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La Coctelera

Categoría: Ficciones

30 Junio 2009

 I

El Primer Nivel de Edificación, la parte más podrida de Barcinova, lo poco que se salvó de la antigua ciudad que fue. Aquí la polución ha enfermado los materiales hasta convertir lo que antes fue una calle peatonal en una charca de asfalto semilíquido sobre el que chapotear más que andar. Flota en el aire un hedor a podredumbre, a excrementos tóxicos, a suciedad secular, a soledad de moribundo. Muchas de las estrechas calles que formaban el Barrio Gótico, rodeando la antigua catedral católica, están ahora impracticables. Sus vetustas construcciones se han derrumbado, anegando por completo de ruinas y cascotes las angostas calzadas. Un puñado de edificios  se mantienen sin embargo erguidos en medio del desastre, desafiando el paso del tiempo, la concatenación de cataclismos y el devastador efecto de la lluvia ácida, conservados y rehabilitados por los invisibles habitantes del solo aparentemente deshabitado Nivel. Uno de estos edificios, que fuera museo arqueológico en la extinta Barcelona, adosado al último paño de pared que queda en pie de la muralla romana, milenaria superviviente de todas las devastaciones imaginables, luce al lado de la recia puerta de entrada de doble hoja una discreta placa de metal dorado en la que puede leerse en letras grabadas en rojo un solo nombre: "ARCADIA".

 

En los completos archivos de la Secretaría del Consejo de los Cien consta efectivamente la existencia de una Asociación Cultural llamada ARCADIA, dedicada según declaración jurada de sus socios fundadores al estudio y conservación de las viejas tradiciones agrícolas y pastoriles perdidas por la extrema desertización que ha acabado por esterilizar completamente casi todo el suelo del planeta y por el desarrollo de técnicas de sintetización de nutrientes que no hacen necesario seguir produciendo alimentos biológicos. Consta en esos mismos archivos que la asociación se subdivide en Fraternidad del Arado dirigida por un Sembrador y Hermandad de la Guadaña comandada por un Segador. Ambos cargos, mera representación simbólica de los olvidados ciclos de la cosecha, son vitalicios. Sembrador y Segador reunidos conforman el máximo órgano rector de la entidad, la Junta de Plantadores.

 

Los archivos de Consejo de los Cien son exactos pero terriblemente incompletos. ARCADIA no solo se dedica a estudiar el pasado, procura enmendar el presente para asegurar y mejorar el futuro. Siembra buena semilla y la cuida para que crezca y se multiplique en el ambiente hostil de la ciudad corrupta, y también siega cuando conviene las malas hierbas que podrían ahogar el recién nacido plantío hasta convertirlo en estéril yermo. ARCADIA, poco a poco, lenta pero inexorable, discreta pero decidida, ha ido formando un Reino Oculto paralelo al Estado oficial.

 

II

¿Tienes miedo, Kira? Una veterana de guerra como tú no debiera tenerlo. Has visto y sufrido en tu propia carne lo que la barbarie deshumanizada de la masa convertida en tropa es capaz de hacer, ¿te vas a asustar ahora de unos cuantos sillares de piedra maciza, por fríos y tenebrosos que sean? No deberías, Kira, tú sabes que no. Además, has venido aquí voluntariamente, ¿no es así? Has sido tú quien ha pedido ser recibida y admitida. Tal vez sea ésta tu última oportunidad en Barcinova antes de marchar al destierro voluntario o caer en alguna solución desesperada como la piratería o las sectas. La vida no te ha sonreído precisamente desde tu regreso del frente, malherida y expedientada, ¿verdad?

 

No, la vida no te ha sonreído en absoluto, bien al contrario, te ha mostrado su más hosca y burlona faz. Licenciada con Deshonor. Esas tres palabras al final de tu expediente militar te han cerrado todas las puertas. En una ciudad-estado donde el servicio público es el único camino hacia la plena ciudadanía de quienes viven bajo la cúpula, donde el interés colectivo expresado en las sabias directrices del Consejo de los Cien está y estará por encima de ningún interés personal, el fracaso expresado en esas tres palabras es inaceptable ¿Quién se fiará de ti? Si no has sido capaz de llevar a término la misión que la sacrosanta ciudad te encomendó, misión por la que hubieras debido sacrificar cuanto posees, incluida tu patética vida, ¿Qué otra misión va a encargarte nadie, cual será lo bastante fácil y anodina como para que no importe si la realizas bien o mal? Se te han cerrado para siempre las puertas de la cúpula, y no solo eso, te has condenado tú misma a ser una marginada, una paria social relegada a los primeros niveles y los trabajos que nadie más quiere. Trapicheas, malvives como una mendiga mal alimentada. Alguien te habló de ARCADIA. Alguien te dijo que tal vez, solo tal vez, pudieras ser recibida y amparada en su seno, que a cambio debías ofrecer plena dedicación. Esas dos palabras resuenan en tu mente. No paras de darles vueltas mientras esperas ser llamada. Plena dedicación es una ambigua expresión que dice mucho y nada a la vez. Plena dedicación puede incluir lo que eres y todo lo que tienes. Sonríes mientras las lágrimas afloran a tu rostro. Nada tienes, y si algo eres es una pordiosera. Que se lo queden todo, no tienes nada. Ni siquiera ya nada que perder.

 

III

La puerta de madera centenaria se abre de pronto, interrumpiendo tus cavilaciones. Dos acolitas angelicalmente vestidas de blanco te franquean la entrada a la gran Sala Sacra. El espacio rectangular acoge las grandes reuniones y actos solemnes de la entidad, allí se juntan en asamblea todos los miembros cuando el caso lo requiere. Los del Arado a la derecha, bajo el Sol de Oro. Los de la Guadaña a la izquierda, bajo la Luna de Plata. A lo largo de la pared del fondo hay un enorme tapiz con aspecto antiguo: Un arado y una guadaña cruzados en aspa en sus puntos medios, entrelazados por los tallos de rojas amapolas. Bajo el tapiz, un único y enorme mueble en forma de triángulo equilátero, tallado en oscura madera de nogal, se apoya en el suelo de mármol y eleva su vértice hasta media pared. En el triángulo hay tres sitiales. Uno arriba, justo bajo el vértice, y otros dos uno a cada lado de éste, metro y medio por debajo. Ahora, solo uno de los tres está ocupado, el más elevado y mejor labrado.

 

Se sienta allí un hombre menudo pero fibroso, con fuerte voluntad reflejada en el brillo de sus ojos ambarinos y el rictus decidido de su boca imperiosa. El hombre que será tu amo, Kira, lo sabes, ¿verdad? Le reconoces de vista. Un nombre, su nombre, acude a tu mente. Emiric. Uno de los Cien. Uno de los pocos que viven bajo la cúpula. El que se ha mantenido firme en las sombras mientras brillantes pero falsas luces de igualmente falsas creencias extendían sus alas de buitre hambriento sobre la ciudad. El que ha crecido en valor y determinación a medida que sus enemigos crecían en prestigio y poder. El creador de ARCADIA, que ocupa el cargo de Cosechador, cargo que no consta en los archivos siendo realmente el principal. Emiric, Regente del Reino Oculto.

 

A sus pies, sentada en el suelo meciendo dulcemente una cuna mientras canturrea una antiquísima nana con los ojos entrecerrados, está Negrella, quien parece haber perdido por completo la razón. Conoces su historia, Kira, aunque sea la primera vez que la ves. Incapaz de asimilar que todo el que la ama muera, su negro destino, al que solo Emiric parece inmune, Negrella, madre de la Diosa, se ha refugiado en un paraíso artificial creado por su mente enferma. La Niña Diosa... No está ya en la cuna, como Negrella parece creer. Aidaria tiene diez años y se sienta con descaro en uno de los brazos del sitial ocupado por su padrastro, dejando colgar descuidadamente las piernas. Está completamente desnuda, a excepción de los signos cabalísticos pintados con tinta roja sobre su nívea epidermis y de la larga cabellera que le llega hasta las rodillas, cubriendo con ella, como nueva Lady Godiva, sus zonas pudendas. A los catorce meses, cuando en teoría no sabía hablar, se descolgó una tarde recitando de corrido párrafos enteros del Libro de Zohar en hebreo original, y fórmulas olvidadas de los Misterios Eleusinos en griego antiguo. A los dos años justos, cuando también en teoría aún no sabía escribir, Emiric descubrió que la niña llevaba un cuidadoso diario personal de su vida en curiosa mezcla de sánscrito con jeroglíficos olmecas. La pequeña Aidaria ha sido instruida en artes y en ciencias por los mejores disponibles, en un intento algo desesperado por transmitirle en apenas ocho años todo el saber acumulado durante generaciones, desde la anatomía patológica hasta la ingeniería aeronáutica, desde la filosofía clásica hasta los conocimientos gnósticos y cabalísticos. Emiric ha decidido que debe completar su instrucción antes de los trece años. Porque cuando Aidaria llegue a la pubertad, se supone, alcanzará la plenitud de sus capacidades, y debe estar preparada.

