de la Guadaña. Solo a ella servirás de hoy en adelante hasta el fin de tus días. Que la siega sea fructífera, y la cosecha abundante, hermana.
No hay felicitaciones, ni bienvenidas, ni una sola palabra amable. Emiric no lo tiene claro y solo por no contrariar a la Niña Diosa, algo impensable, ha aceptado. Pero Kira, fíjate bien... ¿Es una torva sonrisa eso que dibuja la párvula boquita de Aidaria?
La ilustración se titula "Warrior King", de Darrin Jon Ybarra.
Sangre, fuego, lodo. El mundo, inesperadamente, se anegó en ellos. Desde sesudos científicos en sus laboratorios ultra secretos a falsos profetas apocalípticos en sus canales televisivos lo habían predicho, pero cuando por fin ocurrió nadie supo cómo evitarlo, y ni un solo líder mundial estuvo a la altura de las excepcionales circunstancias. La civilización que dominó el planeta más de dos mil años cayó herida de muerte en un solo y violento estertor agónico, y con ella fueron decenas de millones las vidas segadas de improviso por el agudo filo de la misma guadaña. La tecnología no bastó para evitarlo, para salvar al ser humano de la venganza de la naturaleza. Nunca nadie supo qué había pasado exactamente, nadie quedó capaz de investigar y averiguar las causas y motivos del desastre. Los que vivieron para contarlo se referían a aquellos días como La Caída, y a nadie le importaba por qué había ocurrido, estaban demasiado ocupados tratando de sobrevivir.
Frío. Es la sensación que impera, que se impone a todas las demás. Un frío intenso que entumece tus músculos y pinza dolorosamente tus nervios hasta embotarte el cerebro. Las botas chapotean sobre el agua enfangada que inunda el suelo de roca mohosa, empapadas al igual que lo que queda del desgarrado uniforme, solo jirones de tela. Tu pelo rubio, sucio y estropajoso, encrespado por la humedad, roza la bóveda de arco de medio punto que cierra por arriba el angosto pasadizo por el que avanzas. Casi no cabes en él, y sabes que puede estrecharse aún más en cualquier momento. Pero no puedes volver atrás, como tampoco detenerte a descansar. Si te paras estás muerta. Así que sacas fuerzas de flaqueza y sigues, agotada y enfebrecida, pero aún no rendida. Aún no.
Duele. Duele muchísimo, más de lo que nunca ha dolido nada antes. Las lágrimas caen sobre el último resto de whisky del vaso de tubo, mezclándose con el licor aguado por el hielo fundido. Lo bebe de un trago, sin reprimir el gesto de disgusto por el fuerte sabor a madera. Nunca le ha gustado el whisky, no está acostumbrada a beber. Pero qué más da, que importa ya nada, si esta es la última tarde de todas. Está borracha, muy borracha, pero también a la vez increíblemente lúcida, dueña de una determinación que desconocía que tuviera. Con mano algo temblorosa se aparta de la cara el lacio pelo castaño, y el espejo del baño le devuelve la imagen de un rostro demacrado y lloroso que apenas reconoce como el de ella misma. Irritada, arroja el vaso contra el espejo con todas sus fuerzas, convirtiéndolo todo en un mar de brillantes esquirlas cristalinas derramado sobre la pica. Un trozo algo más grande que los demás tiene la forma aguda de un filo de daga, y a ella le parece una señal del cielo. O del infierno, que para el caso... Sira coge el cristal y lo examina con reverencia, sintiendo a la vez ansia y temor, y vuelve a depositarlo junto a los demás. Con un rápido gesto de sus hombros deja caer al suelo el camisón rosa de tirantes que lleva por única vestimenta. Entonces, ya totalmente decidida, toma de nuevo el cristal en sus manos, dirigiéndose a la bañera, ya llena a rebosar de agua tibia, ni fría ni demasiado caliente, perfecta. Se sumerge dejándose acariciar por la calidez del líquido elemento, y tras unos breves instantes apoya el filo del cristal primero contra una muñeca, luego contra la otra, y en ambas realiza sendos cortes profundos que rasgan carne y venas, músculos y tendones, hasta el hueso.
Noche de Noviembre, noche clara bajo la luna llena de Escorpio. Noche helada y ventosa, solitaria y cruel, repleta de malos augurios. Estoy cansado y ansioso. Llevo dos horas encajonado en el maldito asiento del Ford Focus, y deseo que todo acabe de una buena vez. Un escalofrío recorre mi espalda desde el coxis hasta las cervicales, y me subo las amplias solapas del cuello de la cazadora de cuero, como si eso fuera a servir de algo. Desde esta pequeña colina en la que estamos aparcados se domina perfectamente el gris paisaje de calles desiertas y naves medio abandonadas del polígono industrial, sí, pero al precio de quedar expuestos a las ráfagas de viento que buscan el mar desde los Pirineos, dejando una gélida estela a su paso. En un gesto apenas consciente aumento el volumen del equipo musical, desde el que la voz cavernosa y la mano lenta pero maestra de Eric Clapton desgranan cadenciosamente los acordes de Cocaine. Irritada, Trizi gira imperiosamente el mando, retornándolo al volumen mínimo.
Hace mucho que existe, aunque pocos la conocen. Quizás porque ha tenido muchos nombres. Quizás porque ella prefiere no ser demasiado conocida. Intuída en solitarias noches de luna llena. Temida bajo el ardoroso sol de Satán. Eso sí, pero no conocida, trivializada, comercializada, que sería tanto como decir, en cierto modo, prostituída. Otras se han prostituído en su nombre. Sí. Un aluvión de recuerdos acuden a su arcana mente. En su nombre, invocándola con reverencia, se practicaron por las más nobles mujeres de su época los más salvajes bestialismos sobre los altares de los templos de Babilonia. En su nombre otras bailaron desnudas en nidos de cobras, calmando a las serpientes solo con el rítmico sonido de los cascabeles encadenados a sus muñecas y tobillos. En su nombre alguna reina había sacrificado a su primogénito hijo varón degollándolo con un curvo puñal de plata, y cierto Rey había entregado a su hija aún impúber para ser brutalmente desflorada por los desalmados mercenarios de su guardia. Todo en su nombre. En su nombre un río de sangre manaba incesante por debajo de las calles de toda ciudad del mundo desde hacía cuatro mil años ya.