 

-Así que deseas ser súbdita del País de la Penumbra...

 

Emiric habla despacio, moviendo apenas la boca entreabierta en una sonrisa que tiene mucho de cínica. Sus ojos clavados en los tuyos te aturden un poco ¿verdad? Es como si un scanner te examinara. Caes de rodillas ante el trono, cabizbaja, y te alegras de poder apartar así su mirada de ti.

 

-Sí. Acógeme y te serviré bien y fielmente en próximas cosechas...

 

-Te has aprendido la fórmula ritual... Conozco por qué vienes a mí. Me gustaría que me explicaras por qué debo admitir a una traidora.

 

Esa palabra, traidora, te remueve dolorosamente las entrañas. Alzas el rostro y te encaras de nuevo con él, iracunda, ya sin temor.

 

-Soy muchas cosas pero no una traidora. ¿Traidora a qué o a quién?

 

-A tus compañeros según parece. Asesinaste a dos de ellos a sangre fría. Por eso se te licenció con deshonor de la hueste de la ciudad. Solo anteriores méritos de guerra impidieron tu ejecución...

 

La risa acude para tu propia sorpresa. Una risa quebradiza y triste.

 

-No me ejecutaron, no, me convirtieron en una muerta en vida. Hubiera sido mejor lo otro, al menos más rápido... Respecto a esos hombres que maté, solo fue uno en realidad. Y aunque sirvieran en la hueste no eran mis compañeros.

 

Emiric echa fuego por sus pupilas y agarra los pomos plateados de los brazos de su sitial con gesto agarrotado. Está furioso.

 

-Hablas demasiado orgullosamente para hallarte en la situación en que te hallas. Has cometido una terrible falta, y ni siquiera muestras contrición ni arrepentimiento. Lejos de eso te regodeas en tu delito, presumes de él. No eres nada, menos que nada, y no lo serás nunca. ¡Vuelve al lodo de donde no debiste salir!

 

Emiric no necesita siquiera hacer un gesto para que las dos acolitas que te abrieron la puerta acudan presurosas. Te incorporas con un salto felino, temiendo ser atacada por ellas, y jurándote que te irás por tu propio pie pero no permitirás ser expulsada violentamente. De pronto una voz dulce pero firme resuena en la sala.

 

-Me gusta.

 

Emiric gira la cabeza estupefacto, y las acolitas detienen su carrera y se dejan caer de bruces al suelo como si hubieran sido fulminadas. Son rarísimas las ocasiones en que la Niña Diosa habla en público.

 

-Perdona... ¿Qué has dicho? - pregunta un Emiric titubeante.

 

Aidaria mira a su padrastro con gesto cansino, y luego gira de nuevo su rostro hacia ti. Su mirada gris acero brilla cual plata bruñida.

 

-Que me gusta. Habla con verdad. Será una buena segadora.

 

Emiric duda apenas cinco segundos, y luego, vuelto hacia ti, parece resignado aunque no convencido. Pero recita su parte de la fórmula.

 

-Te recibo en la Hermandad de la Guadaña. Solo a ella servirás de hoy en adelante hasta el fin de tus días. Que la siega sea fructífera, y la cosecha abundante, hermana.

 

No hay felicitaciones, ni bienvenidas, ni una sola palabra amable. Emiric no lo tiene claro y solo por no contrariar a la Niña Diosa, algo impensable, ha aceptado. Pero Kira, fíjate bien... ¿Es una torva sonrisa eso que dibuja la párvula boquita de Aidaria?

 

La ilustración se titula "Warrior King", de Darrin Jon Ybarra.

19 Junio 2009

Sangre, fuego, lodo. El mundo, inesperadamente, se anegó en ellos. Desde sesudos científicos en sus laboratorios ultra secretos a falsos profetas apocalípticos en sus canales televisivos lo habían predicho, pero cuando por fin ocurrió nadie supo cómo evitarlo, y ni un  solo líder mundial estuvo a la altura de las excepcionales circunstancias. La civilización que dominó el planeta más de dos mil años cayó herida de muerte en un solo y violento estertor agónico, y con ella fueron decenas de millones las vidas segadas de improviso por el agudo filo de la misma guadaña. La tecnología no bastó para evitarlo, para salvar al ser humano de la venganza de la naturaleza. Nunca nadie supo qué había pasado exactamente, nadie quedó capaz de investigar y averiguar las causas y motivos del desastre. Los que vivieron para contarlo se referían a aquellos días como La Caída, y a nadie le importaba por qué había ocurrido, estaban demasiado ocupados tratando de sobrevivir.

 

Y los pocos supervivientes volvieron a sumirse en oscuras tinieblas, en la misma ciega barbarie que tantos siglos había costado superar. Y regresaron las antiguas costumbres solo en apariencia olvidadas. Cultos prohibidos, credos desterrados y creencias abandonadas se enseñorearon de las comunidades supervivientes, sumiéndolas en una nueva y terrible Edad Oscura. Huesudos dedos de nigromante trazaron en el aire cabalísticos signos de arcanos conjuros mientras airadas voces de predicadores proféticos fulminaban anatemas. Sacerdotisas vírgenes bailaron desnudas sobre altares tapizados de vísceras y barnizados con sangre humana. Tiranos ebrios de poder prostituyeron a sus hijas aún impúberes con los bárbaros generales de sus tropas mercenarias. Víctimas inocentes fueron descuartizadas en público para solaz de una enfervorizada plebe que aplaudía y pedía más y más, mientras niños de pecho eran entregados vivos al fuego en sangrientos rituales de invocación demoníaca. Todo lo inhumano en nombre y naturaleza campaba a sus anchas en el poco mundo que restaba habitado.

 

Las grandes metrópolis industriales que el mundo había conocido, sus populosos barrios populares, sus exclusivas zonas residenciales, aparentaron desaparecer, pero fue solo un espejismo. Los hombres arrancaron con sus manos desnudas el fango y la lava que el cielo había vomitado sobre ellas, y las desenterraron, refundándolas, reconstruyéndolas desde las ruinas, más cínicamente depravadas, más burdamente crueles de lo que habían sido nunca antes. Una pléyade de pequeñas ciudades-estado enzarzadas en perpetua guerra unas contra otras, tratando de hacerse con el control de los escasos recursos que aún atesoraba el planeta.

 

Pocos oasis de civilización lograron sobrevivir en las áridas llanuras del caos y la barbarie. Barcinova era uno de ellos. La gran ciudad levantada sobre los escombros de lo que tiempo atrás se había llamado Barcelona constituía una de las escasas reservas de memoria de cómo había sido el mundo antes de La Caída. En sus niveles superiores, una cúpula de material plástico la aislaba del casi irrespirable aire exterior, creando un microclima artificial de perpetua primavera. Muy pocos sin embargo disfrutaban del paraíso privado bajo la Cúpula. Para llegar allí había que ser Ciudadano de Primera Categoría y para serlo había que servir a la ciudad durante veinticinco años. Por muy civilizada que dijera y aparentara ser, Barcinova, regida con mano de hierro por el Consejo de los Cien, era un régimen político semejante al aire purificado de la Cúpula, agradablemente irreal: Democrático en la forma, totalitario en el método. No se permitían críticas ni disidencias. Los ciudadanos no tenían más aspiración que ir escalando puestos en la rígida escala social establecida, desde las categorías inferiores que habitaban los podridos barrios de los primeros niveles hasta los cada vez más limpios y cómodos barrios de los niveles superiores, las categorías sociales más altas, los más cercanos a la Cúpula. Una infranqueable muralla electrónica aislaba la ciudad de la salvaje rapacidad de las tribus que vivían a su alrededor en descampado, su ejército luchaba por el dominio del litoral mediterráneo con las ciudades-estado que existían a la ribera de ese mar, y a su puerto, el mayor puerto comercial en funcionamiento, arribaban mercancías de los cuatro puntos cardinales. La ciudad se financiaba sin problemas, dotando de recursos ilimitados a sus gobernantes, que mantenían al pueblo lo más aislado posible de contactos con el exterior, ajenos a cualquier influencia política, económica o religiosa, como si la Cúpula evitara el contagio de las ideas igual que evitaba el de los gérmenes.

 

La naturaleza vengativa, alterados sus ciclos lógicos por la mano del hombre, se rebelaba ahora sañuda contra él, sometiéndole a plagas incurables, degenerándole con malformaciones genéticas que daban lugar a seres aberrantes. La inmensa mayoría de seres humanos se habían hundido en la más absoluta barbarie, mientras solo un puñado de privilegiados mantenían viva la memoria del pasado en su torre de marfil mantenida a costa del sufrimiento de los demás. Y la sombra ominosa de un nuevo cataclismo iba cubriendo lenta pero inexorablemente todos y cada uno de los rincones de aquel planeta que una vez se había llamado Tierra.

 

Para ilustrar el relato pensé poner alguna infografía de ciudades pretendidamente futuristas que abundan en Internet. Sin embargo, viendo la magnífica galería de Stuck In Customs en Flickr, he preferido poner una ciudad real que bien podría ser imaginada. Hong Kong de noche, en una foto titulada "Electric City"

14 Junio 2009

Frío. Es la sensación que impera, que se impone a todas las demás. Un frío intenso que entumece tus músculos y pinza dolorosamente tus nervios hasta embotarte el cerebro. Las botas chapotean sobre el agua enfangada que inunda el suelo de roca mohosa, empapadas al igual que lo que queda del desgarrado uniforme, solo jirones de tela. Tu pelo rubio, sucio y estropajoso, encrespado por la humedad, roza la bóveda de arco de medio punto que cierra por arriba el angosto pasadizo por el que avanzas. Casi no cabes en él, y sabes que puede estrecharse aún más en cualquier momento. Pero no puedes volver atrás, como tampoco detenerte a descansar. Si te paras estás muerta. Así que sacas fuerzas de flaqueza y sigues, agotada y enfebrecida, pero aún no rendida. Aún no.

 

Una ráfaga de aire acaricia de pronto tu cara. Silba como un quejido lastimero, de alma en pena, a lo largo del claustrofóbico universo que te envuelve. Te detienes, jadeando de miedo, ira y nerviosidad. Perdiste el fusil al hundirte junto al suelo sobre el que caminabas cuando estalló el proyectil que mató a todos tus compañeros. Tu única arma es una pistola de pequeño calibre con una sola bala en la recámara que robaste al cadáver de un hombre no uniformado que hallaste flotando sobre las fétidas aguas de la alcantarilla en la que llevas viviendo dos días. Dos días sin comer, sin dormir, sin apenas detenerte, más que cuando el dolor en las piernas te impide dar un paso más y el agotamiento te nubla la vista.

 

Incesantes truenos apenas amortiguados por la distancia y las sólidas paredes de piedra te cuentan que el duelo artillero prosigue. Algo más cerca, justo encima de ti, armas automáticas de variados calibres interpretan solos de percusión de gran intensidad rítmica. La batalla continúa unos metros por encima de tu cabeza. A pesar de todo, quieres salir al exterior con toda tu alma. Afuera ya sabes lo que te espera, y no te asusta, le has perdido el respeto a la muerte. Pero esta soledad, este frío sobrenatural, este olor a podredumbre secular que se respira en las laberínticas galerías, todo esto te es más difícil de soportar, te transporta a las pesadillas de tu infancia, mostrándote unos terrores secretos que creías ya olvidados, pero que no, que han permanecido ahí, agazapados en los recovecos de la memoria, esperando un momento propicio como éste, para clavar en tu cerebro sus afiladas garras. Por primera vez desde tu bautismo de fuego, desde el horror indescriptible de aquel primer combate, el miedo te atenaza por completo.

 

Ruido al fondo. Sí, indudablemente. Al llegar al cruce entre dos de los túneles lo has oído con nitidez. No el leve murmullo del agua fluyendo. Tampoco los agudos chillidos de las ratas cuyo reino estás explorando. Ni siquiera el inesperado aullar de una ráfaga de viento, y mucho menos el eco de los combates que continúan y continuarán hasta reducir la otrora próspera ciudad comercial a cenizas. No. Ahora estás segura. Ahora sabes que no estás sola.

 

Tu espalda se pega a la pared, carne y sangre queriendo fundirse con roca y argamasa. El ruido se hace más nítido a cada instante. Sea quien sea, se acerca. Los dedos de tu mano derecha se agarrotan sobre el arma. Una sola bala, una sola oportunidad. Te ocultas tras un recio pilar que debería disimular tus formas. Tu mente, vencida por el cansancio y el miedo, te hace imaginar alucinantes monstruos acechándote. Pero no es un monstruo, sino otra mujer, la que pasa cautelosamente junto a ti, sintiéndote sin verte. La certeza de  no haber sido descubierta y el que solo tengas una bala te decide a usar la pistola solo como objeto contundente. Aprovechando la ventaja de la sorpresa la agarras por detrás, pero ella, rápida de reacciones, trata de zafarse. Sus extremidades se tensan bajo tu peso cuando rodáis sobre el fango y las inmundicias que cubren el suelo. Recibes varios golpes despiadados en las costillas que casi te dejan sin respiración, y respondes igual de despiadadamente alzando la mano armada y descargándola con brutalidad donde intuyes más que ves su cabeza. Golpeas una, dos, tres veces, hasta que los brazos de tu oponente quedan inmóviles.

 

Con suma prudencia te alejas unos centímetros sin dejar de encañonar el cuerpo inerte. Lleva uniforme. Un uniforme enemigo aún más harapiento que el tuyo, que deja al descubierto buena parte de su piel marfileña, cubierta de llagas y moratones. En una de sus mangas luce el símbolo de la llama negra sobre fondo rojo con el lema "Arditi" bajo el león plateado de San Marcos, y la sangre te hierve al verlo. Fuerzas Especiales, lo peor de lo peor entre los enemigos...  Le apartas el pelo azabache, sucio y enredado como una fregona usada. Es muy joven, más que tú, rozará los dieciocho años. Su rostro ovalado de suaves formas mediterráneas está cubierto de suciedad, costras de sangre seca y brillantes máculas de sangre fresca en los lugares donde acabas de golpearla. Un somero registro te indica que no lleva encima ningún arma.

 

Cuando le arrojas a la cara la maloliente agua fecal de la alcantarilla empieza lentamente a reaccionar, abriendo sus grandes ojos negros tras una serie de gemidos entrecortados, tardando en recobrar la plena consciencia. Al tratar de incorporarse, el cañón de la pistola queda justo frente a su rostro, y no puede reprimir una exclamación de sorpresa. Te mira a la cara con expresión dubitativa, y luego vuelve a concentrar su mirada en el arma que la amenaza.

 

-Como militar al servicio de la Señoría de Venecia, se te considera enemiga del Principado de Barcinova - pronuncias con cierta solemnidad, vocalizando mucho para tratar de hacerte entender - Por tanto eres mi prisionera. No hagas tonterías y yo tampoco las haré.

 

Levanta los hombros en un gesto ambiguo que lo mismo puede ser de asentimiento que de incomprensión, y vuelve a fijar en tu cara sus deslumbrantes pupilas, esta vez con cierto descaro.

 

-¿No te parece bastante tontería estar las dos aquí metidas como ratas? - pregunta hablando tu lengua con soltura, con solo un leve acento italiano.

 

Te cae bien, mejor de lo que debería, así que mejor no dialogar con ella. Con gestos le indicas que se levante y camine por delante de ti. Por supuesto que es una tontería estar aquí encerradas, pero no lo admitirás delante suyo. Le hundes la pistola entre las costillas, haciéndole así mantener una cierta distancia por delante que impida que trate de hacer nada, pero que la disuada a la vez de intentar huir.

 

Camináis lenta y silenciosamente durante varias horas más, hasta que un resplandor rasgando la penumbra al fondo anuncia que hay a lo lejos una salida del laberinto.

 

-¿Sabes lo que es eso?

 

-Hasta hace doce horas, nuestro puesto de mando. Fue por donde me metí en la alcantarilla cuando lo bombardeasteis.

 

-Y ahora, ¿Son posiciones de los míos o de los tuyos?

 

Ella se encoge nuevamente de hombros.

 

-Quien sabe... En realidad no importa, estamos condenadas a morir aquí. Nosotras, y los míos, y los tuyos y cualquiera que venga...

 

-Anda, no digas bobadas

 

-No son bobadas. Antes que nosotros, genoveses y pisanos, turcos y griegos, conquistaron la ciudad a sangre y fuego, pero ninguno pudo retenerla. Es una ciudad maldita, donde solo reina la muerte. Nadie puede salir vivo de ella.

 

¿Te inquietan sus palabras? Más de lo que quisieras reconocer. Por eso hundes aún más la pistola en su cuerpo, obligándola a caminar.

 

-Venga, vamos a ver quién hay ahí fuera...

 

Apenas el sol ciega momentáneamente tus ojos, desacostumbrados a la luz después de dos días enteros en penumbra, alguien te agarra por detrás, inmovilizándote. Una bota militar pisa tu muñeca, impidiéndote usar el arma que empuña esa mano. Tu prisionera es derribada de un violento empujón que le propina un hombre vestido de uniforme, un uniforme igual al tuyo.

 

-¡Eh, eh, joder! ¡Que soy de los vuestros!

 

El forcejeo con quien te sujeta cesa de repente, pero sin soltar aún la presa. Un cañón de fusil de asalto se clava en tu nuca.

 

-¿De qué unidad?

 

-Del Tercer Estol de la Décima Brigada

 

Otro hombre agarra tu mano izquierda sin que te resistas y pasa un lector láser por su palma, comprobando tu código de identidad tatuado en ella.

 

-Dice la verdad.

 

Te ves libre al fin, y respiras aliviada. Libre y en tus posiciones.

 

El que está frente a la veneciana la mira con pupilas desorbitadas.

 

-¿Y ésta?

 

-Una prisionera que andaba como yo perdida en la cloaca...

 

A los ojos exageradamente abiertos se une ahora la respiración algo entrecortada y los labios babeantes. No hay duda de lo que está pensando, de lo que va a ocurrir. Algo que ya has visto antes.

 

-Vamos a interrogarla...

 

El que te sujetó por la espalda avanza hasta colocarse a tu lado. Ha dejado el fusil en alguna parte y mira a la prisionera con la misma expresión de lobo hambriento que el otro. Su mano derecha se pierde entre los desabrochados correajes. La veneciana te mira con ojos no de súplica, sino de desafío, y te mueve algo por dentro. Sí, lo has visto antes, pero hoy algo es distinto. Hoy querrías hacer por ella lo que desearías que ella hiciera por ti si estuvieras en su lugar.

 

-Esperad...

 

Te miran, sorprendidos de que intervengas. Nadie discute las reglas no escritas del frente.

 

-¿Qué pasa? ¿Es de tu exclusiva propiedad?

-No pero...

 

-Lo que no es de nadie es de todos - sentencian al unísono

 

Un aforismo que discutirían sin duda tus antiguos maestros en leyes. Pero la guerra tiene sus propias y peculiares normas, por supuesto, y aquí ese aforismo, referido a personas y equipos capturados, es Ley. Una Ley tan indiscutible que solo puedes guardar silencio mientras miras a la veneciana con un cierto resquemor culpable que ella parece notar y echarte en cara con su fulgurante mirada ambarina y su boca orgullosamente cerrada en un gesto de desprecio.

 

El que está más cerca de ella se le tira literalmente encima. Empieza entonces una lucha sorda y salvaje. No hay gritos ni quejidos, solo un duelo de fuerza y determinación entre los brazos de él que tratan de despojarla de la poca ropa que le queda y los de ella que tratan de zafarse. El otro, mirando sin intervenir, se ríe quedamente, al parecer satisfecho del espectáculo, mientras su mano sigue perdida en la bragueta abierta.

 

Y es en ese preciso instante que algo se te rompe por dentro. Una cuchilla va cortando tu cerebro en trocitos cada vez más pequeños, sientes perfectamente su gélido filo paseándose por dentro de tu cavidad craneal. Te pones a llorar, no sabrías decir si por ella o por ti misma, mientras una ola de rabia parte de lo más profundo de tus vísceras y sale al exterior en forma de grito inhumano, bestial, que parece poder lograr que todo se detenga. Aún tienes la pistola en tu mano. Apuntas y disparas de improviso, antes que nadie pueda hacer nada por impedirlo. El soldado, que había logrado vencer la resistencia de la prisionera y cabalgaba desbocado sobre la cintura femenina, se desploma pesadamente a un lado tras un quejido sordo.

 

Ella te mira, sorprendida, y en esa mirada notas la caricia de la complicidad y el agradecimiento. Solo que no sobra el tiempo para esas banalidades. Una fiera sedienta de tu sangre se lanza sobre ti y te arrebata el arma de las manos. Trata de disparar, pero no quedan balas, y eso solo parece aumentar su furia. Antes que puedas tratar ni siquiera de incorporarte, clava el cuchillo con saña justo bajo tu clavícula izquierda, buscando el corazón, aunque demasiado alto. Pero el filo te ha atravesado de parte a parte, y la vida se te escapa en un manantial de sangre que tratas inútilmente de taponar con la mano. Con los ojos entrecerrados, meras rendijas a las que se asoma un odio infinito, las manos crispadas como garras de cuervo y el pantalón caído hasta los tobillos, falto de sujeción, el hombre alza de nuevo el cuchillo, buscando el lugar más propicio para rematar la faena de la primera puñalada, que por precipitada no fue certera. Y tú, vencida, te quedas allí mirándole a los ojos, esperando la muerte. Ahora, por fin, todo acabará.

 

Pero no, pareces condenada a no morir en esta jornada desesperante. Como en sueños, ves la cabeza de tu atacante separarse del resto de su anatomía, impelida por una fuerza sobrehumana. Un auténtico manantial de sangre sale disparado por el muñón, tiñéndolo todo de rojo oscuro en un radio de tres metros a la redonda, antes que el cuerpo mutilado caiga pesadamente hacia atrás. Tras él, desnuda, ensangrentada y tumefacta, está plantada la veneciana, los músculos de brazos y piernas tensos como cuerdas de guitarra, una maldición en su boca entreabierta, y sujetando con ambas manos el enorme machete que hasta hace poco pendía del cinturón de su violador.

 

Tras unos segundos de admirativo silencio por parte de ambas, la veneciana se te acerca y, pasando su mano izquierda por tu herida, la introduce seguidamente en su boca, chupando ávida la sangre que mana de ella.

 

-Gracias.

 

Lloras y ríes a la vez. La vida se te escapa deprisa a través de la herida sangrante, y solo sientes un helado vacío dentro de ti.

 

-Vete, no seas tonta. Vuelve a tus líneas, al menos que una de las dos se salve...

 

-No, no voy a volver a mis líneas. Me equivoqué, no era nuestro antiguo cuartel general. Mira donde estamos, fuera de la ciudad. Éste debía ser vuestro último puesto de observación. La batalla sigue pero dos o tres kilómetros más allá. Hemos salido de la ciudad y por tanto hemos roto la maldición.

 

Da media vuelta y comienza a caminar decidida, sin tratar de cubrir su desnudez. De pronto, se vuelve y te mira cálidamente de nuevo.

 

-¿Cómo te llamas?

 

-Kira. ¿Y tú?

 

La veneciana sonríe con tristeza.

 

-Aún no tengo nombre, Kira, acabo de nacer ahora mismo. Pero te prometo que tendré uno la próxima vez que nos veamos.

 

-¿De veras crees que volveremos a vernos?

 

-¿Qué si lo creo? Hemos renacido, hemos roto la maldición de la ciudad de la muerte. Claro que lo creo. Volveremos a vernos.

 

La ves alejarse, sin ropa y sin compañía, como si de verdad acabara de nacer por segunda vez, y la sigues con la mirada hasta que se pierde tras el horizonte, un horizonte despejado, sin edificios ni posiciones defensivas, lejos, efectivamente, de la batalla. ¿Estás muriendo, o naciendo tú también de nuevo? No podrías asegurarlo. La pérdida de sangre te lleva a la inconsciencia, pero, perdidos ya los sentidos terrenales, alcanzas un curioso estado de trascendencia. Retazos de tu vida, restos del naufragio, pasan lentamente ante ti. Sea como sea, si esta es una segunda génesis, nacerá alguien mucho más descreído y mucho menos recto de lo que tú eras hasta ahora.

 

El cuadro que ilustra el relato es "Amazona herida", de Franz Von Stuck.

3 Abril 2009

Elige tu propio final

3 abr 09 En: Ficciones

La rizosa Bea de www.beabiofrutas.blogspot.com ha tenido la idea de un juego literario: Escribir ella el principio de una historia, muy abierto, y ver cómo la continuaríamos los amigos participantes, cada uno en su estilo.

 

Bien, la historia original es la que sigue. Mi continuación, a partir del párrafo numerado como "II". Antes que nada, lamento el retraso y la tardanza. Si el tiempo fuera chicle...

Se despertó pasadas las once, maldiciendo en voz alta por haberse olvidado de poner la alarma del despertador la noche anterior.   Sin encender la luz, casi a tientas, se vistió velozmente y se recogió los rizos en una cola de caballo traviesa.

Subió las persianas de su dormitorio y descubrió un sol inmenso descansando en un cielo despejado y casi estival, por lo que la sonrisa se le escapó entre los dientes sin poder evitarlo.

Hoy tenía una cita, un encuentro que llevaba ya meses deseando, y nada ni nadie podría arrebatarle el cosquilleo alegre de la barriga ni la brillante mirada de Bambi con la que su compañero de piso la vio aparecer por la cocina.

 -Joder, tía, parece que hayas pasado la noche retozando con Carlos Baute, menudo careto de felicidad...

 

-Idiota,- dijo ella llenándose el tazón de cerales sin perder la sonrisa- es que esta tarde he quedado con Juan. Iremos al cine y a cenar.

 

Manuel dejó caer de golpe el Penthouse sobre la mesa, salpicando de leche a la tetona rubia de la portada.

 

-¿Con Juan? ¿El chuloplaya ese que me presentaste el mes pasado en la fiesta de tu amiga? Tú estás loca, Amparo. Siempre buscas el amor de tu vida en tíos que piensan con la polla, así te va.

 

Amparo le sacó la lengua (llena de Frosties y colacao) y respondió:

 

-Tú qué sabes. Vale que Juan fuese un poco promiscuo en su adolescencia, pero ahora ha cambiado y es un tío súper interesante. Trabaja de locutor de radio y gana una pasta, y encima viaja todas las semanas a los Estados Unidos. Es un tío culto, maduro... y además dice que soy muy sexy, jijijj...

 

Manuel agarró su revista, la abrió por la página 16 y le acercó  a su compañera una foto donde una buena mujer se mimaba a así misma con un consolador de 25 cm, murmurando entre carcajadas:

 

-Mira, para mí esto también es sexy.  El término "sexy" es muy relativo...

 

No aguantó más. Se levantó de un salto sin mirar a su compañero borrando la sonrisa de su rostro de un plumazo, dejó el cuenco aún medio lleno de cereales en el fregadero y salió de la cocina no sin antes dedicarle un "¡gilipollas!" a Manuel, que siguió tan tranquilo leyendo su revista.

  

Qué sabría él de Juan, pensaba esta misma tarde mientras terminaba de ponerse el rímel y el colorete frente al espejo del baño. Las personas cambian, incluso ella misma...que hace unos años no hubiese sido capaz de llamar al tío de sus sueños y pedirle una cita. Pero ahí estaba ahora, imponente con su vestido de escote imposible y sus taconazos nuevos. Lista para comerse el mundo.

 

Cogió las llaves de casa, se puso colonia y bajó veloz las escaleras del bloque cuando vio aparecer el cochazo de Juan aparcando frente al portal.

 

II

 

Retornar a la consciencia fue lento y doloroso. Cuando por fin pudo mirar alrededor, tras superar a base de paciencia el dolor insuperable que le provocaban los párpados, que parecían tirar al abrirse de un hilo invisible que le pinzaba el interior de la cabeza, se halló tumbada en la cama de una habitación desconocida, sin tener la menor idea de cómo había llegado allí. La migraña era intensísima, y tenía todo el cuerpo dolorido como si le hubiera pasado por encima un autobús. Hasta el tacto de las sábanas de raso irritaba la inusualmente sensible epidermis de su cuerpo desnudo. Porque efectivamente, estaba desnuda. No recordaba absolutamente nada de lo ocurrido tras abandonar el exótico restaurante coreano donde había cenado con Juan. Sabía que habían salido de allí con idea de tomar unas copas, pero no lograba acordarse de dónde. La mirada de Juan la intimidaba, lejos de hacer crecer la complicidad entre ellos, la conversación en la cena la había puesto más nerviosa, y había buscado ánimos donde no debía. Ya en el restaurante había bebido sin medida los extraños licores que le ofrecieron tras el postre. Si luego habían ido a beber más, debía haberse emborrachado, segurísimo. Maldijo su poco espíritu, su debilidad de carácter, y dejó de maldecir justo a tiempo de reprimir una intensa náusea que casi le hace vomitar. Tenía hiel en la boca ¿Y Juan? No estaba allí, desde luego, se hallaba sola en la inmensa cama tamaño King Size de forma cuadrada, que ocupaba el centro de una estancia alargada y no muy bien iluminada, como el altar principal de un templo pagano.

 

Haciendo un tremendo esfuerzo, se levantó, moviéndose a cámara lenta, porque cada músculo de su cuerpo le dolía, le tiraba o le pinzaba, y, cubriendo su desnudez con tres vueltas de la sábana, cual protagonista de una película soft porno barata, dio una vuelta completa a la cama, hasta encontrar debajo, en el otro extremo, su vestido arrugado en el suelo. Las medias, hechas un ovillo, y los zapatos, abandonados de cualquier manera, estaban algo más allá, hacia el ventanal del fondo de la estancia, como si los hubieran lanzado allí sin cuidado ninguno. Por más que buscó, no halló ni rastro del conjunto de sujetador y braguita de Agent Provocateur que había comprado especialmente para la ocasión y que parecían haber sucumbido en el fragor de la batalla. Harta de buscar, queriendo marchar de allí cuanto antes, se puso el vestido sin ropa interior, y agarró su bolso de encima de la repisa donde se hallaba. Al cogerlo deprisa y descuidadamente, algo cayó al suelo desde su interior. Un pequeño papel azul claro, como arrancado de uno de esos tacos multicolores para escribir notas, con algo sujeto con un clip. La letra del escueto mensaje era indudablemente de Juan. "Una noche increíble, a ver cuando la repetimos. No me llames, ya te llamaré yo cuando me venga bien. Y oye, cómprate algo bonito que sustituya lo que me llevo de recuerdo. Cierra de golpe al salir, la asistenta ya lo limpiará todo". El clip metálico sujetaba un billete de doscientos euros. Amparo cayó sentada de culo sobre la cama, angustiada y derrotada. Pedazo de cabrón hijo de... Se cree que todas las mujeres son putas el muy... Miró de nuevo el billete, de un amarillo deslucido, como si estuviera sucio. Bueno, si era una  puta, al menos era de las caras...

 

III

 

Manuel no necesitó preguntar cómo había ido la noche, la cara de Amparo y que llegara casi a mediodía lo decían todo por ella. Aparentando una indiferencia que estaba lejos de sentir, le preguntó si quería que la preparara algo, y, aunque ella negó con la cabeza antes de encerrarse en su habitación dando un portazo, pensó que un caldito de arroz con pescado, algo ligero y caliente, no le vendría nada mal. Lo preparó con esmero y se lo llevó a la habitación. Desde fuera de la puerta, la oyó llorar, y estuvo varios minutos con la bandeja en la mano, pensándose si llamar o no, pero finalmente, pensando que era una pena que se enfriara la sopa, tocó suavemente con los nudillos.

 

Amparo abrió con el rostro demudado, ojos enrojecidos y la boca apretada en un gesto de rabia que se transformó en media sonrisa al ver allí plantado a Manuel con la bandeja de la comida en las manos.

 

-Pasa, pasa

 

Cerró la puerta tras él, pensando que quizás se había equivocado en todo. Que tal vez Manuel fuera un poco cerdo, pero que quizás algunos cerdos tuvieran más corazón y mejores intenciones que muchos de los humanos que había conocido. Y un extraño calorcillo la invadió por dentro mientras esto pensaba, aún antes de comer la sopa...

5 Marzo 2009

Duele. Duele muchísimo, más de lo que nunca ha dolido nada antes. Las lágrimas caen sobre el último resto de whisky del vaso de tubo, mezclándose con el licor aguado por el hielo fundido. Lo bebe de un trago, sin reprimir el gesto de disgusto por el fuerte sabor a madera. Nunca le ha gustado el whisky, no está acostumbrada a beber. Pero qué más da, que importa ya nada, si esta es la última tarde de todas. Está borracha, muy borracha, pero también a la vez increíblemente lúcida, dueña de una determinación que desconocía que tuviera. Con mano algo temblorosa se aparta de la cara el lacio pelo castaño, y el espejo del baño le devuelve la imagen de un rostro demacrado y lloroso que apenas reconoce como el de ella misma. Irritada, arroja el vaso contra el espejo con todas sus fuerzas, convirtiéndolo todo en un mar de brillantes esquirlas cristalinas derramado sobre la pica. Un trozo algo más grande que los demás tiene la forma aguda de un filo de daga, y a ella le parece una señal del cielo. O del infierno, que para el caso... Sira coge el cristal y lo examina con reverencia, sintiendo a la vez ansia y temor, y vuelve a depositarlo junto a los demás. Con un rápido gesto de sus hombros deja caer al suelo el camisón rosa de tirantes que lleva por única vestimenta. Entonces, ya totalmente decidida, toma de nuevo el cristal en sus manos, dirigiéndose a la bañera, ya llena a rebosar de agua tibia, ni fría ni demasiado caliente, perfecta. Se sumerge dejándose acariciar por la calidez del líquido elemento, y tras unos breves instantes apoya el filo del cristal primero contra una muñeca, luego contra la otra, y en ambas realiza sendos cortes profundos que rasgan carne y venas, músculos y tendones, hasta el hueso.

 

-Vaya desperdicio...

 

Un escalofrío recorre su espalda, un terror como tampoco ha sentido nunca antes la invade haciéndola temblar como una hoja a pesar de estar sumergida en agua caliente. Abre los ojos para encontrarse con una malévola mirada ambarina que la observa comprensiva y cínica. La mujer tiene un rostro níveo que podría ser de porcelana si no fuera por el movimiento de sus labios, apenas una leve línea roja, como una cuchillada, y el brillo deslumbrante de sus pupilas. Viste de negro de pies a cabeza, como también negra azabache es la larga cabellera que corona su figura juncal. Su pálida mano de largos y huesudos dedos acabados en inconcebiblemente largas y afiladas uñas, mano de muerta viviente, agita el agua granate de la bañera, ese agua que ya no es sino su sangre aguada, y luego, grácilmente, lleva hasta su boca un pequeño sorbo de la mezcla.

 

-Eres aún más dulce de lo que pensaba...

 

Sira nunca ha sentido tanto miedo ni tanto frío. Paralizada, incapaz de moverse, su cerebro se adentra en una oscuridad insondable, y no se pregunta quién es ni por dónde ha entrado, tan solo por qué no la deja morir en paz, que es lo único que desea. Haciendo acopio de sus últimas fuerzas, abre la boca para preguntárselo, pero solo consigue balbucear un quejido ininteligible antes de desmayarse, abandonándose a la negra quietud de la inconsciencia.

 

El retorno a la conciencia de Sira no es rápido ni indoloro, pero finalmente vuelve a ser plenamente consciente de quién es y dónde está. Tendida sobre su propia cama. Desnuda. Esforzándose en recordar cómo llegó allí, las imágenes de sus últimos segundos antes de desmayarse asaltan su mente, y se mira las muñecas, vendadas con mimo por manos expertas. De pronto, vuelve a sentir ese frío que nunca antes había sentido, y su mirada temerosa se vuelve a cruzar con las pupilas ambarinas, de gata sobrenatural, que brillan en la penumbra de un rincón.

 

-¿Quien eres?... ¿Qué quieres?

 

-Soy una mujer que sabe lo que quieres y puede dártelo.

 

Sira se maravilla de que la voz femenina, suave y sensual, parezca venir de todas y cada una de las esquinas del cuarto, y de ninguna en concreto. Pero la garra de hielo que atenaza su corazón no disminuye la presión, antes al contrario, cuando su extraña huésped se acerca hasta ella, hasta el borde de la cama donde está tendida, la alta y espectral figura la atemoriza aún más.

 

-Y qué es lo que quiero, según tú.

 

La otra sonríe con una sonrisa cruel

 

-¿Quieres jugar a la gata y la rata conmigo, querida? Soy demasiado vieja para eso... Está claro lo que quieres, niña, le quieres a Él.

 

Él. Imágenes de un hombre moreno, corpulento y desalmado inundan ahora la mente de Sira. Y las lágrimas afloran de nuevo a sus ojos color miel. Y el dolor, ese dolor insoportable, vuelve a esparcirse por todo su castigado sistema nervioso.

 

En lo que solo vagamente podría calificarse de caricia, la otra recoge con una de sus uñas imposibles algunas de esas lágrimas y se las lleva a la boca, saboreándolas con fruición.

 

-No llores, tontita. Ningún hombre es imposible para una mujer que conoce los secretos de la vida. Yo puedo dártelo. Convertirlo en tu esclavo para siempre. Y no te será demasiado caro.

 

-¿Cuánto... cuanto me costaría?

 

Sira no puede creer que lo haya dicho, no reconoce su propia voz habiendo hecho semejante pregunta, pero su interlocutora sonríe, complacida.

 

-Oh, no mucho, solo un poquito de eso que derramabas alegremente en la bañera...

 

Su sangre. Su vida. El escalofrío ahora parece poder arrancar su médula espinal. No. Su mente grita NO con todas las fuerzas pero ninguna negativa sale de sus labios. Al contrario, mientras la mente niega, el corazón se hace dueño de los movimientos de su cuerpo el tiempo justo de mover la cabeza afirmativamente.

 

¿Cómo puede haberse movido tan rápido? Sira no ha visto moverse a la otra, pero ella le ha cogido el brazo izquierdo, alzándolo hasta la altura de su rostro. Las uñas afiladas como navajas desgarran la venda de su muñeca izquierda, férreamente sujeta, y una boca ansiosa chupa el manantial de sangre que vuelve a fluir de la misma. Un repentino mareo sumerge a Sira en un mundo de ensoñaciones a caballo entre consciencia e inconsciencia. Un hombre, ese hombre, se le aparece una y otra vez. Pero no es él, porque él no la quiere, y en esas ensoñaciones están juntos, amándose...

 

-Ya está ¿Ves cómo no ha sido para tanto?

 

¿Cuánto tiempo ha pasado? Sira no lo sabe. La repulsión, la náusea, una extraña sensación de asco, le nace del estómago, pugnando por hacerla vomitar. Sira sabe, sin acabar de entenderlo, que la otra le ha quitado algo que ya no recuperará, parte de su esencia, de sí misma. Sira siente que ha sido violada en el alma de una manera oscura y que eso le dejará una huella más marcada y profunda que si un hombre hubiera violado su cuerpo.

 

-Pero... aún me sangra la muñeca... - Solo acierta a decir.

 

Y es cierto, su muñeca sigue dejando escapar el mismo espeso líquido vital que rebosa en la boca de la otra. Ésta, sin inmutarse, saca un encendedor plateado de lo que parece ser solo un pliegue de su vestido ¿O es un bolsillo?, y aplica directamente la llama sobre la herida abierta. Sira siente quemarse su brazo mientras huele su propia carne chamuscada, y chilla con el tono más agudo que nunca imaginó que pudiera alcanzar, hasta que el dolor paraliza su sistema nervioso, y vuelve a desmayarse, quedando desmadejada en una postura imposible sobre las sábanas, como una muñeca rota.

 

La otra se sienta en el borde de la cama, observándola despacio, detenidamente, con cierta extraña ternura y hasta con un punto de lujuria, y se relame con su bífida lengua de serpiente los labios aún manchados de sangre joven y fresca.

 

-El pacto está sellado...

31 Diciembre 2008

Profesionales

31 dic 08 En: Ficciones

Noche de Noviembre, noche clara bajo la luna llena de Escorpio. Noche helada y ventosa, solitaria y cruel, repleta de malos augurios. Estoy cansado y ansioso. Llevo dos horas encajonado en el maldito asiento del Ford Focus, y deseo que todo acabe de una buena vez. Un escalofrío recorre mi espalda desde el coxis hasta las cervicales, y me subo las amplias solapas del cuello de la cazadora de cuero, como si eso fuera a servir de algo. Desde esta pequeña colina en la que estamos aparcados se domina perfectamente el gris paisaje de calles desiertas y naves medio abandonadas del polígono industrial, sí, pero al precio de quedar expuestos a las ráfagas de viento que buscan el mar desde los Pirineos, dejando una gélida estela a su paso. En un gesto apenas consciente aumento el volumen del equipo musical, desde el que la voz cavernosa y la mano lenta pero maestra de Eric Clapton desgranan cadenciosamente los acordes de Cocaine. Irritada, Trizi gira imperiosamente el mando, retornándolo al volumen mínimo.

-¡Cuidado, joder! Si nos oyen, la cagamos…

No me engañas, nos conocemos demasiado bien. Pareces cabreada pero también tú estás nerviosa pese a tu aspecto de dama de hielo. No puedes evitar un leve temblor, apenas perceptible, en el timbre acerado de tu voz, algo que casi nadie notaría. Pero como sabes, yo soy alguien más que casi nadie. Sí, estás nerviosa, y me alegro, eso demuestra que conservas algo de humanidad, lo que ya no puedo decir de cuantos conozco.

-No te preocupes, es imposible que nos oigan desde allí abajo…

-Imposible no es palabra aceptada en nuestro vocabulario. Deberías saberlo, me lo enseñaste tú…

Cierto, yo la enseñé, pero nunca comprendí sus motivos, cómo alguien como ella pudo acabar metida de cabeza en este infierno. Yo vendí mi alma por pura supervivencia, no había otros medios, mi familia dependía de ello y tuve claro que era lo que debía hacer. Pero Trizi, heredera de una estirpe aristocrática hispano italiana exquisitamente educada en los mejores colegios de Europa, dotada de innegable clase, rotunda belleza racial y un extraordinario talento natural para la música… Trizi debió tener otras oportunidades que la alejaran de este camino. La voz de Roy Orbison flota suavemente a nuestro alrededor entonando las estrofas de Pretty Woman, y veo cómo suaviza por un momento sus pálidas facciones, desaparecen las esquirlas de fuego de sus bonitas pupilas negras, y hasta los labios granate oscuro se curvan en algo parecido a una sonrisa, dándole un aspecto levemente pícaro, de falsa ingenuidad. ¿A qué o a quién le recordará esa canción? ¿A qué novio, a qué fiesta, a qué episodio de aquel tiempo lejano y feliz de completa inocencia…? Seguramente a varias de esas cosas, pero no es tiempo de ensimismamientos, reflexiones ni nostalgias.

Un turismo de color blanco avanza despacio, bordeando el polígono hasta colocarse en la parte trasera de la nave correspondiente a Hilaturas Costa.

-Es el pirómano. Puntual, como siempre – digo, consciente de romper el encanto. Y la sonrisa de Trizi se congela en sus labios, adoptando su rostro anguloso la máscara de absoluta insensibilidad.

-Sí, como siempre… - repite, distraídamente, mientras apaga el CD, y un tenso silencio nos envuelve.

Me invade una quemazón nerviosa, una náusea que pugna por vaciar, aquí y ahora, el contenido de mi estómago. Como cada vez. Pero nunca pasa, siempre vencen la voluntad y sobre todo la necesidad. Aunque no podamos evitar el asco, podemos vivir con ese asco en las entrañas. Trizi atusa con su mano delicada, de largos y huesudos dedos de pianista, la ondulada melena azabache, manantial de fuego oscuro que cae en cascada sobre las rectas rompientes de sus hombros. Un tic involuntario que en tiempos me volvía loco. Aquellos felices y remotos tiempos universitarios, cuando nuestra única preocupación era cometer todos los excesos, vivir todas las emociones, saborear todos los placeres, sin dejarnos uno solo… Como cierta tarde de un sábado de Julio en casa de los padres de Trizi, que habían ido a pasar el fin de semana a S’Agaró, glorioso atardecer en que acabamos amándonos frenéticamente en el suelo del salón, revolcándonos sobre un confuso revoltillo de vino derramado, copas rotas y snacks desperdigados sobre la alfombra. Pobre alfombra que sucumbió a todos nuestros fluidos corporales… Los buenos viejos tiempos, ahogados en amargos desengaños. Ahora ya no nos guían emociones desbordantes, ese ansia de nuevas experiencias que nos llevó a dar con el lado oscuro de la vida. No. Ahora todo es frío, gris, calculado. Ahora somos profesionales.

-Esta cabrona se está retrasando…

Arrastramos innecesariamente las vocales al hablar, nuestros nervios están tensados como los músculos de un velocista a punto de lanzarse a correr los cien metros lisos. Trato de romper esa tensión aparentando una firmeza que estoy lejos de sentir.

-No te preocupes, llegará a tiempo…

Apenas pronuncio estas palabras, una moto de gran cilindrada recorre a poca velocidad las calles del polígono, deteniéndose frente a la puerta principal de Hilaturas Costa. Monta una mujer joven que, tras calzar la moto, saca de los maletines laterales varias piezas de lo que parece ser un equipo de escalada. Al poco, lanza un garfio que alcanza a la primera el ventanuco que se abre en la fachada, justo sobre la persiana metálica que cierra la nave, y trepa hasta él por la pared con movimientos ágiles, felinos.

Transcurren a cámara lenta tres interminables minutos, apenas siete desde la llegada del otro, que ha tenido tiempo de sobra de forzar la entrada trasera y empezar con la gasolina. Así pues, el momento ha llegado. Extraigo las armas de la guantera. Deposito la Glock 27 calibre 40 en la mano de Trizi, y sus dedos aprisionan las formas metálicas, adaptándose a ellas como si estuvieran diseñados para empuñarla. El Colt King Cobra, calibre 357 Magnum, lo introduzco entre la camisa y la cintura de los jeans, dejando a la vista solo la culata de cachas de nogal, en la que brilla un medallón metálico con el característico caballo encabritado símbolo de la marca.

-Vamos

Llegamos hasta la persiana metálica, que está abierta, siguiendo el plan previsto, y penetramos en la gran sala de una sola pieza repleta de máquinas y telares, ahora sumidos en la oscuridad y el silencio. Para subir al piso superior no utilizamos la escalera del fondo, que habrá usado el pirómano, ni entramos por la ventana como la escaladora. Usamos una escalera de caracol que ambos desconocen, y que da acceso al sistema de calefacción-ventilación. De allí, pasamos con facilidad al techo de las oficinas, y mediante una trampilla accedemos a las mismas por una escalera de mano.

Las piezas del puzzle encajan. Ella debe robar unos documentos guardados en la caja fuerte del despacho del Gerente. Él tiene órdenes de que el fuego se inicie precisamente en ese despacho. Ambos son profesionales experimentados, que conocen el valor del cumplimiento exacto de los planes. Así pues, tal y como una mente pervertida y matemática ha planeado, el encuentro es inevitable.

Parapetados tras una esquina, somos testigos mudos del momento. Ella está en el interior, manipulando la cerradura de la caja con las herramientas que lleva en una riñonera. Él llega por el pasillo dejando tras de sí un reguero de gasolina que vierte de una garrafa que lleva en las manos. Entra en el despacho y… ¡sorpresa! Pasmado, da un paso atrás, quedándose fuera del dintel de la puerta. Ella no puede reprimir un grito ahogado que le nace de las vísceras. Los dos mirándose en silencio a la luz de las linternas, las sombras bailando a su alrededor, rebotando en las paredes cual espíritus en un aquelarre. Midiéndose con las miradas, ponderando posibilidades de actuación, hasta comprender que ninguno de los dos es un peligro para el otro. No. Una mujer forzando una caja fuerte. Un hombre rociando un pasillo con gasolina. Profesionales. Y entre profesionales todo puede arreglarse.

-¿Vas…? – interroga ella tras el largo silencio - ¿Vas a quemar esto?

-Sí – responde él sencillamente, elevando ante sus ojos la garrafa casi vacía, como queriendo dar más fuerza a su aseveración.

-Escucha, yo… no te daré problemas. Me pagan por llevarme unos papeles. Deja que los saque, y me largo. Te juro por Dios que me olvido de tu cara para siempre. Me llevo los papeles, y quemas lo que te dé la gana…

Apenas domina el miedo, no está acostumbrada a situaciones de violencia, teme las reacciones de un hombre que trabaja con fuego. Se equivoca, él no es un peligro. Él no.

-Bueno, saca los papeles esos si quieres, no tengo prisa… - responde él al fin.

Ella manipula las herramientas con maestría. Unos pocos minutos, y la caja está abierta. Abierta, pero vacía. Nueva sorpresa.

-No lo entiendo, Pallarés me dijo…

-¿Pallarés? – se admira él

-Sí, ¿le conoces?

-Fue quien me contrató…

Telón. La comedia terminó. El metal del Colt es puro hielo, pero mi mano arde a su contacto. Trizi acciona el interruptor, y la penumbra muere en brazos de una intensa luz blanca, que ilumina con todo lujo de detalles sendas caras contraídas por el pánico.

-Os lo voy a explicar – digo, sintiendo clavados en mi persona sus ojos admirados y aterrados – Pero no os va a gustar la explicación…

Profesionales. Saben quienes somos y a qué venimos. De repente las oficinas, la moqueta gastada, los tabiques de carpintería metálica, el fluorescente que parpadea al fondo, todo, absolutamente todo, ha empezado a oler a muerte.

-Tengo entendido que habéis trabajado mucho y bien para Pallarés – sigo diciendo – Pero él ya no confía en vosotros. Y claro, es un problema, porque vosotros sabéis cosas que nadie puede saber…

-No diremos nada – dice ella con un hilo de voz, y es una súplica en toda regla, solo le falta arrodillarse.

-Vamos, venga, hombre… - logra balbucir el pirómano – Podemos arreglarlo entre nosotros, somos profesionales…

Durante unos veinte segundos reina un silencio pesado y espeso, que llena el espacio como no lo llenaría ningún sonido del mundo, y casi parece que al final no pasará nada, que todo es una broma pesada, y ahora reiremos la gracia antes de volver a nuestras casas. Solo que no es una broma y no hay gracias que reír. Es Trizi quien desencadena el final, con una sola frase. Una frase que deja ir lenta, majestuosamente, como el monólogo final de una tragedia griega.

-Claro que sois profesionales, buenos profesionales… Pero nosotros también lo somos, los mejores. Y jamás dejamos de cumplir un encargo…

No hace falta señal alguna. Sencillamente, no hay más que decir, y si no hay más que decir… Acciono el gatillo con decisión, deseando acabar cuanto antes, justo en el momento que Trizi acciona el suyo. Cuatro disparos casi simultáneos, cuatro truenos que golpean furiosos nuestros tímpanos, que rebotan con furia en muebles y paredes, que parecen por un momento poder derribar el edificio entero, pero que no, que se extinguen lenta, imperceptiblemente, hasta volver al ahora hiriente silencio inicial. Dos impactos en el pecho y dos en la frente. Perfecto. Un trabajo profesional. Enciendo una cerilla, y siento hiel en la boca.

-Has aprendido mucho – le digo a Trizi – Claro, que tuviste buen maestro…

Y me río tristemente mientras arrojo el fósforo al reguero de gasolina, y sigo riendo, ahora de pura nerviosidad, mientras corremos desbocados buscando la salida. Y a nuestra espalda, el fuego se extiende, creciendo con fuerza, devorándolo todo, techos, suelos, muebles, máquinas, y también los restos de dos buenos profesionales que han muerto solo por hacer bien su trabajo.

EPÍLOGO: Un rayo de sol se cuela furtivamente por entre las láminas de la persiana, arrancando irisaciones de fuego a la larga cabellera dorada de Mariví, desparramada sobre la nívea blancura de la almohada. Es la amante perfecta, casada, discreta y segura. Cumplidos ya los cincuenta, tiene claro lo que quiere y mucho más claro todavía lo que no quiere, separando sin problemas este paraíso artificial en forma de apartamento donde se acuesta conmigo de la realidad de una vida estable, burguesa y anodina junto a su marido. Ni sabe a qué me dedico ni lo sabrá nunca, ni aún lo imaginará en la peor de sus más delirantes pesadillas. Me acuesto junto a ella y la abrazo, entrelazando mis manos bajo sus pechos, disfrutando del calor de su contacto, pero está muy profundamente dormida y no se despierta. A mí no me es posible dormir y no puedo evitar, en esta larga noche de insomnio y locura, pensar en otra mujer, en Trizi. Un vínculo de sangre nos une de una manera difícil de explicar, un vínculo oscuro, pecaminoso y abominable, sí, pero tan profundo como el amor. Y sé que, esté donde esté, seguramente como yo abrazada a otro cuerpo, estará pensando en mí.

POST SCRIPTUM: Este relato corto ya lo publiqué en mi anterior blog, y se perdió en la nada virtual con el resto de aquellos artículos. Consideradlo, recuperado, como un regalo de fin de año. La verdad es que he pasado dos días metido en una especie de bucle temporal trabajo-sueño-estudio-trabajo-sueño-estudio que me impide contar absolutamente nada novedoso. La ilustración que lo acompaña es de Jonathan Keegan. FELIZ ENTRADA DE AÑO A TODOS!!!!

24 Noviembre 2008

Hace mucho que existe, aunque pocos la conocen. Quizás porque ha tenido muchos nombres. Quizás porque ella prefiere no ser demasiado conocida. Intuída en solitarias noches de luna llena. Temida bajo el ardoroso sol de Satán. Eso sí, pero no conocida, trivializada, comercializada, que sería tanto como decir, en cierto modo, prostituída. Otras se han prostituído en su nombre. Sí. Un aluvión de recuerdos acuden a su arcana mente. En su nombre, invocándola con reverencia, se practicaron por las más nobles mujeres de su época los más salvajes bestialismos sobre los altares de los templos de Babilonia. En su nombre otras bailaron desnudas en nidos de cobras, calmando a las serpientes solo con el rítmico sonido de los cascabeles encadenados a sus muñecas y tobillos. En su nombre alguna reina había sacrificado a su primogénito hijo varón degollándolo con un curvo puñal de plata, y cierto Rey había entregado a su hija aún impúber para ser brutalmente desflorada por los desalmados mercenarios de su guardia. Todo en su nombre. En su nombre un río de sangre manaba incesante por debajo de las calles de toda ciudad del mundo desde hacía cuatro mil años ya.

Los hijos de las tinieblas tienen cierta querencia a rondar las inmediaciones de los templos, y así hace ella. Suele recorrer el barrio gótico, empapándose de los olores de las estrechas calles, leyendo en cada piedra de cada iglesia las marcas acumuladas de siglos de historia, dejándose mecer por el barullo de la gente hablando a voces en una docena de lenguas. Buscando. Acechando. Hasta que encuentra una víctima propicia, alguien que por el motivo que sea llama su atención. Hasta que empieza la caza.

La chica navega por internet con su laptop, sentada en las vetustas escaleras de piedra que conducen a la pequeña plaza frente a la Catedral, mientras sorbe a pequeñísimos tragos el café que contiene un gran vaso con el anagrama de cierta franquicia cafetera mundial. Es una soleada mañana de Noviembre, hermosa y fría. La chica es angelicalmente rubia, de grandes ojos claros. Está concentrada en su aparato electrónico, y se sienta descuidadamente, sin preocuparse nada de lo provocativo de su postura, sin percatarse de que la estrecha falda de lana del vestido invernal, estampado en tonos marrones, muestra una porción un tanto generosa de sus muslos enfundados en gruesas medias color chocolate.

"¿Pusiste en su café lo que te dije que pusieras?" Le pregunta ella al camarero, y éste asiente con la cabeza, provocándole una sonrisa que hiela la sangre. El local es nuevo, limpio, aséptico, una de esas franquicias indistinguibles unas de otras que llevan años colonizando la ciudad, y condenando al cierre a los viejos y antiguos bares tradicionales. El signo de los tiempos, dicen. El signo de la decandencia, bien lo sabe ella, que ha visto alzarse y caer tantos imperios concebidos como eternos y que apenas han durado tres generaciones. El camarero, a juego con el local, es un barbilampiño veinteañero metrosexual, otro aparentemente dulce efebo secretamente entregado a la causa de Baal Zebbub. Sonríe como si le acabaran de contar un chiste, satisfecho de poder ayudarla, a ella, a la antigua y poderosa Cazadora. En el hilo musical una voz inconfundiblemente negra canta "Bright blessed days, dark sacred nights..."

La chica sentada en las escaleras se mueve apenas perceptiblemente. Pero para toda una experta como ella, es ese el símbolo inequívoco de que el mareo empieza. Y con el mareo, la caza. Y con la caza, la excitación antigua, el ansia implacable de sangre aún no derramada y placeres aún no disfrutados... Sale del local caminando despacio pero firmemente, marcando sus pasos como una garza real, dirigiéndose directamente hacia la pobre muchacha rubia y angelical que, algo confusa ya, ha dejado de escribir en la laptop y se pasa una mano trémula por la frente perlada de gotas de sudor provocadas por la repentina fiebre. "¿Te encuentras bien?" Pregunta ella materializándose a su lado y disimulando a duras penas el frenético deseo que la hace salivar sobre sus afilados colmillos. "¿Puedo ayudarte?" Pregunta de nuevo, con la dulce e hipnótica voz que sabe sacar cuando hace falta, y que provoca en su interlocutora un halo de cariño y simpatía. La chica asiente con la cabeza, ya muy mareada, y ella la toma dulcemente de la mano. "Ven, te acercaré a un sitio donde te podrán ayudar..."

El camarero coloca la última taza limpia sobre la gran cafetera Gaggia y mira desde lejos, con una sonrisa satisfecha, como las dos mujeres se alejan. Solo una sombra las sigue, y eso debería quizás llamar la atención, pero nadie va a fijarse en pleno centro urbano que una de ellas no tiene sombra. Nadie se ha fijado nunca, en cuatro mil años. El camarero se limpia las manos con el trapo y lo deposita en el colgador de la pared. Sabe por adelantado cual será una de las noticias del Telediario del día siguiente, y eso le hace sentirse mezquinamente superior a sus tontos compañeros, a los que mira despectivamente. Algún día le respetarán. Algún día ella, la Cazadora, revelará su verdadero ser, y todos hincarán la rodilla ante su Majestad, y ante él, su fiel Lugarteniente.